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    En el reino de la duda

    Columnista de Búsqueda

    No es novedad que la ficción televisiva ha mostrado desde siempre una predilección clara por los asuntos delictivos. Desde la formidable Los Intocables, pasando por clásicos de los 70 como Las calles de San Francisco, de los 80 como Magnum PI y desde los 90 hasta hoy, como La ley y el orden, el delito siempre ha pagado y ocupado su lugar en la pantalla. Cierto es que la perspectiva que asume la ficción se ha concentrado por lo general en tres tipos de personajes: el delincuente, el policía y el abogado, sea este fiscal o defensor. Menos habitual, aunque no inexistente, es la mirada sobre quienes, desde la ciudadanía, se encargan de hacer justicia. Esto es, los jurados populares.

    El cine tiene un inmenso clásico en el rubro en Doce hombres en pugna, dirigida por el maestro Sidney Lumet en 1957, con un excelente Henry Fonda, quien también fue productor del filme. El texto, original de Reginald Rose, muestra de manera claustrofóbica el proceso de deliberación de un jurado en un caso de presunto homicidio. Poco se sabe de las vidas de los jurados, pero a través de sus puntos de vista y de su carácter lograremos entender algo de su personalidad. Ahora, ¿qué pasaría si supiéramos de manera más exacta qué cosas del “mundo exterior”, qué cosas de su experiencia real, afectan las decisiones de esos jurados? Como si fuera una prolongación del clásico de Lumet, ese es el enfoque que elige la serie belga El jurado (De Twaalf), estrenada en Netflix. ¿De qué manera los hechos que suceden en su vida diaria, en su vida familiar y laboral, afectan las decisiones que esos jurados tomarán finalmente en el juicio que les ha tocado juzgar? Y es justo esa perspectiva lo que hace de El jurado una serie rica, algo distinta a lo que habitualmente ofrece la ficción en el rubro.

    El caso que ocupa al jurado es especialmente grave: una mujer, Frie Palmers (Maaike Cafmeyer), es acusada de haber matado a su hija hace dos años y a su mejor amiga hace 16. Por eso la selección de quienes deben juzgarla es especialmente delicada. La serie abre precisamente con el proceso de selección del jurado, una obligación ciudadana que no todos los convocados tienen interés o posibilidades de llevar a cabo. El caso, que transcurre en la ciudad belga de Gante, es llamado “el crimen del siglo” por la prensa, que desde antes de que el juicio comience ya tiene montado un auténtico circo mediático al respecto. Más allá de las particularidades de la Justicia belga que la serie muestra (es llamativo que se juzguen los dos casos a la vez, con dos equipos de acusación que trabajan en simultáneo, más los jueces, frente al abogado de la defensa), es interesante el rastreo que hace en las trayectorias de quienes integran el jurado. Y aunque en su versión original se llame De Twaalf (Los doce), en realidad el programa se concentra en las particularidades de apenas un puñado de ellos, desentendiéndose de las trayectorias del resto de los miembros.

    Asistimos, por ejemplo, a la reticencia de Delphine Spijkers (Maaike Neuville) a la hora de asumir el encargo. Convocada como suplente, pero obligada a aceptar por la ausencia del jurado titular, Delphine sabe que el juicio le va a provocar serios problemas con su marido, un hombre violento y controlador. Ocurre lo mismo con Noël (Piet De Praitere), quien se encuentra en bancarrota, es adicto al sexo y no tiene mejor ocurrencia que venderle información de la interna del juicio a la prensa. O con Holly (Charlotte De Bruyne), la presidenta del jurado, quien oculta su apellido real, tras haber quedado huérfana de padre y madre, asesinados en su casa en un violentísimo copamiento. Con un perfil distinto pero también desbordado por la situación en que lo encuentra la obligación de ser jurado, está Yuri (Tom Vermeir), otro miembro con quien Holly comienza una relación. Lo mismo pasa con Carl (Zouzou Ben Chikha), un hombre en apariencia dogmático, que tiene una relación complicada con su hija adolescente y que intenta siempre liderar al resto. En esos personajes, completados por Arnold (Peter Gorissen), un hombre maduro y tímido que trabaja en un zoológico, se centra la serie.

    Y es justamente en esa habilidad para construir y desarrollar subtramas personales para los jurados que le interesan en donde reside uno de los puntos fuertes de El jurado: está claro que no todo el mundo puede tener la posibilidad o la capacidad de asumir una responsabilidad mayúscula como la de juzgar a una persona por dos asesinatos. Con ese mapa, la serie construye una rica trama coral, donde el mundo real en el que viven esos jurados entra en roce constante con la tarea que deben cumplir como obligación ciudadana. Al mismo tiempo, la serie también presenta de manera sólida los aspectos más convencionales del juicio: la acusación, la defensa, las pruebas y cómo todo esto debe ser procesado por el jurado. Entre esos personajes destacan el sólido abogado defensor Ari Spaak (excelente Josse De Pauw) y el ambiguo Stefaan Jonge (Aimé Claeys), quien además de haber sido marido de la acusada fue pareja de la amiga asesinada hace años y es parte de la acusación en el juicio.

    Es difícil decir cuál de todos los personajes está mejor interpretado dado el altísimo nivel de solvencia que presenta el elenco. Toda la serie es sólida y no hay un solo detalle técnico, argumental o de actuación que no esté perfectamente resuelto. Lo perverso de los crímenes hace que el tono general sea oscuro, con una fotografía en la que predominan los tonos bajos y las texturas ásperas o metálicas, con la ciudad convertida en paisaje duramente geométrico, donde lo humano apenas parece tener cabida. Al mismo tiempo El jurado es una serie de una finísima humanidad con una mirada que, es verdad, no resulta especialmente esperanzadora. Cuenta en cambio con una mirada precisa y delicada para el drama y la tragedia narrada de manera decididamente realista.

    No hay un solo personaje que resulte fácilmente reducible a la paleta simple de buenos y malos. Al contrario, en todo momento queda claro que el mismo personaje que es capaz de, como Noël, vender información del juicio a la prensa puede ser auténticamente solidario con una compañera de jurado que necesita apoyo. O que nuestro veterano trabajador del zoo puede ser un tipo débil en sus vínculos humanos, pero es capaz de defender sus puntos de vista legales con contundencia. También que es inevitable que la trama de culpas y responsabilidades que cada persona carga consigo termine filtrándose en su mirada sobre el caso, el crimen y la acusada.

    Auténtico drama legal realista, El jurado logra, como solo lo logran las mejores obras de arte, hacernos cuestionar sobre los valores profundos en que descansan nuestras convicciones: ¿qué es lo correcto?, ¿qué es lo justo?, ¿qué es lo verdadero?, ¿quiénes somos nosotros para juzgar a otros?, ¿podemos hacerlo de manera ecuánime? Ficción televisiva de primer nivel, especialmente apta para adultos que no creen que las cosas importantes de la vida tengan respuestas simples.

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