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El Bajo. Es imposible ser más preciso con un nombre. La expresión que define a ese lugar de la Ciudad Vieja cerca del puerto reúne decenas de historias; historias reales y ficticias, llenas de marineros borrachos persiguiendo prostitutas y de prostitutas persiguiendo escritores que persiguen quién sabe qué.
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Lo marginal y su magnetismo decadente siempre fue un polo de atracción para los artistas. El reflejo de ese universo se extiende desde los héroes interplanetarios de David Bowie hasta los locos de Roberto Arlt, desde los negros de Basquiat hasta los solitarios personajes de Kim Ki-duk.
En El Bajo, cuentan, Onetti buscaba inspiración en Pensión Milán, ubicada en la calle Juan Carlos Gómez, entre Cerrito y Piedras. El lugar, además de alojar pensionistas, fue cabaret, refugio y, muy probablemente, todas esas cosas juntas. Ahora se convirtió en el taller y centro de exposición de varios artistas y forma parte de un proyecto de revitalización urbana que incluye diversas propuestas culturales.
Casa Wang es una de ellas. Está enfrente de la Pensión y es la guarida de los principales muralistas de Montevideo, que intervinieron las paredes del barrio con su arte callejero. Casona Mauá queda justo al lado. Ofrece gastronomía y música en vivo y es el centro de operaciones de El Bajo, donde se planifican y llevan a cabo casi todas las movidas. Proyecto Casamario está a la vuelta, por la calle Piedras. También: artistas y muestras. A unos pasos está FAC, un laboratorio de experimentación de cine y fotografía. El menú sigue y es variado.
En la mayoría de los casos, los viejos edificios fueron adquiridos por inversores privados y cedidos en régimen de comodato, para que los beneficiarios se instalen y hagan lo suyo. La iniciativa comenzó en 2014 y desde entonces no para de crecer. Los eventos, que suelen ser organizados en conjunto —las casas abren al mismo tiempo—, son gratis y convocan a cientos de personas.
Jandira Tavares y Araí Moleri se ensucian las manos en otro de los talleres. Son dos diseñadoras industriales que crean y venden objetos de diseño con elementos descartables y cemento. Ese material, explican, se adapta a todo. El objetivo es usar lo que otros desechan para convertirlo en algo valioso. Su local, en la calle Piedras entre Juan Carlos Gómez y Bartolomé Mitre, tiene un nombre elemental: Atómico.
En esas mismas calles, sobre una esquina, funciona Tienda Rara. Allí venden indumentaria y cosas extravagantes. Es dirigida por Multimostro Colectivo. Los días en los que hay eventos, Tienda Rara se llena de trans, de jóvenes con look andrógino, esa estética glam que encarnó Ziggy Stardust, el personaje alienígena interpretado por Bowie que vino a salvar a los excluidos con sus canciones. “You are not alone”, les decía el profeta invocado por el cantante inglés mientras extendía las manos hacia el público. Muchos de ellos escucharon esas palabras por primera vez. Ziggy, no cabe dudas, le salvó la vida a más de uno. Uno de los artistas de El Bajo confesó que, si no fuera por el arte, ya se habría matado hace rato. Y que muchos de sus amigos también. Los alienígenas son bienvenidos en El Bajo.
Gallo punk.
Marcos Medina está rodeado de boxeadores, gallos de riña, mujeres fatales con traseros gigantes y suicidas recargados. Son sus creaciones. En su mayoría, dibujos pintados con lapicera y lápices, herramientas de trabajo punzantes, ideales para su trazo colérico, punk. A pesar de la rabia, Marcos suele pintar con la inocencia de un niño, dejando espacios en blanco. “Feliz”, se lee en uno de sus dibujos. Como al resto de sus colegas de la Pensión Milán, le dieron un espacio para satisfacer sus necesidades creativas. No es poca cosa. Sin ese gesto, Marcos no tendría un lugar para hacer su trabajo, cuenta sentado en su taller, mientras toma mate y escucha a Tom Waits.
Paola Monzillo, arquitecta, es otra de las artistas jóvenes que tiene su taller en Pensión Milán. Una ciudadana de todas partes y de ninguna. Este es el territorio que habito llamó a una de las obras que, si bien no fue expuesta en El Bajo, sintetiza su forma de mirar el mundo, sin fronteras ni límites. La frase, con cada una de las letras en minúscula, está tejida en una almohada blanca. Desde allí los hilos negros van hacia una pared y forman el contorno del mundo.
Cuadros con retazos de mapas con recorridos de subtes, rutas y calles que unen ciudades imposibles: Boston con Tijuana, La Plata con Moscú y viceversa, son las obras de Paola que sí se pueden ver en la Pensión. Dan ganas de tomarse un bondi y caer en la Quinta Avenida, tomar un tren en el subte, hacer transbordo y bajarse en una playa de Shangrila; o pasarse de parada y terminar en Berlín.
En una de las paredes del pasillo cuelga un retrato de Micky Mouse en su versión sudaca, con algunas modificaciones: el rostro formado por líneas rectas, una cara rectangular y una sonrisa puntiaguda, tercermundista. Sus colores son negro, rojo, gris y blanco. Arriba está escrito “Nirvana”, con una última “a” sin terminar. El ratón parece a gusto, como si el viejo personaje de Disney se hubiera acostumbrado a estas latitudes. La obra pertenece a Gustavo Tabares, quien también expone en la Pensión.
En otra de las habitaciones el expositor es Juan Manuel Ruétalo. La última obra que mostró consiste en una instalación en la que se puede jugar al Mario Bros, un colega animado del viejo Mickey. El artista hace inventos útiles, como una máquina para evitar ver la televisión, cuyo funcionamiento se puede ver en Internet.
Chusmerío glam.
Es verano. Viernes o sábado a la noche. Hay fiesta en El Bajo. Las casas están abiertas. Decenas de jóvenes y algún veterano ondero tiran unos pasos de funk al aire libre en la intersección de Juan Carlos Gómez y Piedras. Unos saxofonistas improvisan mientras la gente sacude el cuerpo.
El público que asiste a El Bajo es variado. En su mayoría son jóvenes. Hay muchos lentes de marco grueso, pantalones ajustados, bigotes, barbas espesas e indumentaria vintage. Lo que se conoce como hipsters, una subcultura que reúne de todo un poco, que abunda en los barrios de ciudades cosmopolitas, como Nueva York y Berlín.
En una tarde cualquiera, unos gurises del barrio juegan al fútbol en el medio de la calle; una señora con un camisón floreado abre una ventana para chusmear; una pareja discute en una pensión hacinada; un moreno sentado en la vereda le mete la pesada a un vecino que lo acusó de mugriento; unos asiáticos recién llegados descubren la zona por primera vez y un cuidacoches, que la conoce de sobra, corretea los autos en procura de unas monedas.
Los elementos que conviven en esta parte de la ciudad forman una amalgama de costumbres, influencias y realidades. You are not alone. Feliz. Nirvana. Este es el territorio que habito. Las posibilidades son infinitas. Una de las artistas que se paseaba por ahí sabía esto muy bien. En el dorso de su camisa tenía escrita una frase de Bowie —sí, otra vez— que expresa el deseo de quienes buscan transformar y transformarse, salvarse para siempre o solo por un día, en El Bajo o en cualquier otro lugar del planeta, da igual. We can be heros.