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Hemos visto montañas de películas de vaqueros, la gran mayoría ambientadas en la Fiebre del Oro, con esos pueblos de madera infestados de pistoleros, indios, mineros, barberos, prostitutas, cantineros y buenos ciudadanos que van a misa con sus mejores ropas. Los pueblos se construyen paso a paso en desiertos y lodazales antes de que lleguen las vías del tren. Para que podamos ver un primerísimo primer plano de un par de botas con espuelas que bajan de un tren, primero tiene que haber un pueblo. Hay pueblos apacibles y otros fantasmales surcados por grandes bolas de paja y pintados con los colores del infierno.
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Hemos visto decenas de películas sobre la conquista del Oeste con forajidos que roban ganado a los ricos hacendados, representantes de la ley valientes, dudosos y hasta cobardicas, jugadores de cartas de impecable levita negra y sombrero, cazadores y buscapleitos por lo general barbudos y con cicatrices que hacen su entrada intempestiva en el saloon de puertas batientes. El whisky siempre está en una botella sin etiqueta, el pianista siempre toca una música alegre, las diligencias parecen mucho más cómodas de lo que realmente eran y todos van armados hasta los dientes y en los tiroteos caen de techos y escaleras tiesos, duros, muertos.
Hemos visto muchas y muy buenas películas así. Pero ninguna como First Cow (2019, en Mubi), de Kelly Reichardt. Bueno, podríamos exceptuar Del mismo barro (McCabe and Mrs. Miller, 1971), del gran Robert Altman, un western ambientado en prostíbulos con música de Leonard Cohen, y La balada del desierto (1969), del gran Sam Peckinpah, cuya acción ocurre en una casa en el desierto con un viejo en pijama, su compañera que trabajó de meretriz y cada tanto alguna que otra visita.
Lo primero, entonces, es la ambientación, completamente inusual. En las fortificaciones sus pobladores no se visten ordenados por un obsesivo vestuarista sino como pueden, como seguramente la época lo posibilitaba. Pantalones que son restos de tela, botas que en el mejor de los casos lucen enteras y llaman la atención, gorros de piel de cualquier animal con tal de atemperar el frío. En una palabra: la gente anda por ahí cubierta con retazos. No se distinguen de modo claro los soldados de los mineros, los indios de los buscavidas, las mujeres de los hombres. Todos parecen sobrevivientes. Las casas no son esas clásicas fachadas que reposan en un depósito como utilería a la cual se echa mano para filmar otra película de vaqueros. Aquí las casas son de palos más o menos enderezados, cobertizos con pisos de tierra, paredes y techos con las tablas sobrantes y cueros. Un lugar en el que te puedas meter dentro. Salvo el refinado hogar del ricachón del pueblo, claro.
La luz es natural. Si alguien sale por la noche a ordeñar una vaca (¡toda una extrañeza en los primeros poblados!) no lo hace bajo un potente foco azulado como los que se usan en tantas y tantas películas para que en las escenas nocturnas veamos qué ocurre. No, aquí impera la media luz, y si no se ve demasiado bien es precisamente porque se ha ocultado el sol y deben encenderse unas miserables lámparas de aceite.
Si un sujeto entra al bar a echarse un trago entre pecho y espalda y es provocado por cualquier motivo, antes de lanzar la primera trompada a su ofensor deja a su hijo pequeño —que reposa en algo parecido a una cuna— al cuidado de otro bebedor que se encuentra en la barra. Este detalle de paternidad, que no esquiva la necesidad de alcohol y la violencia imperante, nunca lo había visto. Las grandes películas se hacen con detalles, pero un detalle tras otro.
Estamos en 1820 y nuestros personajes principales tienen hambre. Deben sobrevivir primero y después tener sueños, proyectos, esperanzas como montar una panadería o invertir en un hotel en alguna ciudad grande como San Francisco. Uno de ellos, a quien precisamente le dicen el Cocinero, busca hongos al comienzo de la película. Delicadamente los escruta para evitar los venenosos, los arranca de la tierra y los deposita en su bolsa de cuero. Entre los pastizales tupidos se esconde un prófugo al que confunde con un indio (“No, soy chino”, dice el prófugo) y entre ellos se irá desarrollando una amistad a medida que van sorteando los inconvenientes para sobrevivir.
A la desusada ambientación, la directora y guionista Kelly Reichardt (basada en una novela de Jonathan Raymond, su habitual colaborador en los guiones) suma la pericia de contar una historia del Oeste sin venganzas, sin pistolas ni tiroteos (o sumamente asordinados), sino con… bizcochos. Sí, porque nuestro Cocinero y su amigo el Chino se ganan la vida vendiendo unos deliciosos bizcochos fritos, con leche robada a la vaca (única) del señor terrateniente Toby Jones. Y los venden en el centro del pueblo, un lodazal al que acuden todos y hacen cola para comprar esas seductoras facturas.
Según la cineasta, quien siempre ambienta sus historias en Oregon, uno de los particulares trabajos previos para esta película consistió en mandar de campamento a la pareja protagónica (John Magaro y Orion Lee) para que conviviese un tiempo en soledad, durmiendo en una tienda de campaña y cocinando a la intemperie. Como en el resto de la filmografía de Reichardt, las actuaciones son naturales y sin aspavientos de ningún tipo. Si hacemos un símil con los instrumentos musicales, puramente acústicas. Así ocurría con Old Joy (2006) y Wendy and Lucy (2008), historias mínimas de resultados máximos, o con la increíblemente desoladora Meek’s Cutoff (2010), sobre un guía que conduce a unas familias a través de los insondables espacios abiertos de Oregon en 1845, más que un western, un desert movie. Uno olvida que están en el elenco Michelle Williams, Paul Dano, Bruce Greenwood o Will Patton. Ocurría lo mismo con Night Moves (2013), en la que Jesse Eisenberg interpretaba a un ambientalista radical. Desaparecen los actores para dar lugar a personajes puros, una de las características del cine independiente.
Pero además de escribir y dirigir, Reichardt monta sus películas, les da ese ritmo de balada que se toma el tiempo necesario para decir las cosas, y decirlas de un modo delicado, alusivo, sugerente y poético, muchas veces en el marco de un frondoso paisaje circundante. Más allá de la acción —que no es estridente— y los contratiempos —que tampoco son estridentes— hay vida allá afuera, nos dice la realizadora. Ciertas veces solo tenemos que detenernos ante lo que nos rodea y contemplar.
Reichardt, de 57 años, nació en Miami-Dade County, Florida, y se crio en una familia de… policías. Le encantaba usar la cámara de su padre para acompañarlo a sacar fotos en la escena del crimen. Antes de convertirse en uno de los más valiosos nombres del cine estadounidense independiente, pasó por todos los rubros: ayudante de vestuario, asistente de utilería y decorados, actriz terciaria. Adquirió los conocimientos necesarios en todos los rubros para poder lograr esa unidad de estilo que caracterizan a sus inconfundibles y sublimes películas. Una capa. Y viene de una familia de canas. Quien lo hubiera dicho.