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    Faltó el ángel

    Pianista rusa en el Solís

    La sensación con la que dejo el Teatro Solís es rara. Es domingo 1º por la noche y acabo de escuchar un recital de la pianista rusa Lilya Zilberstein traída por el Centro Cultural de Música (CCM), con obras de Scriabin, Rachmaninov y Beethoven.

    Empezó con la Sonata Nº 3 Estados del alma, de Alexander Scriabin (1872-1915), en la que el autor transita por el sufrimiento, el placer, la pasión, la tristeza. Scriabin no es un compositor amable al oído o fácil de seguir, pero Zilberstein lo expuso con una transparencia envidiable entre las dos manos y culminó en un Presto con fuoco donde logró cantar en medio de un verdadero torbellino de notas.

    De Serguei Rachmaninov (1873-1943) hizo los poco transitados Momentos musicales opus 16, seis piezas breves de juventud donde está ya todo el talento del autor. Hay que ver cómo con una melodía recurrente de cuatro notas crea ese clima de solemne tristeza (Nº3), o cómo logra esa majestuosidad (Nº6) que va creciendo con un verdadero tsunami de notas. La pianista brilló en los acordes, en los subito piano y en un fraseo exquisito que delató lo mucho que se identifica con la música de este coterráneo.

    Después de esta primera parte de un romanticismo emotivo y denso que el público aclamó furiosamente, las Variaciones venni amore, de Beethoven, que abrieron la segunda parte, fueron un anticlímax. Salvo pocas y honrosas excepciones, la forma musical de tema con variaciones no es atractiva. Y estas, compuestas sobre un tema anodino de un compositor anodino (Vincenzo Righini), no fueron la excepción. El tratamiento inteligente y en algún momento inspirado de Beethoven no alcanza para rescatar al auditorio de la distracción y el tedio.

    Lo curioso fue lo que ocurrió con la última obra del programa, que era la Sonata opus 57 Appassionata, de Beethoven, esta sí una obra cumbre del repertorio pianístico. Con estas obras tan transitadas y en manos de una gran pianista como es sin duda Zilberstein, uno espera escuchar algo diferente, como ocurrió cuando el joven británico Benjamin Grosvenor —que también vino gracias al CCM— hizo una imborrable versión de la Sonata Claro de Luna en 2017 en el mismo teatro. Las comparaciones son odiosas pero valen. La Appassionata de la rusa, correctísima en todos los aspectos, careció del “ángel” que la había acompañado en Scriabin y Rachmaninov, y que esta vez faltó a la cita.