En una parada de ómnibus uno se encuentra en un tiempo muerto. Mira a aquellos congéneres que esperan, como uno, en la nada de la ciudad.
En una parada de ómnibus uno se encuentra en un tiempo muerto. Mira a aquellos congéneres que esperan, como uno, en la nada de la ciudad.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa de la plaza Cagancha está junto a un ex baño público, de aquellos coquetos que colocó Arana y que jamás logré usar en su momento porque se tragaban mi moneda sin dejarme pasar. Hoy son solo adornos urbanos donde la Intendencia coloca sus avisos luminosos. Al menos no huelen mal.
Observo el aviso en el ex baño: una foto en primer plano de brócoli. Los macrorracimitos no permiten reconocer de lleno la planta del brócoli, redonda como una gorda flor. En el medio, la foto ostenta la palabra “TARTA”. Abajo —diminutos— unos logos…, tal vez el de la IMM o del Mercado Agrícola.
Curiosamente, hoy comí tarta de brócoli cocinada por mis propias manos. Debo ser una rara avis en el mundo, que aún amasa. Soy un ser retro y decimonónico, que además lee libros y no tiene facebú.
Este lacónico cartel, esta publicidad minimalista, fue creada por un típico publicitario sofisticado, de buen vivir, que en su afán de huir del lugar común usa el dinero del Estado creando avisos que nadie entiende ni inciden en nadie. Me pregunto si habrá tenido el ok de un experto en marketing. ¡Seguro que tuvo el ok de un jerarca municipal! ¿Toda esta gente tan ufana con este triste cartel habrá hecho alguna vez en su vida una tarta de brócoli?
Mis alumnos no tienen idea de qué es un brócoli o un repollo. Cuando les he hablado de los Hermanos Grimm y les cuento que Rapunzel significa repollito, no saben qué es dicha verdura. No la han comido jamás.
Y he aquí que me encuentro ante este insípido cartel invitando a los uruguayos a que compren un brócoli en el mercado, lo hiervan con su inconfundible olor, lo cuelen, lo desmenucen, lo batan con huevos y queso y lo coloquen en una tartera forrada por masa (¿amasada o comprada con grasas trans? Eso no lo explica el cartel; no va a meterse en chiquitas.
Es una pieza de la larga cadena de campañas publicitarias municipales de estrepitoso fracaso. Recuerdo un comercial de TV que para lograr una Montevideo limpia, mostraba un señor sentado en un sillón al cual le caían bolsas de basura en la cabeza e incluso una rama.
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Otro día me hallo en una tumultuosa parada de la calle Mercedes. Aún tiene el cartel al costado, con el plástico sin la pedrada de los vándalos. Y otra vez un aviso en pro de la comida sana. Ahora, en lugar de puntitos verdes, hay unas ordenadas zanahorias enanas y, encima de ellas, la sutil palabra: “BUDÍN”.
En la tupida parada aguardan una veintena de uruguayos que, en inexorable porcentaje, padecen sobrepeso. Hay personas que comen mientras esperan. Sus dedos se introducen en bolsitas de colores: chizitos, galletitas, alfajores, doritos. Toda la gente le da la espalda al cartel.
La parada de bus tiene también un diminuto y angosto basurero —colapsado— que se derrama en racimos de envoltorios plateados y grasientos.
Allí asoma, vacía, una botella de refresco del Imperio.