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    Errándole feo a la pelela

    Dicen, y dicen mal, que Quijote dijo: “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”. Quijote no lo dijo nunca. Cervantes tampoco. Pero el dicho viene como anillo al dedo luego de leer unos comentarios sobre mi libro El tercer Uruguay, publicados en La red 21, cuya existencia desconocía por completo, pero que fácilmente puedo situar en el campo de la izquierda. Una izquierda duramente castigada por los duros golpes de la realidad.

    No sé quién es el responsable de la susodicha nota, pues el mismo prefiere el anonimato. Viendo lo que ha escrito lo entiendo perfectamente…

    El texto en cuestión comienza con esta joya: “El autor, que es doctor en Historia por la Universidad de Lund (Suecia) construye buena parte de su discurso en torno a una supuesta cultura del ‘pobrismo’, que no figura en ningún manual político o social conocido”.

    O sea, como el pobrismo no figura en ningún manual conocido no es válido como estrategia para comprender un proceso. Solo serían válidas las ideas incluidas en los manuales políticos y sociales conocidos (sic). Es típico de los izquierdistas manejarse por la vida en base a esquemas, preferentemente de producción marxista. Lo que no aparece en esos esquemas no es válido ni sirve como herramienta de análisis.

    La crítica a mi libro empieza, pues, mal. Y sigue peor: “Si bien hay que valorar la prolífica imaginación y creatividad que ostenta el autor, resulta bastante inverosímil su extrapolación entre el marxismo y el catolicismo, que, según su personal interpretación, son una suerte de primos hermanos en materia ideológica. Aunque pueda existir alguna analogía entre el credo solidario e igualador del marxismo y algunas interpretaciones humanistas bastante más sociales del Evangelio, el parangón resulta, a todas luces, absolutamente incongruente”.

    Sostener que yo extrapolo como loquito suelto en este tema concreto es de temerario. O más bien de otario, que rima con lo primero. Hay una enorme bibliografía al respecto que avala mi razonamiento. Se trata de cientos de títulos publicados, cuyo objetivo, justamente, fue hacer ese tipo de extrapolaciones. Tres ejemplos de la colección: Marx y la Biblia (1971), Cristianismo y revolución (1968) y Cristianismo y marxismo (1986).

    Nombres célebres dentro de esta corriente son el obispo Helder Cámara, el arzobispo Óscar Romero y el teólogo Leonardo Boff. El papa Francisco, un pobrista de pedigrí, pertenece a este grupo.

    En 1984 hubo un ajuste de cuentas. El cardenal Ratzinger (luego devenido papa Benedicto) llamó a Roma a varios exponentes de la teología de la liberación y les impuso castigos y limitaciones. Ratzinger publicó además un documento oficial de la Iglesia (Instrucción sobre ciertos aspectos de la teología de la liberación), acusando a esta corriente católica de hacer “una desastrosa confusión entre el pobre de las Escrituras y el proletario de Marx”.

    El autor del artículo aparecido en La Red 21 haría bien en enterarse de lo que escribo antes de opinar sobre mi libro. Además, un poco de cultura general no le vendría mal. Al menos, para no pasar vergüenza.

    A continuación, el anónimo crítico sostiene: “Según la controvertida tesis de Cantera Carlomagno, hay quienes tienen ‘alma de pobres’, como si se tratara de una condición natural deseable y no realmente lo que es: una causalidad devenida de un statu quo hegemónico injusto e inequitativo”.

    En este párrafo, el autor de la nota le erra particularmente feo a la pelela, pues la frase en cuestión (tener alma de pobre) no es invento mío, sino que pertenece a la Biblia latinoamericana y más específicamente a las bienaventuranzas del Evangelio de Mateo.

    Comprendo que a un admirador de las ideas de izquierda en América Latina no le agraden mis análisis, especialmente cuando esos análisis desnudan el andamiaje de una ideología con raíces milenarias claramente hegemónica en las sociedades atrasadas como la uruguaya.

    Sin embargo, al final del texto de marras su autor me roba una sonrisa cuando escribe: “Cantera Carlomagno (…) no escatima descalificaciones contra los gobiernos progresistas del presente, sugiriendo que profundizan la mediocridad y el pobrismo”.

    Bueno, me digo a mí mismo, ¡finalmente he aquí algo correcto, pues los gobiernos progresistas del presente no han hecho otra cosa que, justamente, profundizar la mediocridad y el pobrismo! 

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