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Se crio en Libertad, San José, en tiempos de dictadura, y subió por primera vez a un escenario en la Casa de la Cultura de esa ciudad. En los tempranos años 90 se formó como actor en la EMAD (Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático) y luego tuvo a Milton Schinca y Héctor Manuel Vidal como sus grandes maestros en la escena. Pero rápidamente decidió que su camino no estaba bajo los focos sino en la oficina del teatro, y desde hace 25 años se dedica a la producción y a la gestión, tareas que desempeñó en la Alianza Cultural Uruguay Estados Unidos, en la Comedia Nacional, en el Sodre y en la productora La Cuarta. En 2011 obtuvo por concurso la dirección de la Sala Verdi, cargo que revalidó en un segundo concurso. Desde 2015 es también el director del Centro Cultural Terminal Goes. Esas dos salas albergan, junto con otros nueve escenarios montevideanos, el Festival Montevideo de las Artes, cuya 11a edición —con unas 125 funciones gratuitas de una veintena de espectáculos— tiene lugar desde ayer miércoles hasta el domingo 28. Lo que sigue es una síntesis de la entrevista que Zidán mantuvo con Búsqueda.
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—Apenas asumí, en 2011, empezamos a traer espectáculos de Latinoamérica, Europa y Estados Unidos, en gran medida fruto de haberme integrado años antes a varias redes de festivales y productores teatrales latinoamericanos. En mi proyecto estaba la impronta internacional. Ya que la Verdi no puede competir en escala, por su aforo, con el resto de las salas de la ciudad, el plan era que la Verdi se diferenciara en la escena montevideana por la calidad de las propuestas y por traer cosas nuevas. Que fuera el primer anclaje de artistas que nunca habían llegado al país, que la sala fuera una plataforma de arribo de buenos espectáculos. Y creo que en todo este tiempo lo logramos. La cartelera internacional es uno de los principales ejes que se han mantenido en estos 12 años.
—Durante un buen tiempo se hicieron las muestras iberoamericanas de teatro y luego la edición local del festival Temporada Alta de Girona…
—Otro objetivo era sistematizar la programación. Establecer mojones, tener el cañamazo, ese concepto de la comedia del arte, de la programación. Desde el punto de vista operativo, para alguien que tiene que conducir una sala, es una gran ayuda. Te vas moviendo sobre esos ejes, los vas cargando de contenido. Lamentablemente las muestras iberoamericanas no se pudieron hacer más después de la pandemia. Se hicieron cinco ediciones pero la pandemia implicó recortes en muchos países y se complicaron los viajes. No podíamos seguir sosteniendo esas tres propuestas y nos concentramos en Temporada Alta y en La Escena Vocal, que este año llega a su décima edición. También hemos tenido propuestas internacionales por fuera de los festivales. Solo en 2023 vinieron compañías de Italia, Dinamarca, México y Argentina.
—La Escena Vocal no se hará más. Se termina con María Julia. Ese también es un concepto de programación. Los festivales también tienen autoría. De la misma manera en que como director de sala me he movido con autonomía artística, algo que siempre me han respetado en el Departamento de Cultura, María Julia siempre tuvo la responsabilidad y la autonomía total de la programación de La Escena Vocal. En lo artístico lo creó, lo pensó y lo condujo de principio a fin. La sala siempre dio soporte pero es un festival al que yo nunca le corrí una coma y respetamos a ultranza ese concepto. En el futuro puede ser que surja algo en esa línea artística, pero será otra cosa nueva.
—Pero el formato de La Escena Vocal ha demostrado ser exitoso y original en el medio local. ¿No puede continuar de alguna manera?
—Era un trabajo muy ligado al recorrido internacional de María Julia, que había trabajado en el Metropolitan Opera House de Nueva York durante casi una década y fue mánager de figuras líricas importantes. María Julia tenía una antena única en Uruguay. Acertaba siempre. Creo que, por su experiencia y contactos internacionales, la única persona que puede hacer un trabajo de curaduría parecido es Augusto Techera (gestor uruguayo que durante siete años ocupó la dirección artística del Teatro Colón y desde octubre de 2023 está a cargo de la programación del Teatro de la Maestranza, de Sevilla). Es el que visualizo como su continuador.
—Otro eje de la gestión de la sala ha sido la producción de espectáculos propios, a cargo de directores consagrados y también de emergentes. ¿Cómo concebís esta línea de trabajo?
—Sí, son ejercicios de coproducción en conjunto con los productores independientes. Es una línea que deriva de un diagnóstico que tengo a nivel personal sobre algo que sucede en el movimiento teatral: no hay relación entre la extensión del proceso de ensayos y la brevedad del período de funciones, algo que está entre lo más importante del proceso creativo. Cuando estrenan, los artistas se enfrentan al público, la otra gran pata de las artes presenciales. Al reducirse tan drásticamente las temporadas se limita mucho la posibilidad de que los espectáculos crezcan, se desarrollen y terminen siendo buenos. En Gatomaquia (obra producida por Zidán), Héctor Manuel Vidal estuvo como dos meses, después de estrenar, tratando de encontrar el mejor final posible. Y después la obra giró durante varios años por más de 10 países, fue vista por más de 50.000 espectadores, ganó muchos premios y quedó en la historia como una gran obra. Este eje es muy importante porque hay seis, siete u ocho creadores que siempre deberían estar en la cartelera montevideana. Nombres como Gabriel Calderón, Marianella Morena y Santiago Sanguinetti siempre están en la búsqueda de los teatreros. Es como cuando vas a Buenos Aires, siempre hay que ver qué están haciendo (Daniel) Veronese o (Mauricio) Kartún.
—¿Por qué se discontinuó el festival Cercanías, dedicado al teatro del interior?
—No me gusta hablar de “interior”, es un término muy montevideocéntrico. Siempre estamos en contacto con la creación de fuera de Montevideo y desarrollamos un fuerte vínculo con la Liga de Artes Escénicas del Litoral, un colectivo que por diferentes razones dejó de funcionar como lo venía haciendo. Entonces seguimos trabajando con algunos de esos creadores desde lo individual, como Leonardo Martínez, cuya obra Animales estrenamos en la Verdi y luego promovimos en Chile. También habíamos producido La defensa, de Imaginateatro de Paysandú. Después Leo dirigió Galgos, que también produjimos en la sala, del colectivo El Almacén. Además está el factor presupuestal porque, más allá de que nosotros tenemos certezas sobre el funcionamiento básico de la sala, para programar y producir se necesita una inversión que muchas veces no está a nuestro alcance. Entonces hemos ido optando y priorizando.
—Está comenzando una nueva edición del festival Montevideo de las Artes, del cual la sala fue pionera y hoy tiene lugar en varios espacios de toda la ciudad…
—Es muy bueno lo que ha sucedido. Está muy bueno que ese proyecto que nació en la Verdi haya trascendido a la sala y que hoy seamos un escenario más dentro de la propuesta. El festival se ha desplegado por todo Montevideo. Este año es la edición número 11 y tiene lugar en 11 salas. Se cumplió el objetivo de maximizar la muestra de un programa (Fortalecimiento de las Artes) que durante el año llega a todo el territorio.
—¿Este será tu último año en la Verdi?
—Según tengo entendido, en 2024 es mi último año en la sala porque según mi vínculo contractual ya llegué al tiempo que el concurso me dio. Y lo vivo así, como el último año. Por supuesto que en donde siga trabajando seguiré vinculado al teatro.
—¿Cómo evaluás la relación entre la conducción cultural nacional y la departamental en Montevideo?
—Y… No hay ningún ámbito de coordinación ni de diálogo ni de intercambio de experiencia ni de intercambio de dificultades. Tampoco hay demasiada coordinación en el ámbito departamental. Creo que falta una discusión a fondo sobre los teatros públicos en Uruguay. Es indiscutible que se han hecho inversiones importantes en infraestructura en todo el país pero no se ha profundizado sobre cuál deben ser los roles de los teatros públicos. Queda todo muy librado a la impronta personal de cada director. Entonces es muy difícil que pueda prosperar un espacio de intercambio de información. La coordinación que hay es por iniciativa de los directores pero no de las jerarquías políticas. Hay dificultades importantes en el sector del teatro independiente y las salas públicas han absorbido demasiado el mercado porque permiten arreglos más beneficiosos para los artistas. Se ha generado un zapping teatral que no es bueno, con temporadas cortas de un cúmulo de funciones en pocos días que ha dejado bastante a la intemperie a muchas salas del teatro independiente. Las salas públicas tienen una responsabilidad en todo el sistema.
—¿Te gustaría ocupar una función jerárquica de política cultural?
—Hace unos años quizá no tenía tanta experiencia pero sí tenía la energía para desempeñar una función de conducción. Sé que mi nombre ha estado entre las opciones. Hoy creo que puedo tener la experiencia pero no la energía.