Jorge Luis Borges —según él mismo, más agradecido lector que ninguna otra cosa en el mundo— se encargó, a partir del 12 de agosto de 1933 y en compañía de Ulyses Petit de Murat, de la Revista Multicolor, un suplemento que salía los sábados con el diario Crítica. Allí, con ilustraciones a todo color, Borges y Murat, desde un cuarto en la azotea de la Avenida de Mayo 1333, elegían y traducían semana a semana los mejores relatos, como lo recuerda Álvaro Abós en el prólogo de Cuentos para leer los sábados (Alfaguara, 2015, 331 páginas). Se podría decir que muchas de estas piezas ya integraron múltiples compilaciones a lo largo de la historia de la literatura, y es cierto, pero más allá de la frecuencia con que los escritores clásicos aparecen en las librerías, no es común que tengan el paladar negro de un editor como referencia. Es así que Borges y Murat eligen a G.K. Chesterton (El muerto de la casa del pavo real), a O. Henry (La pieza amueblada), a H.G. Wells (El cono), a Marcel Schwob (La muerta que escuchó la queja de la hermana enamorada), a Jack London (Caras peladas), a J.C. Onetti (La total liberación), a E. Hemingway (En otro país) y a Chéjov (Un lindo sermón), entre otros, para deleitar al lector sabatino que no estaba tan interesado en consumir las noticias políticas, deportivas o policiales.
