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Ganaron ellos. Los malos. Existe algo llamado Gran Reich Alemán, que domina una buena parte del mundo. Adolf Hitler está vivo, aunque enfermo, y en la Quinta Avenida la svástica nazi se eleva triunfante. Es The Man in the High Castle, una de las últimas producciones de Amazon, que en 2013 lanzó su propio portal de películas y series en streaming. Hubo que esperar a que la ficción televisiva alcanzara el nivel de excelencia que ostenta en la actualidad para que una obra como El hombre en el castillo, ucronía del autor estadounidense Philip K. Dick (1928-1982) publicó en 1962, llegara por fin a convertirse en una ficción seriada. La primera temporada ya finalizó, se encuentra disponible online, y ya se confirmó la realización de una segunda.
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Dick, feraz autor enmarcado en la ciencia ficción que en vida recibió mayor reconocimiento en Europa que en Estados Unidos y que murió antes de ver completa Blade Runner, la primera de las varias adaptaciones de sus relatos al cine (aunque sí algunas escenas), creó con El hombre en el castillo (Premio Hugo 1963) una perturbadora y fascinante narración en la que las Potencias del Eje —Alemania, Japón e Italia— ganaron la II Guerra Mundial. Ridley Scott, director de Blade Runner, libre adaptación de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, es el productor ejecutivo de la serie, que utiliza el libro original como plataforma para extender las potencialidades de la historia. Scott trabajó junto a Frank Spotnitz, supervisor detrás de todo el asunto. Spotnitz es el hombre que produjo una serie clave en la historia de la TV: Los Archivos X.
Así está el mundo. El mar Mediterráneo fue vaciado, convertido en campos de siembra, casi no quedan judíos, y los que sobreviven recurren a estrategias de camuflaje. La esclavitud es legal. El abatido territorio estadounidense fue dividido en tres: la costa este pertenece a los nazis, la costa oeste a los japoneses, que son los alemanes de Asia, mientras que en el medio se formó una zona tapón, un espacio neutral. En 15 años, con ingenio, ciencia y tecnología, los nazis lograron con los negros africanos lo que los estadounidenses tardaron casi dos siglos con los aborígenes —y además, no completamente—: aplicaron la denominada Solución Final al Problema Africano, un atroz procedimiento que les permitió, además, alimentar a la población. Es la década de 1960 y el nazismo va moldeando el mundo a su imagen. Hay planes de expansión más allá de la Tierra. La prodigiosa imaginación de Dick, autor de 44 novelas y 121 relatos, portador de una mente con fuertes inquietudes místicas y filosóficas, un escritor venerado e imitado en el cine, en la TV, en los cómics e incluso en la música, y que también pasó penurias y fue menospreciado, puede ser perversamente realista. Sin muchos detalles, son pinceladas, toques, fragancias.
En este escenario se despliega la trama, que involucra a un comerciante de artesanías previas a la guerra (arte autorizado por los gobiernos totalitarios que controlan el lenguaje y, por lo tanto, la realidad), su esposa, de quien está separado, un funcionario japonés, y un alemán que viaja a la zona japonesa de forma encubierta. ¿Y entonces? Y entonces hay un libro. Una misteriosa novela titulada La langosta se ha posado, obra de un señor llamado Hawthorne Abendsen. Es el enigmático “hombre en el castillo”. Esta misteriosa novela, prohibida por el régimen, es la que hará que al lector se le erice la piel. En ella se cuenta una historia alternativa a la realidad de El hombre en el castillo: las fuerzas japonesas y alemanas fueron derrotadas por los Aliados. Hay más: el I-Ching, el antiguo libro de las mutaciones, tiene un papel clave para orientarse en la realidad, aquello que, según Dick, sigue existiendo “aunque dejes de creer en ello”. El I-Ching es una guía para algunos personajes en la historia, y también lo fue para el autor, que aseguró usarlo para escribir el libro.
En el traslado a la pantalla, la novela se expande. Las imágenes de Nueva York y San Francisco son inquietantes. El libro maldito de Abendsen es una película maldita, una leyenda urbana, una serie de falsos documentales demasiado realistas que muestran a Japón destrozado tras dos bombas atómicas, a Hitler muerto y a las ciudades alemanas hechas paté.
La historia se mantiene, aunque hay subtramas nuevas, detalles escabrosos y los personajes principales del original reciben algunas alteraciones de rigor. Una tragedia conduce a Juliana Crain (Alexa Davalos) hacia una de las películas subversivas, un tal Joe Blake (Luke Kleintank) sigue el camino de su padre, mientras John Smith (Rufus Sewell, impecable) un —a ver cómo se pronuncia esto:— Obergruppenführer que cumple con su patria, es un padre ejemplar y es infatigable en su lucha tras los subversivos. Hay sorpresas, guiños en cada episodio, y más acción que en el libro que sirve de base. Entre la elocuente recreación, la imaginería visual, la intriga, la tensión internacional —la paz entre Japón y Alemania pende de un hilo— se destaca la humanidad en cada personaje —incluye a los señores de las svásticas—, lo que hace a The Man in the High Castle una ficción más compleja e interesante. Porque también presenta el desafío de encontrarse con la realidad de que los buenos no siempre ganan.