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Comenzó a escribirla a mediados de los años 40, pero fue recién en 1951 cuando Camilo José Cela (1916-2002) publicó La colmena en Buenos Aires. En su trayecto, el libro tuvo que evadir la censura franquista, pero también en Argentina se topó con la censura peronista. Por eso Cela suprimió algunas partes del manuscrito, sobre todo aquellas que tenían alusiones sexuales. La censura se lleva tan mal con el sexo como con la política.
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A cien años del nacimiento de Cela, la Asociación de Academias de la Lengua Española junto con la editorial Alfaguara publicaron nuevamente La colmena en una versión conmemorativa y con estudios de especialista, que incluye los fragmentos censurados y autocensurados.
Transitan unos 300 personajes, sin que ninguno sea realmente protagonista. Es un verdadero enjambre de seres que pasan y dejan sus huellas a través de sus anécdotas. Son, sobre todo, representantes de la burguesía española venida a menos que sobrevive en la Madrid de 1943, en plena posguerra.
Como si fuera caminando por la ciudad “cámara en mano”, Cela sigue la historia de los personajes, los acompaña un tramo y luego los pierde para seguir a otros. “Esta novela mía no aspira a ser más —ni menos, ciertamente— que un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre, exactamente como la vida discurre”, escribió Cela en una nota a la primera edición.
Tan exitosa como la novela fue la película de 1982 dirigida por Mario Camus, en la que participa el propio Cela y tiene actores de primera línea, como José Sacristán o Francisco Rabal. Ellos interpretan a los parroquianos del café Las Delicias, donde se juntan los descreídos, los trasnochados, los poetas sin un peso y los que presumen de un falso poder económico y social. En torno a las mesas de mármol, hechas con lápidas de un antiguo cementerio, se sientan los solidarios, los hipócritas y los indiferentes, acechados por el hambre de la España empobrecida.