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    En Secretos de un escándalo, nominada al Oscar, nada es lo que parece

    Natalie Portman y Juliane Moore ofrecen dos de sus mejores actuaciones en lo último de Todd Haynes

    Algunas películas dictan cómo deben ser vividas con una escena crucial, que expone los mecanismos internos que guiarán el resto de la experiencia audiovisual. Secretos de un escándalo, de Todd Haynes, actualmente en cartelera, posee una de estas escenas. Es desconcertante y sucede a los cinco minutos del comienzo.

    La ciudad de Savannah se viste de fiesta bajo el calor de la primavera. La familia Atherton-Yoo, compuesta por Gracie (Julianne Moore), su esposo, Joe (Charles Melton), y sus gemelos a punto de graduarse, se prepara para un día de celebración. Mientras Joe cocina hamburguesas en la parrilla y los hijos disfrutan con amigos en el patio junto al lago, una visita inesperada está por aparecer: Elizabeth (Natalie Portman), una famosa actriz de una serie sobre médicos, llegará a su hogar para conocerlos y, en especial, a Gracie, a quien interpretará en una película biográfica que se filmará en breve.

    Con una diferencia de edad de 23 años, la relación de Gracie y Joe ha estado marcada por la controversia desde sus inicios. En 1992, cuando Gracie tenía 36 años, estaba casada y tenía hijos, y Joe solo 13, comenzaron una relación secreta que derivó en relaciones sexuales. Al ser descubiertos, Gracie fue condenada a prisión, donde dio a luz a la primera hija con Joe. Tras cumplir su condena, Gracie empezó una nueva vida y una nueva familia junto a él.

    Desde entonces, la pareja recibe muestras de apoyo y rechazo a partes iguales de su comunidad. Algunos vecinos le compran tortas a Gracie por lástima, mientras que otros le envían paquetes de excremento. Joe guarda y desecha estos últimos sin inmutarse, considerándolos solo una muestra de la incomprensión que rodea su relación.

    La apacible vida de los Atherton-Yoo se ve alterada entonces por la llegada de Elizabeth y el nido vacío que se aproxima al irse sus hijos. En este contexto de cambios, Hayne introduce la primera de sus maniobras sorpresivas, dotando a Secretos de un escándalo de una atmósfera sin igual de suspenso y comedia que la aleja, por momentos, del drama. Se trata de la escena que muestra a Gracie observando una heladera mientras una música escalofriante crea una atmósfera de peligro inminente. La cámara se acerca al rostro de Julianne Moore, quien con naturalidad y suspenso declara: “No tenemos suficientes panchos”. Esta frase, aparentemente banal, invita a preguntarse qué clase de película es esta.

    Secretos de un escándalo desafía las expectativas del género y es una de las verdaderas joyas de la pasada temporada de premios. Sin embargo, mencionarla junto a los Oscar podría considerarse un tanto hipócrita, ya que solo obtuvo una nominación a Mejor guion original y apenas si parece haber formado parte de la ceremonia.

    A pesar de su discreto estreno en Uruguay, que coincidió con el jueves de Semana de Turismo, la película había tenido un recorrido notable. Tras su presentación en Cannes 2023, donde compitió por la Palma de Oro, llegó a los cines de Estados Unidos de la mano de Netflix, quien le brindó un breve paso por la pantalla grande antes de su lanzamiento en la plataforma.

    En Cannes, la película de Haynes, director de Carol (2015) y El precio de la verdad (2019), causó una mezcla de admiración y desconcierto. Aclamada como “una pieza camp desgarradoramente sincera”, “un placer curioso y camp” y “una mirada camp al proceso de transformación de un actor en un personaje”, la cinta desató un debate sobre su género y estilo, en un incicio dominado por la palabra camp.

    El camp, un estilo artístico y cultural que se caracteriza por lo excesivo, la teatralidad y el humor, ha sido definido por la escritora Susan Sontag como “el amor a lo artificial y a la exageración”. En su ensayo de 1964, Notas sobre lo camp, Sontag lo describe como “el amor a lo exagerado, lo off, el ser impropio de las cosas”.

    Haynes se mostró desconcertado por algunas críticas que comparaban el lenguaje audiovisual de la película con el de las hechas para televisión o las telenovelas, atribuyendo su estética a lo camp. El director recalcó que “lo camp” no fue una consideración consciente durante la realización. Su enfoque principal fue la narración de la historia con una cámara austera y sobria que permitiera capturar la esencia de una trama sórdida.

    Para la estética visual y el tono de la película se inspiró en la obra de Ingmar Bergman, particularmente en su célebre Persona (1966), que tiene dos protagonistas femeninas, una de ellas es actriz, que fusionan sus identidades. Otras películas con personajes femeninos paralelos como Sonata de otoño (1968), también de Bergman, y Tres mujeres (1977) de Robert Altman fueron sus influencias.

    Haynes concibió una estética sobria con encuadres fijos a partir de las fotografías, permitiendo que los personajes existieran en el plano más de lo que uno esperaría. Sin embargo, la turbulenta historia de Gracie y Joe, que subyace a las imágenes, produce inevitablemente un contraste incómodo entre lo serio y lo ridículo, dos sensaciones en las que la película navega con completa naturaleza.

    La relación de Gracie y Joe constituye el eje dramático. Sin embargo, es en el vínculo entre Gracie y Elizabeth donde Haynes encuentra un espacio para la exploración. Se divierte mostrando a Elizabeth, libreta y lapicera en mano, como si fuera una reportera del Daily Planet de Superman, y más que destacar la importancia de la observación y la empatía en el proceso creativo de un actor, la ridiculiza.

    Algo similar sucede con una visita de Elizabeth a la veterinaria donde Gracie y Joe fueron encontrados teniendo relaciones. Allí, intentando revivir algunas de las emociones durante el crimen de Gracie, se estimula al punto del orgasmo y actúa frente a una cámara que no existe, que solo ella parece ver.

    Escena a escena, la presencia de Elizabeth desconcierta tanto a los personajes como al espectador. Su papel nos introduce en la historia, invitándonos a confiar en ella. Sin embargo, su afán por revelar la “verdad real” de Gracie esconde una agenda oculta: manipular a los demás para lograr sus propios objetivos. Esta actitud refleja, de manera perturbadora, el abuso de poder que marcó la relación entre Gracie y Joe.

    Por su parte, Gracie tiene la fortaleza y la terquedad de quien exige obtener lo que desea y espera que los hombres en su vida cedan a sus necesidades. Sin embargo, esto contrasta con su deseo constante de ser salvada y de verse femenina y aniñada, casi como un mecanismo para negar la diferencia de edad con Joe.

    La interpretación de Melton es, de todas formas, el mayor hallazgo de Secretos de un escándalo. Su capacidad para compartir pantalla con Moore y Portman sin problemas y la complejidad emocional con la que construye a Joe lo convierten en el pilar de la película. Joe es un hombre que ha sido despojado de su juventud y su porte nos transmite la resignación de quien ha tenido una vida sin libertades, pese a que no se dé cuenta aún de ello. Un pequeño brote de rebeldía comienza a germinar en él una vez que Hollywood llega a su puerta. “Si tanto nos queremos, ¿por qué no podemos hablar de ello?”, le dice a Gracie en un arranque de sinceridad, mientras el miedo al pensar que nunca ha tenido el control de su vida comienza a invadirlo.

    La escena del espejo en el baño, donde Gracie le enseña a Elizabeth el arte del maquillaje, marca un punto de inflexión en Secretos de un escándalo. Esta escena, impregnada de una intimidad que se transforma en un cruce de límites, es la pieza central para comprender la naturaleza cambiante de la película.

    En este reflejo mutuo, se observa la progresión de Elizabeth mientras estudia a Gracie y absorbe sus gestos y expresiones. Se establece un intercambio de confianza y revelación entre las dos mujeres en el que se vislumbra la disposición de ambas a correr el riesgo de abrirse sin importar las consecuencias.

    Al igual que ellas se miran en el espejo, uno se siente cautivado por una historia y sus personajes que nos mantienen en un constante estado de incomodidad. Es un baile en el que los personajes se observan, se imitan y se transforman, invitándonos a cuestionar nuestras propias percepciones y a jugar con los límites de la moral. Con una sensación de inquietud y fascinación nos atrapa desde el principio y no nos deja ir.

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