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Las muestras de la pasión de Mick Jagger, Keith Richards y compañía por el blues y el R&B son abrumadoras. Una de las más recientes es el vigoroso relato de Richards en su notable documental Under The Influence. Basta apreciar la mueca que se dibuja en su rostro cuando evoca aquellos años de juventud en los que habían sucumbido a los encantos de la música negra que venía de Norteamérica, para comprender que ese ritmo frenético y ancestral corre por sus venas desde el día en que conoció la escala pentatónica. Otra prueba del gusto y el culto por el blues que profesan estos entrañables septuagenarios fue el generoso segmento de raíces bluseras que tuvimos la fortuna de presenciar en febrero, en el Centenario, con Sus Majestades Satánicas a pocos metros de su audiencia, arremetiendo con una apabullante versión extendida de Midnight Rambler que sacudió los cimientos del Monumento al Fútbol Mundial. Diez meses después, unos cuantos aún siguen moviendo la patita.
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Se la tenían guardada los veteranos: once años después del insulso e intrascendente A Bigger Bang —lo único recordable es su obvia portada—, volvieron a editar un álbum de estudio: Blue & Lonesome (Universal, 2016) es bastante más que un simple disco de versiones. Es una inesperada muestra de honestidad e integridad artística, que desborda solidez y entrega, y es por lejos el mejor trabajo de estudio de los Stones desde Steel Wheels, allá por 1989. Voodoo Lounge y Bridges To Babylon tienen sus cositas, pero son demasiado desparejos como para estar a la altura conceptual de este trabajo.
Durante los altos en esta gira los muchachos fueron grabando esta docena de gemas de los años 50 —principalmente del movimiento de blues eléctrico que tuvo como epicentro a Chicago— de próceres como Howling Wolf (Just Like I Treat You), Bo Diddley (Hate To See You Go), Little Walter (Just Your Fool, I Gotta Go y la pieza que da nombre al disco), y Willie Dixon (I Can’t Quit You Baby, temón en el que participa como invitado Eric Clapton, quien coincidió por casualidad en el estudio). Las tomas fueron con toda la banda junta en la misma sala (en vivo en estudio), y a ello debemos la garra de Jagger en ese canto visceral que exige esta música, y también en sus abundantes intervenciones con la armónica. Con él al frente, la banda parece estar celebrando un ritual muy especial, algo así como para un devoto la música de una ceremonia religiosa. Richards y Wood, como siempre, alternando bases y punteos, encendidos, sacándose chispas.
Cuando anunciaron el disco, en octubre, Charlie Watts confesó que este era su gran sueño postergado durante décadas. “Es lo que mejor hacemos, lo que hacíamos cuando recién formamos la banda”. Todo dicho.