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    Haciendo todo mal

    Si antes se habían mostrado intransigentes a la hora de cobrar cada centavo de las abultadas compensaciones de guerra estipuladas en el Tratado de Paz, las potencias vencedoras no hicieron nada cuando Hitler, una vez en el poder, comenzó a romper sistemáticamente todo lo firmado por Alemania en Versalles. La intransigencia que habían mostrado anteriormente París y Londres se convirtió en una incomprensible aquiescencia frente a Berlín.

    De esa manera, las FFAA alemanas fueron notablemente reforzadas —desbordando el tope impuesto de cien mil soldados para llegar a tener más de doce millones—, se remilitarizó la región renana, se reinstauró el servicio militar, etcétera.

    Todo esto se dio en el marco de un notable crecimiento de la economía, lográndose el pleno empleo sin mayores efectos inflacionarios. En un par de años, Hitler dio vuelta por completo la situación social y económica del país. La década del 20 parecía una lejana pesadilla. Los alemanes vivían una euforia sin precedentes y el culto al Führer tomó proporciones grotescas: lo muestra, entre otras cosas, las miles y miles de cartas de amor que le enviaban las mujeres de todos los rincones del país.

    Pero las potencias europeas seguían negándose a ver lo que se estaba gestando. Inglaterra, incluso, firmó un pacto naval con Alemania en 1935, legitimando así el rearme ilegal que impulsaba Hitler (Francia, por su parte, firmó al mismo tiempo un pacto con Mussolini, aliado de Hitler...).

    París confiaba en su supuesta superioridad militar mientras que Londres veía el rearme alemán con buenos ojos, pues en la City gustaba la idea de que una Alemania fuerte limitase el poder de Francia y reestableciese el equilibrio de poder en la Europa continental.

    Resulta paradójico comprobar que la única potencia que se enfrentó al expansionismo alemán en ese período inicial fue la Italia de Mussolini, que avanzó militarmente hacia el norte y salvó la independencia de Austria en ocasión del intento de golpe nazi, en julio de 1934.

    El Duce estaba totalmente convencido de que “los germanos” terminarían ocupando Italia, como ya lo habían hecho en la Antigüedad: “solo quien no conoce a los alemanes”, escribió, “puede pensar que se detendrán en los Alpes”. El miedo italiano explica la cantidad de pactos anti-alemanes que bosquejó o firmó Mussolini con los países vecinos antes de 1936.

    Esta perspectiva explica que en 1932 —luego de años de apoyar a los grupos rivales de Hitler (los llamados cascos de acero)—, y al intuir que la victoria electoral del líder nazi era un hecho, Mussolini creó una internacional fascista pero antinazi y pro semita. La misma se llamó CAUR (Comitati d’Azione per la Universalità di Roma) y duró hasta 1936. El CAUR fracasó debido a que la mayoría de sus miembros querían asociar a la poderosa Alemania nazi.

    En 1936, Hitler y Mussolini (quien luego de la ocupación de Etiopía había cambiado su postura oficial frente al Führer) formaron el llamado Eje de Acero. Mussolini no imaginó nunca el calado de la guerra que desataría Alemania y que terminaría costándole la vida.

    Ese mismo año se celebraron las Olimpíadas en Berlín, que le dieron al Reich un prestigio y una legitimidad internacional. La creciente persecución a los judíos y el constante discurso de Hitler sobre la necesidad de conquistar “territorios vitales” para los alemanes no bastaron para despertar las alarmas en París y Londres.

    En setiembre de 1938, en Múnich, los líderes de esas potencias aceptaron, incluso, que Alemania ocupase regiones de Checoslovaquia. A su regreso a Londres, el primer ministro británico Neville Chamberlain sostuvo orgulloso (e inocentemente) haber garantizado la paz. “¡Peace in our time!”, expresó eufórico al aterrizar en Inglaterra, mostrándole al público presente el documento firmado por Hitler.

    En agosto, Hitler firmó un pacto de no agresión (y reparto territorial) con Stalin. Si antes Inglaterra y Francia habían aceptado que Alemania marchase en Checoeslovaquia, ahora la URSS aceptó que invadiese Polonia. Envalentonado por esta pasividad de las mayores potencias europeas, Hitler marchó en Polonia y desencadenó la segunda guerra mundial.

    El conflicto militar se puede dividir en dos grandes períodos: el avance imparable de los ejércitos del Reich hasta diciembre de 1942 (batalla de Stalingrado) y la titánica —e inexplicablemente larga— resistencia de las tropas alemanas en todos los frentes a partir de enero de 1943.

    Los ingleses y los estadounidenses, que durante años habían mirado el rearme alemán como si fuese una película de matiné, comenzaron a bombardear ferozmente las ciudades alemanas, convencidos de que el terror aéreo sobre la población civil obligaría al gobierno nazi a capitular. Los muertos fueron docenas de miles.

    Le estaban dando la razón a Hitler y a Goebbels, que sostenían que una derrota militar implicaba el fin del país y la caída del pueblo alemán en el abismo del horror.

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