Bernardo Prudencio Berro, el ex presidente uruguayo, era un acérrimo enemigo del legado mental francés en general y de la influencia, según él por demás nefasta, que ese legado tendría en nuestro país.
Bernardo Prudencio Berro, el ex presidente uruguayo, era un acérrimo enemigo del legado mental francés en general y de la influencia, según él por demás nefasta, que ese legado tendría en nuestro país.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáPara Berro, el pensamiento francés era un elemento tóxico y altamente inflamable, desconocedor del punto medio, amigo tenaz de circular por los extremos y adicto a traspasar los límites de lo posible. Contaban los galos con un arma letal a la hora de difundir sus ideas: la persuasión. “La persuasión es el fuerte de la elocuencia francesa”, aclara Berro, “pero la persuasión no ilustra, (sino que) hace creer y compele a obrar sin saber por qué”.
A estas características se le sumaban algunos defectos propios del espíritu galo: “Es un prurito irresistible el que tienen los franceses de querer que los otros piensen y obren como ellos. Cuando una cosa les gusta o les parece bien, han de reventar o la han de decir y hacer adoptar por los demás”.
Una de esas cosas que los franceses adoraban, y que consideraban que todo el mundo debía adoptar, eran el unitarismo y la centralización, “invenciones las más opuestas a la libertad y al progreso social que han podido concebirse”.
Llegados a este punto del planteo, doy por sentado que el lector se sentirá confundido, ¿pues no alimentaba la Francia de aquellas épocas la llama libertaria? ¿No era su revolución sinónimo de lo mejor?
Recordemos la idea de Herrera en La Revolución Francesa y Sudamérica. Al igual que Berro, Herrera contrastaba dos modelos. Uno era el anglosajón; el otro, el francés. La independencia norteamericana, hacía notar Herrera, era el resultado de siglos y siglos de desarrollo orgánico, coherente (y yo quisiera agregar: dialéctico).
La revolución francesa, por el contrario, había sido un golpe radical al orden existente, al orden crecido a lo largo de los tiempos, y la imposición, por la fuerza bruta, por la violencia, de un orden totalmente diferente basado en consignas de igualdad, fraternidad y libertad.
Luego, lo sabemos, siguieron años de horror, años durante los cuales la guillotina no tenía descanso laboral ni domingo ni feriado. No en vano, ese período se llama El terror. Y a tres lustros cortos de que la Monarquía perdiese su cabeza, Napoleón imponía, en un nuevo giro de 180 grados, el Imperio, antes que el país diese, una década más tarde, otro giro radical con la caída de Napoleón y el regreso de los Borbones. Como en una calesita, a los Borbones siguió una nueva República y a la nueva República un nuevo Imperio.
La historia moderna francesa está compuesta de vaivenes en donde las cabezas caen sangrientamente y vuelven a surgir, como si nada hubiese sucedido. Frente a ella, la historia anglosajona es un interminable sendero de reformas parciales, de ajustes, de avances y de mejoras que había comenzado con la firma de la Carta Magna en el lejanísimo 1215.
Pero el espíritu francés, señalaba Berro, desdeña el modelo anglosajón y ama el camino contrario: “Siendo dominado por la imaginación, ama lo extraordinario, lo que brilla y hace grande impresión y como es natural identificarnos con lo que amamos, busca la celebridad y la gloria en esas cualidades. Sobresalir y causar admiración es uno de sus más vehementes deseos. De aquí sus errores sobre la verdadera grandeza, es decir, la grandeza moral, útil, (de aquí) su afición al bullicio y a espaciosos teatros en que pueden dejarse ver; y por fin, su desapego a la felicidad doméstica, a la dicha vulgar y desconocida”.
Subrayé en este espacio hace un par de años que no en vano la palabra confort es de origen anglosajón mientras que el vocablo lujo es latino. La mediocre previsibilidad de un Washington y la paz de los espíritus anglosajones (Berro dixit), el aburrimiento colosal de la sociedad norteamericana que tanto disgustó al intelectual francés argentinizado Paul Groussac y la falta de genialidad individual que subrayó un afrancesado neto como Ruben Darío en su viaje por Estados Unidos, son todos ingredientes de la misma torta: el anglosajón (como el europeo del norte) persigue el tranquilo confort; el francés (como el europeo del sur) persigue el lujo. Uno es colectivo, “triste” y anónimo. El otro es individual y brillante.
Más que dos corrientes intelectuales, más que dos versiones de un mundo de ideas, estamos aquí frente a dos modelos sociales radicalmente diversos, frente a dos sociedades que en mucho eran y son antagónicas.
Por eso mismo, ante el avance del legado cultural galo en Uruguay, Berro escribió: “…pero no dudaré decir que estamos en la premiosa alternativa, o de negarnos del todo a ser discípulos de los franceses, o de plagarnos de cuanto malo hay en sus letras, en sus instituciones y en sus costumbres”.
Su punto de vista era inequívoco y vaticinaba lo por venir: beber exclusivamente de las fuentes francesas a la caída de España había dañado el presente y el futuro de las nuevas naciones americanas.