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    Especialista propone ajustar la ley de ocho horas al nuevo modelo de trabajo y debatir un esquema de renta universal

    Aunque resulte difícil de imaginar con los ojos del siglo XXI, los cálculos de despegue y aterrizaje de las naves espaciales de la NASA en la década de 1950 eran grandes desafíos matemáticos a los que un equipo de mujeres se enfrentaban a lápiz y papel. Así funcionaban las cosas hasta la llegada de la primera computadora al instituto aeroespacial: la enorme máquina ocupaba toda una sala, pero podía resolver en pocos segundos aquellas complejas operaciones. Ese choque entre tecnología y trabajo es uno de los temas retratados en la película Figuras ocultas (2016). La primera reacción de las empleadas es el rechazo. Al menos hasta que una de ellas decide aprender programación y, a fuerza de acierto y error, comienza a sacar el mejor rendimiento de las posibilidades que ofrece la máquina.

    Es con esa imagen que el abogado Juan Raso Delgue suele referirse al desafío al que una vez más se enfrenta el mundo del trabajo. “Quiero transmitir la idea de que no tenemos que pensar en el futuro con depresión sino con entusiasmo, para que la gente se prepare”, dijo a Búsqueda.

    Raso es abogado y catedrático grado cinco de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social de la Universidad de la República, además de académico en la ORT. Con un particular pelo canoso y abundante, y su voz ronca, aguda y apretada, se precia —más que de su currículum— de ser un hombre bienvenido en los dos lados del mostrador del ámbito laboral. Así como asesora y da clases de negociación colectiva a sindicatos, también brinda charlas para empresas. Todo eso, sostiene, le da el know how de comprender el riesgo de quien apuesta a la producción pero también la vulnerabilidad que enfrentan los trabajadores. “Me gusta estar bien con Dios y con el Diablo”, explicó con humor.

    Para Raso, el futuro del trabajo es más bien presente; se trata de un fenómeno que ya se está procesando, incluso en Uruguay.

    Las empresas ya automatizan tareas y algunas incorporan inteligencia artificial, lo que hará que desaparezcan numerosos puestos de trabajo pero también creará nuevas ocupaciones. Eso, entiende, se da en el marco de cadenas mundiales de suministro, con empresas multinacionales que en algunos casos superan la fuerza de los propios Estados, y van dejando grandes franjas de trabajo muy pobre.

    Por eso, el especialista entiende que el futuro del trabajo es el de la “protección social”, y subraya la necesidad de un esquema más amplio que el del actual sistema de pensiones. Defensor de la incorporación de una renta universal, considera que habrá que dar discusiones como la de aplicar impuestos a los robots, modificar la actual ley de la jornada laboral, habilitar el trabajo a distancia y formalizar a las firmas tecnológicas que operan a través de aplicaciones para teléfonos celulares.

    Ese complejo sistema de relaciones laborales y su conexión con la economía es para Raso el tema “esencial” a afrontar en los próximos cinco años. Sin embargo, no ve propuestas en el panorama electoral que recojan el desafío.

    “Los partidos políticos deberían explicarle a la población en un lenguaje serio y comprometido cuál va a ser su política laboral. Pero cada candidato pone algún retazo, apunte, dice de subir la contribución, bajar la desocupación... Pero ¿cuál va a ser la política que una la formación, la empleabilidad del futuro, la protección social, la financiación de la seguridad social, el debate sobre una renta universal? Esos son los grandes temas del futuro”, reclamó.

    Gravar a los robots

    Para el abogado, la “protección social” del futuro requerirá un nuevo modelo de financiación. Ya el exdirector de Trabajo Juan Castillo y el subsecretario de esa cartera, Nelson Loustaunau, han expresado la necesidad de gravar la incorporación de tecnología que reemplace empleos. En ese mismo sentido, Raso considera que es “razonable” exigir que si una empresa “a partir de la tecnología se enriquece más, devuelva a la sociedad parte de esa riqueza”.

    “En el futuro vamos a precisar más protección social, pero va a haber menos aportes del tipo clásico, contributivo. Yo soy una persona que hizo sus deberes, según me enseñaron en el siglo pasado, y cotizo para tener seguridad social. Pero mis hijas, por ejemplo, tienen períodos acotados de aportes. Entonces ¿la contribución va a seguir siendo el sistema principal de financiación? ¿O va a haber otras vías? Y las otras vías van a tener que ser impuestos, no hay otra”, dijo.

    También llamó a considerar la posibilidad de “volver a regular” el horario laboral, modificando la actual ley de ocho horas bajo el entendido de que entra en conflicto con un nuevo modelo de trabajo. En los servicios, por ejemplo, se puede habilitar la posibilidad de que el empleado “constituya su propio horario”.

    “En el futuro habrá empleos que requieran una jornada rígida, por ejemplo, una fábrica metalúrgica. Eso va a existir. Pero en los servicios, ¿tienen que medirse en un horario continuo o, en virtud del trabajo y protegiendo los derechos de desconexión, se puede dar la posibilidad de construir el horario de trabajo?”, reflexionó.

    “Para el horario del futuro va a haber que pensar en más posibilidades, mientras no se transformen en una mayor explotación del trabajador”, agregó.

    Empleabilidad del futuro

    Raso dice tener la edad suficiente como para comparar un siglo con otro. Y una de las diferencias más grandes que ve en ese contraste es la relación entre educación y trabajo. Terminar una carrera y recibirse solía ser el fin del camino. Ahora, aseguró, es apenas el principio. Así, consideró que en el sistema educativo se sigue operando con una cabeza del pasado, mientras se “viene un futuro cada vez más variado”.

    “Hoy si te recibís de abogado y no estudiás un día más, es mejor que vayas a trabajar a una fábrica”, sostuvo. Y agregó: “Tengo un nieto que seguramente el trabajo al cual se va a dedicar todavía no fue inventado. Entonces, ¿en qué lo formo?”.

    Esa preparación, consideró, estará relacionada a aptitudes —saber comunicarse, tener curiosidad, ser competente tecnológicamente y trabajar en equipo— mucho más que de “mero conocimiento”. Y, al margen de la necesidad de reforzar políticas públicas, también las empresas tendrán responsabilidad en el proceso. “Los empleadores deben sensibilizarse de que tienen un rol estratégico en la construcción de empleabilidad”, aseguró. De nuevo, opinó que “no se ve que esas cosas estén en la agenda de ninguno de los partidos políticos”.

    Una renta universal

    El optimismo de Raso con respecto a las posibilidades del futuro convive con la certeza de que “inevitablemente va a haber desigualdad”. “El verdadero desafío de la sociedad es cómo lograr, siendo más ricos, ser más equitativos”, resumió. Por eso, consideró que el Estado deberá intervenir aún más para “compensar la desigualdad”, algo que entiende no es una postura “ideológica, sino técnica”.

    “He estudiado las reformas laborales que se han dado hasta ahora y no ha habido grandes cambios. Sí cierta flexibilización, ciertos cambios pequeños. Pero el Estado sigue siendo importante”, evaluó.

    En ese sentido, sostuvo que será inevitable pagar una renta universal. Así se sumó a un debate que varios sectores del Frente Amplio han impulsado, y del que el Ministerio de Desarrollo Social se ha hecho eco.

    “Tenemos que reflexionar sobre la posibilidad de que haya algún tipo de prestación universal”, opinó. “El debate no es pensar renta universal sí o no, sino cómo imaginamos la protección de las necesidades básicas del futuro. Quizás no esté constituida por dinero sino por alimentos, fármacos o el derecho a un techo. Pero sí o sí vamos a tener personas excluidas. Lo deseable es que lo sean por el menor tiempo posible”, agregó. Sin ese tipo de apoyos “la supervivencia de algunos sectores de la población va a ser difícil”.

    “Yo soy muy optimista respecto al futuro, pero también veo películas apocalípticas”, remató.

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