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Con un cerrado acento castellano, el guía habla de los atractivos de la Ciudad Financiera del Banco Santander. El complejo, a 18 kilómetros de Madrid, abarca la guardería más grande de Europa, un campo de golf de elite, un gimnasio, un hotel, varios restaurantes y un bosque de olivos porque, dicen, es el árbol preferido del presidente del grupo, Emilio Botín. Allí, ante un grupo de periodistas latinoamericanos, hablarán de la “recuperación” de España. Pero la población del país -hundido desde 2008 en su peor crisis económica- no se lo cree.
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Apenas a unos kilómetros, los ladrillos rojos de una estación de Bomberos gritan, con una enorme pintada blanca: “Estamos hasta los huevos de banqueros, financistas y políticos ladrones”. Los diarios denuncian desvíos de fondos públicos a las arcas personales de los jerarcas de algunas de las 17 comunidades autónomas. Vendedores callejeros, taxistas y comerciantes dicen que lo que los mantiene vivos son las pagas extras de los que aún son asalariados y los “guiris” (extranjeros) que llegan a Madrid. Solo eso, dicen, les trae “alegría”.
Están lejos de esa recuperación macroeconómica. Según el Banco de España, el primer trimestre del año cerró con un crecimiento de 0,5% interanual y se espera para 2014 un aumento de 1,3%. Entre abril y junio se crearon 4.400 puestos de trabajo por día que, según datos oficiales, es el mayor crecimiento desde 2005. En los primeros cinco meses del año llegaron 21,4 millones de turistas, un récord. Y el Banco Santander pronostica que el crédito se incrementará, también, el segundo trimestre.
Pero en la vida del español de a pie, aún hay números rojos. El desempleo alcanza a casi seis millones de personas y uno de cada cinco tiene más de tres años en el paro. Las marcas blancas —de los supermercados a precios muy bajos— son 40% del mercado. Para 54% de los españoles con trabajo la mayor preocupación es conservarlo; 65% cree que será difícil conseguir otro. “Es que no hay trabajo, ¿sabes?”, repiten los jóvenes.
Boom y caída
A fines de 1990, España vivió un boom inmobiliario que permitió a la clase media obtener su “piso”, su coche, su viaje por el mundo amortizado por hipotecas y préstamos. Las tarjetas de crédito llegaban por debajo de la puerta, preaprobadas y con límites de consumo altos. Las viviendas se financiaban sin un minucioso análisis de las capacidades de pago del cliente.
La Unión Europea (UE) apuntalaba al país. Hasta que en 2008 Estados Unidos vivió un masivo impago de hipotecas asociadas a títulos bursátiles y se infectó el sistema financiero mundial. En ese castillo de naipes cayó España. Ahí también fue Europa la que otorgó los 100.000 millones de euros que requirió la banca para sanearse.
En 2012 se acuñó la frase “vivimos por encima de nuestras capacidades”. Una forma española de explicarse por qué su país caía, semana a semana, sin detenerse. Se especuló con la salida de la UE y la vuelta de la peseta. Se rumoreaba que renunciaría el presidente Mariano Rajoy. Los desocupados pasaron de 4,6 millones en 2010 a casi seis millones en 2012. Las organizaciones sociales no daban abasto para alimentar a los pobres. Los desahucios (ejecuciones de hipoteca) surgían por doquier y los carteles rojos de ventas de apartamentos se veían en cada esquina, inmóviles. Fue el año de la huelga general, de los indignados, de los jóvenes que se marcharon en camadas, de los uruguayos que se volvieron. El de las ocupaciones de viviendas y el resurgimiento del nacionalismo catalán. Y a los inmigrantes les restringieron el acceso a la salud. Y cerraron cajas de ahorros y los bancos hablaban de “activos tóxicos”. Y las empresas salieron desesperadas a América Latina.
También fue el año de las reformas. El Partido Popular (PP) recortó el subsidio por desempleo (cubría dos años y permitía rechazar tres ofertas laborales), permitió contrataciones temporales y flexibilizó los despidos masivos. Subió los impuestos e impuso techos de gasto a las administraciones para cumplir con exigencias de la UE. Hasta dio la residencia a los extranjeros que compraran una vivienda de 160.000 euros.
Y es que antes, el plan del gobierno del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de reactivar la economía con la construcción no funcionó. Solo dejó aeropuertos sin uso. Como el de Huesca, que cerró a los seis meses porque solo transportaba 30 pasajeros, o el de Ciudad Real, que tiene una operativa para 2,5 millones en un ciudad de 74.000 habitantes.
El PP intenta ahora una reforma fiscal que reducirá impuestos pero quitará deducciones (como el descuento del alquiler para los jóvenes). La oposición la tildó de “chapucería legislativa”. Y, mientras comienzan a salir las sentencias de los juicios a Bankia (nacionalizada e investigada por la Justicia), los políticos se desvinculan de las cajas de ahorros que invirtieron el dinero de jubilados en instrumentos de alto riesgo, sin que estos lo supieran.
“España ha dejado atrás la recesión más larga de su historia. Este año habrá creación de empleo. Por primera vez podemos crear empleo”, dijo en una conferencia de prensa en julio la vicepresidenta de gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. “Y lo hemos logrado manteniendo las grandes partidas de nuestro estado de bienestar”, agregó.
Pero los recortes, que sí existieron, y los escándalos de corrupción (como el caso Bárcenas, que investiga la concesión de obras públicas a empresas que financiaron al PP), no se olvidan. Los españoles critican el bipartidismo entre PSOE y PP porque, dicen, al final, si no te roban unos, lo harán los otros. Podemos, un partido liderado por Pablo Iglesias (de 35 años y que solía ser tertuliano televisivo), parece ser la esperanza. Su primera acción fue topear los sueldos de sus eurodiputados. Pero ahora se lo acusa de vínculos con el chavismo venezolano.
El sábado 12 de julio a la tarde, en Sol, el centro de Madrid, solo se ven turistas de compras. Guiris que mueven la economía. Una marcha contra el cierre de la Coca-Cola en Fuencarral (en las afueras) grita contra la reforma laboral. Son apenas 70 personas y no hacen el ruido suficiente para silenciar las cajas registradoras de las tiendas. Los restaurantes ya no tienen “menú anticrisis” y las cadenas como 100 Montaditos o La Sureña, famosas por sus botellines a un euro, ya no están abarrotadas. El español, aferrado por cultura a su cañita, nunca dejó de salir a los bares.
Al metro se sube un joven con una guitarra, un oficio común entre los inmigrantes latinoamericanos más pobres. Pero su acento es castellano. Viene de una familia de tres hermanos, los tres en el paro. Su flamenco cuenta la historia de un joven “con buena voz”, al que sus amigos le recomiendan irse al extranjero, y dejar a su familia y amigos. Antes de pasar a buscar algunos centésimos en un vaso de plástico, canta dos últimos versos: “Por qué tengo que irme si yo soy español/ Si Dios quiere que triunfe, en España lo voy a hacer”.