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    Hombre de las mil caras

    Aniversarios: Alec Guinness (1914-2000)

    Junto a otros grandes del teatro británico como Laurence Olivier, John Gielgud, Ralph Richardson y Michael Redgrave, todos honrados en vida con el título de Caballero (Sir), al notable Alec Guinness también le cupo ese honor, pero lo bueno de todos ellos es que accedieron a una carrera cinematográfica que fijó gloriosamente sus imágenes y les otorgó un prestigio internacional que de otra manera no hubiesen tenido. En el caso de Guinness, una larga actividad en Inglaterra y Hollywood le llevó incluso a ganar un Oscar de la Academia en 1957 por su recordado retrato del coronel Nicholson en El puente sobre el río Kwai, obra maestra de David Lean en la cual aparecía con su verdadero rostro, ya que en títulos anteriores se había revelado como un maestro del disfraz y un intérprete muy versátil.

    Tímido y de carácter humilde, Guinness había nacido en Londres el 2 de abril de 1914 y prácticamente no conoció a su padre, un banquero que se separó de su madre poco después de su nacimiento. Desde sus épocas escolares había dado muestras de versatilidad, pero debió trabajar en una agencia de publicidad antes de matricularse en la escuela de arte dramático de Fay Compton. Debutó en un breve papel en 1934 y bajo la protección de John Gielgud ingresó al Old Vic en 1936, donde interpretó a Shakespeare, Shaw y Chéjov. Su carrera se interrumpió en 1941 cuando se alistó en la Marina Británica, siendo licenciado al final de la guerra. En 1946, David Lean le ofreció el papel de Herbert Pocket en Grandes ilusiones, sobre la novela de Charles Dickens, que marcó su debut en el cine. Su segunda colaboración con Lean fue empero fundamental, porque interpretó al temible judío Fagin en Oliver Twist (1948), casi irreconocible detrás de una enorme nariz y largas barbas.

    Hombre multifacético

    Su verdadera consagración vino a través de Los ocho sentenciados (Kind Hearts and Coronets, Robert Hamer, 1949), una comedia negra donde Dennis Price debía despachar a los ocho familiares que le precedían en la obtención de un título nobiliario y Guinness hacía los ocho papeles con irresistible comicidad. A partir de allí se convirtió en uno de los principales comediantes del cine británico, distinguido por su facilidad en cambiar de cara, de voz, de acento y de personalidad para cada papel, con incursiones memorables en Su primer millón (The Lavender Hill Mob, Charles Crichton, 1951, por la que recibió su primera nominación al Oscar), El hombre del traje blanco (Alexander Mackendrick, 1951), Tres mujeres en su vida (The Card, Ronald Neame, 1952), Las llaves del paraíso (The Captain’s Paradise, Anthony Kimmins, 1953), Padre Brown, detective (Robert Hamer, 1954) y Quinteto de la muerte (The Ladykillers, Alexander Mackendrick, 1955), todas las cuales se estrenaron en Uruguay con buen éxito y cimentaron su popularidad.

    Los papeles dramáticos eran menos frecuentes, pero La hazaña de Malta (Malta Story, Brian Desmond Hurst, 1953) y El prisionero (Peter Glenville, 1955) lo mostraron con su verdadero rostro y con una máscara de seriedad que no era para tomarse en broma. El primero era un sobrio drama de guerra y el segundo retrataba el caso verídico del prelado húngaro Josef Mindszenty, detenido por el gobierno comunista de entonces y forzado a confesar el delito de traición al Estado por medio de un proceso de feroz ablandamiento psicológico. El film (y la obra teatral original) no especificaba nombres y lugares, pero el caso había sido muy difundido por la prensa de la época en plena guerra fría. Era uno de los papeles favoritos del actor, que era católico practicante.

    Carrera internacional

    A esa altura, era lógico que Hollywood lo reclamara, y en 1956 apareció junto a Grace Kelly en una lujosa producción de MGM llamada El cisne (dirección Charles Vidor, sobre Ferenc Molnar), que fue aprovechada para promocionarse como “La historia de amor de una princesa”, dado el matrimonio de la actriz con Rainiero de Mónaco. Pero la hora más gloriosa de Guinness vino cuando su amigo David Lean lo llamó para El puente sobre el río Kwai (1957) donde trabajaba también su colega Jack Hawkins (La hazaña de malta, El prisionero), aunque el papel supuestamente principal le fuera otorgado a William Holden, cambiando la nacionalidad del oficial británico de la novela original de Pierre Boulle cuando Cary Grant rechazó el papel. De la misma manera, el productor Sam Spiegel había apalabrado a Charles Laughton para Nicholson, pero el obeso actor consideró que las altas temperaturas de Ceylán afectarían su salud. La película ganó siete Oscars, incluido uno para su libreto, pero los guionistas Carl Foreman y Michael Wilson estaban en la lista negra del maccarthysmo y sus nombres no podían aparecer en los créditos. El novelista Pierre Boulle, que no hablaba inglés, fue el único acreditado. En 1984, los nombres de Wilson y Foreman fueron agregados a los créditos del film, pero ambos habían ya fallecido.

    En el momento culminante de su carrera y a los 43 años, Alec Guinness no se dejó seducir por la gloria. Siguió trabajando en los proyectos que le interesaban, no abandonó sus apariciones teatrales y hasta escribió algún libreto como el de Un genio anda suelto (The Horse’s Mouth, Ronald Neame, 1958), sobre novela de Joyce Cary acerca de un pintor excéntrico. Luego de Nuestro hombre en La Habana (Carol Reed, 1959, sobre novela de Graham Greene) fue abandonando poco a poco los protagónicos para reservarse partes breves pero sabrosas como del jeque Faisal en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962), el emperador Marco Aurelio en La caída del imperio romano (Anthony Mann, 1964), el rey Carlos I en Cromwell, hombre de hierro (Ken Hughes, 1970) y el papa Inocencio III en Hermano sol, hermana luna (Franco Zeffirelli, 1973).

    También integró extensos repartos como en Doctor Zhivago (David Lean, 1965, sobre Boris Pasternak), ¿Quién es Quiller? (The Quiller Memorandum, Michael Anderson, 1966, con libreto de Harold Pinter), Hotel Paradiso (Peter Glenville, 1966, sobre Georges Feydeau), Los farsantes (The Comedians, Peter Glenville, 1967, sobre Graham Greene), Crimen por muerte (Robert Moore, 1976, sobre Neil Simon) y la última película de David Lean Pasaje a la India (1984). Hizo un insólito papel titular en Los últimos 10 días de Hitler (Ennio de Concini, 1973) y será seguramente recordado por las nuevas generaciones (ya no tan nuevas) por su intervención como el maestro jedi Obi-Wan Kenobi en La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977).

    Un humilde actor

    En 1980 recibió un Oscar honorario de la Academia de Hollywood por el conjunto de su obra cinematográfica, donde aparte del premio por El puente sobre el río Kwai había estado nominado por Su primer millón (1951), Un genio anda suelto (1958, como libretista), La guerra de las galaxias (1977) y Little Dorrit (1988). Con todo a su favor para convertirse en una superestrella, Sir Alec (como era llamado en su vida privada) prefirió la humilde condición de actor. Fue enormemente popular en la década de los 50 pero no cedió ante los fulgores de una carrera que parecía totalmente opuesta a su carácter tímido, enemigo de las apariciones en público y de la invasión a su vida privada. “Uno solo puede ser su propia personalidad y me siento muy feliz solo con ser un actor. Si anduviera revoloteando por ahí, no sabría cómo comportarme. Si tratara de ser una superestrella se reirían de mí”.

    Católico práctico, siguió siempre casado con su primera esposa (Merula Salaman, desde 1938 hasta su muerte el 5 de agosto de 2000), con quien tuvo un único hijo, Matthew. Se mantuvo lejos del mundanal ruido, trabajando en teatro y en la TV británica, apareciendo ocasionalmente en alguna película (como en Kafka, de Steven Soderbergh, 1991) y muy poco más. Se enojaba cuando alguien lo identificaba como hombre de las mil caras o cuando se mencionaba La guerra de las galaxias en su presencia. Seguramente prefería recordar aquellas buenas épocas del cine inglés donde él fue una de las figuras fundamentales e inolvidables. Buena parte de sus admiradores estarían de acuerdo con él.