“Si es cierto que esto se debió a que el presidente de la República no estuvo de acuerdo con las designaciones, hubo 112 legisladores que entraron a sala, en 130. Quiere decir que quedó demostrado que hay independencia absoluta de poderes”.
Lo que sigue es un resumen de la entrevista que Martínez mantuvo con Búsqueda.
—¿Qué balance hace de su primer año en la Corte?
—El día que juramos la doctora Alicia Castro (ministra del Tribunal de lo Contencioso Administrativo) y yo fue un día bastante complicado. No sabíamos si lo íbamos a lograr o no, no fue fácil. Pero el balance de haber llegado a la Corte después de pasar por esa situación bastante complicada, fue absolutamente positivo. No hay duda.
—El día de su asunción los legisladores del Frente Amplio demoraron en ingresar a sala porque el presidente Tabaré Vázquez no estaba de acuerdo con su candidatura y les transmitió que no quería que la votaran. ¿Usted sabía qué era lo que pasaba?
—Absolutamente nada. En un momento nos explicaron que había unos diputados que no habían entrado a sala y que no se llegaba al quorum necesario para la designación, pero pensábamos que era una demora circunstancial. A medida que pasaba el tiempo nos enteramos de que en realidad había problemas entre los diputados de un sector y de otro, que algunos no estaban de acuerdo con el acuerdo que se había logrado. Pero no nos enteramos de nada hasta estar adentro del recinto, así que fue una sorpresa mayúscula. No había certeza de que se pudiera reunir el quorum necesario. Los minutos previos fueron complicados, porque fue una cosa totalmente inesperada, y no te sentís muy cómoda, obviamente. De todas formas, a mí de ese día me quedó un saldo absolutamente positivo: si es cierto que esto se debió a que el presidente de la República no estuvo de acuerdo con las designaciones, hubo 112 legisladores que entraron a sala, en 130. Quiere decir que quedó demostrado que hay independencia absoluta de poderes. Así que la República salió muy saludable.
—Superado ese inconveniente, ¿cómo fueron sus primeros meses en la Corte?
—Los primeros meses fueron difíciles, porque el tipo de tarea que toda tu vida cumpliste, no tiene nada que ver con la que cumplís en la Corte. Lo único parecido son las decisiones jurisdiccionales, pero eso es solo una parte del trabajo. Después está todo lo administrativo, que es lo predominante. Eso me significó un esfuerzo muy importante, no me terminaba de acostumbrar a tanta variedad de tareas. Si me dieran a elegir, preferiría toda la vida que hubiera una Dirección General que se encargara de todo y nosotros tuviéramos que ver solo los recursos contra las decisiones de la Dirección. Ese sería para mí el modelo ideal.
—¿Sería viable reorganizar la Corte para que los ministros no tuvieran que ocuparse de los asuntos administrativos y pudieran concentrarse en los fallos?
—Sería viable, sí, y también caminos intermedios, donde no todo, pero buena parte fuera resuelto de otra manera. A mí me resulta un modelo mucho más lógico para lo que debería ser la tarea fundamental en la Suprema Corte de Justicia. Pero esa es mi visión, no es para nada unánime. Y tiene sus bemoles, porque tiene reminiscencias de un Ministerio de Justicia, como tienen otros países para desconcentrar toda esa tarea que aquí está reunida en la Corte. Pero no es eso lo que a mí me inspira, en lo más mínimo. Lo que me parece es que en el Poder Judicial, tal como está estructurado, perfectamente podríamos armar las cosas de manera que la Corte se dedicara mucho más a la tarea estrictamente jurisdiccional, sin pensar en ministerios fuera del Poder Judicial. No es que la Corte no de abasto, pero yo me refiero a un modelo ideal de tareas: ¿En qué empleás tu tiempo, en si no funciona bien la morgue o en la tarea jurisidiccional?
—¿Los fallos de la Corte tienen incidencia en las decisiones de los jueces y en los tribunales de apelaciones? ¿Contribuyen a unificar la jurisprudencia?
—El recurso de casación no necesariamente está unificando la jurisprudencia. En lo más mínimo. Por supuesto que es importante considerar las decisiones de la Corte, tener en cuenta los argumentos, pero incluso tiene menos poder de unificación de jurisprudencia que lo que tiene hoy el tratado de (Jorge) Gamarra en materia civil. Está permanentemente citado, y en cambio no está permanentemente citado lo que dijo la Corte en casación. Funciona de esa manera. Eso no quiere decir que esté desprestigiada la jurisprudencia de la Corte, que no tenga valor, quiere decir que tiene un valor relativo, de argumentos que se consideran o no con absoluta libertad.
—Es docente en la Facultad de Derecho de la Universidad Católica, ¿cómo ve el nivel de los estudiantes de hoy?
—El tema es que todo viene de un mismo lugar, y ese lugar, que es la escuela Primaria y Secundaria, está fallando, claramente. Tengo recuerdos muy vívidos de cómo escribía y leía mi generación. Eso es un cambio radical respecto a lo que está pasando hoy con los estudiantes, hay una falla enorme en todo eso. Cuando tienen 18 años, ese juego está bastante terminado, no podés enseñarles sintaxis, porque entonces no das el programa. Y te encontrás con ese material, no hay otra cosa. Es raro hoy encontrarte a alguien que escriba bien, y estoy hablando de clases de 40 alumnos. Me preocupa cuando no hay comprensión alguna, cuando no te pueden decir qué es lo que entienden de lo que leyeron. Nada, te quedan mirando como si hubieras preguntado la teoría de la relatividad. Es la no comprensión, de ningún tipo. Eso, sumado a que no hay demasiado sacrificio y compromiso con el estudio, que prefieren los apuntes a los libros, y que son parte de una cultura de Internet, donde todo es buscado en Google o Wikipedia, lleva a esto: a que se piensa poco, se razona menos todavía, y hay dificultades serias para comprender lo que estás leyendo. Entonces pensás: a esta altura del partido esto es inarreglable. Podrás lograr que sepan más o menos Derecho, pero con una base que nunca va a ser demasiado sólida. Eso es bastante triste, es una decepción fuerte.
—Usted también da clases en el CEJU. ¿Allí observa lo mismo?
—Hay una formación muy deficiente que luego se transmite a la facultad, y con eso también trabaja el CEJU. A veces uno escucha críticas a cierto descenso en las exigencias, que no es tal. Es simplemente que nos estamos adaptando a la época que nos toca vivir. Los jueces tienen que surgir de algún lado, no es mágico: surgen de las facultades que tenemos. ¿Cómo podemos pretender excelencia en el CEJU si el material con el cual trabajamos no lo es? Tenemos ese drama en nuestro país, que es un drama muy fuerte, muy profundo, y que va a costar mucho tiempo revertir.
—¿La calidad de los fallos ha decaído como resultado de este proceso que describe?
—Sí, veo una involución en cuanto a las formas, la sintaxis y las faltas de ortografía. La calidad de la redacción, de lo escrito y de lo que se habla ha decaído, por supuesto que sí. Los jueces salen del mismo lugar de donde salen todos los demás.
—¿Por qué cada vez son menos los estudiantes de Derecho que eligen la carrera judicial?
—Yo lo pregunto mucho en clase y en seguida te dicen: ¿pero hay que irse lejos, no? No hay un tema económico, los sueldos de los jueces no son malos. Lo que me parece que está pasando es que no se está queriendo asumir el sacrificio que implica el no saber bien cómo va a ser tu vida, tener que trasladarte con hijos de un lado para otro del país, el desarraigo permanente. Y pienso lo que era en mi época, que no había celulares ni computadoras, y quedabas desconectado del mundo. Por eso digo que ahora la gente pretende muchos menos sacrificios, tiene menos grado de compromiso con el servicio. Y lo nuestro es una vocación de servicio, si no lo tenés, es un sufrimiento permanente, porque no es una tarea muy gratificante. La gratificación viene si sentís la vocación de servicio, si sentís que le debés algo a la sociedad desde donde estás. Si no, obviamente no hay mucho estímulo para esto.
—Entre 2015 y 2019 cambia cada año un integrante de la Corte, o bien porque llega a los 70 años o porque cumple 10 años en el cargo. ¿Es contraproducente que haya tanta rotación?
—No, me parece que está bien que sea así. Es un buen sistema, y eso de que cambien tantos ministros es una coyuntura circunstancial. Escucho hablar de que los 70 años se están quedando cortos, pero a mí me parece muy interesante mantener esa edad. Porque lo normal, aunque hay excepciones, es que a los 70 años ciertas facultades empiecen a mermar. No me parecen bien esas Cortes vitalicias, donde las personas se van a los 90 años. Es bueno el recambio generacional, que vengan ideas nuevas. Además, el Derecho avanza y cambia mucho. Lo que yo estudié como teoría general del Derecho no tiene nada que ver con lo que hoy está en boga. Por eso está bien que vengan nuevas generaciones que estudiaron con esas nuevas ideas. Lo otro es estancarse.
—Es la única mujer en la Corte, y antes de usted hubo solo tres casos en la historia. ¿Es más difícil para las mujeres acceder a los cargos más altos?
—Mi experiencia en el Poder Judicial es que no ha habido ningún obstáculo para que las mujeres accedan a los grados superiores. No es la experiencia de la generación anterior a la mía, que se quejaban de que, por ejemplo, en la Corte preferían no nombrar mujeres en lo penal. Eso dejó pasar. También dejó de pasar que en la base de la estructura del Poder Judicial hubiera más hombres que mujeres: ahora es al revés. Los obstáculos para las mujeres no están ahí: están en cómo se les dificulta hacer toda la carrera, pasar por el interior. Ese es el problema más acuciante para las mujeres: los costos que tiene para ellas, que a veces dejan por el camino la familia. La realidad es que antes la mayoría de las mujeres acompañaban a los hombres jueces a donde fueran, y eso no tenía ninguna repercusión importante, no se rompían las familias. Pero la realidad cambió, y cuando son las mujeres las que tienen que ir al norte del país, es muy común el deterioro de la relación familiar, porque no muchos hombres se bancan estar solos acá mientras las mujeres están allá. Se rompen matrimonios, parejas, y terminan muchas mujeres solas después de haber atravesado esa experiencia.
—¿Cree que es deseable que haya un equilibrio de género en la Corte?
—Puede ser. Por ejemplo, esas consideraciones que mencioné quizás las tengan más incorporadas a su forma de pensar las mujeres. Porque somos las que padecemos ese compromiso ineludible con la familia y con los hijos. Quizás tengamos una contemplación distinta frente a situaciones familiares, y tengamos una decisión diferente a la de un hombre.
—¿Debería ser tenido en cuenta a la hora de elegir a los candidatos para ocupar las nuevas vacantes?
—No, para nada. Las cosas van a llegar naturalmente, hay un peso estadístico. Me parece que está bueno que la Corte esté equilibrada, que haya más mujeres de las que hay hoy, y además sería lo justo, porque es lo que corresponde a un sistema donde somos muchísimas más mujeres que hombres. Pero es un tema un poco irrelevante en el Poder Judicial hoy, porque se va a producir solo, por el peso de los hechos, o de la estadística.
—¿Qué opina de las críticas que desde el gobierno hacen a los jueces, sobre todo en temas de seguridad?
—En principio, me parece que los jueces estamos expuestos a la crítica en todas nuestras actitudes y decisiones, y que es sano que eso sea así, como debe ser en una democracia. De la misma manera que los legisladores y el Poder Ejecutivo están expuestos a la crítica, también lo está el Poder Judicial. A veces escuchás frases como que se está violando la independencia cuando critican los fallos, y me parece un franco disparate. Nuestras sentencias son absolutamente materia de crítica. Que digan que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra me parece una crítica totalmente liviana, porque no tiene demasiados fundamentos. Como dijo el presidente de la Corte, Ricardo Pérez Manrique, es políticamente útil tirar todo para este lado. Sabemos que es así, que es la forma de sacarse el problema de encima. Hay una tendencia natural de los seres humanos a echarle la culpa al otro. Pero el Poder Judicial no debe entrar en ese juego, debería limitarse a contestar aquello que realmente agrede a la institución, o a los jueces.