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    Horror para todo público

    Columnista de Búsqueda

    Se habla mucho, y con razón, del carácter “nostalgioso” de la serie Stranger Things (Netflix). Es común que se señale que ese elemento de nostalgia esté representado tanto por la ambientación en los años 80 como por su cuidada reconstrucción del “espíritu de época” de entonces. Sin embargo, si la serie no funcionara como el mecanismo bien aceitado que es, capaz de enganchar al espectador con sus desvíos, subtramas y sucesivos cliffhangers al final de cada capítulo, nada de eso importaría y sería simplemente un bodrio.

    La cuarta temporada de Stranger Things, en cambio, es tan buena como la serie lo fue en su arranque y encuentra a los personajes en una suerte de reseteo, algo que ya le había funcionado bien a sus creadores, los Duffer Brothers. Por cierto, el elemento nostalgia difícilmente pueda deberse a un asunto personal de los hermanos, ya que nacieron en 1984 (son mellizos idénticos) y directamente no vivieron el momento que narran. Es decir, en todo caso su nostalgia será prestada o, como ocurría por ejemplo en la película Donnie Darko, una reconstrucción intencional en clave presente de las viejas modas cinematográficas del período en que transcurre la acción.

    Así las cosas, por un lado, están los que se quedaron en la siempre peligrosa Hawkins, Indiana: el gracioso y genial Dustin, Steve, el superhéroe sin capa, el por momentos confundido Lucas, Nancy y su eterno afán investigador, la inteligente y pesada Erica, hermana menor de Lucas, la parlanchina Robin y la pelirroja Max, quien cobra especial importancia en esta temporada. A esa barra se suma Eddie Munson, líder del grupo de amigos freaks que se dedican a los juegos de rol.

    Lejos de Indiana, en California, están Joyce, Will, Jonathan y Eleven, quien desde hace rato es el centro de la historia y que para esta temporada ha perdido los superpoderes que antes tuvo. Y que puede volver a tener, todo sea dicho. En rubro aparte y con un renacer bastante más complicado que el resto, está el hasta hace poco jefe de Policía de Hawkins, Hopper, ahora prisionero de los soviéticos en el helado gulag siberiano de Kamchatka.

    Como todo el mundo sabe a esta altura, aun sin haber mirado una sola temporada de la serie, los homenajes cinéfilos están a la orden del día. John Carpenter, Steven Spielberg, Wes Craven, Rob Reiner y Ridley Scott son solo algunas de las referencias directas del programa, que en esta temporada recupera y reensambla elementos de películas como Pesadilla en lo profundo de la noche, Alien, Cuenta conmigo, Halloween, Los Goonies. Lo interesante, sin embargo, es que lejos de quedarse en la cita y el homenaje como fin, Stranger Things utiliza todos estos elementos como medio natural para contar su historia de horror juvenil. Que, en el caso de esta cuarta temporada, son varias que corren en paralelo y que a veces se agotan sin siquiera llegar a tocarse.

    Si algo se le puede reprochar a los hermanos Duffer es su exceso de personajes y lo difícil (¿imposible?) que resulta dotarlos a todos de una buena y constante historia que los sostenga. Así, algunos pierden perfil de manera poco explicada o la serie directamente parece olvidarse de ellos hasta que los recupera con un golpe de guion que no siempre resulta indispensable. Claro, parte de esta sensación se debe a que los personajes del programa son siempre queribles y uno no quiere perderlos. Pero si algo ha marcado a esta serie es que, al mismo tiempo que mima a sus personajes, no se toca el corazón a la hora de diluirlos o directamente sacarlos a través de una muerte, por lo general, horrenda.

    Se suele hablar de la cuidada reconstrucción de los 80. Como se dijo antes, no es solo exterior: los roles sociales, los prejuicios, las “inocencias” son también realistas, y salvo un par de concesiones recientes a la corrección política (a estas alturas inevitables, tratándose de una serie de Netflix), el programa es fiel en su retrato de época. Claro, al mismo tiempo que reconstruye esos valores, los refleja apelando a los estereotipos comunes en el cine de entonces, especialmente a los del cine juvenil y de terror. Y es interesante que donde otros apelan a la distancia irónica, que por momentos se burla de su propio material, Stranger Things se toma muy en serio sus referencias y las trata con absoluto respeto. Si aparece humor en el programa, suele ser la misma clase de humor negro que impregnaba las películas de John Carpenter o de Wes Craven.

    A diferencia de lo que ocurre con muchas series corales, en donde las actuaciones no siempre son del mismo nivel, aquí el rendimiento actoral es alto y parejo y denota una cuidada dirección de actores, además de un estupendo casting. No solo es excelente el elenco juvenil que repite de las temporadas previas, sino que los secundarios de antes que toman la posta hoy brillan con luz propia.

    Siempre sólida es Millie Bobby Brown en su Eleven, recio y confiable, el Hopper de David Harbour, Gaten Matarazzo es excelente como siempre en su Dustin. A ellos se suman ahora Jamie Campbell Bower, destacado en su doble rol de villano y cuidador, y Joseph Quinn como Eddie Munson. Amplían sus roles y salen victoriosos en el proceso Sadie Sink con su atormentada Max y, muy especialmente, Brett Gelman como Murray Bauman, quien aporta un muy bienvenido y constante toque de humor. El resto, firme como siempre. Como única queja contante y sonante se podría señalar la virtual desaparición de Will/Noah Schnapp, Mike/Finn Wolfhard y Jonathan/Charlie Heaton, que son mandados a recorrer medio EE.UU. en una combi sin que eso importe demasiado en la historia. Habrá que ver cómo evolucionan sus personajes en la siguiente temporada.

    Porque es un hecho que habrá una nueva temporada o eso parece indicar el cierre, aunque con Stranger Things nada puede darse por hecho. Y ese es precisamente uno de sus méritos: ser capaz de usar una montaña de recursos conocidos y al mismo tiempo crear una historia que siempre sorprende en sus giros. Una historia que resulta atractiva no solo para los veteranos que crecieron con esas influencias y recursos, formadores de su gusto mediático, también para los más jóvenes que no tienen la menor idea de quién es Freddy Krueger. Por cierto, muy lindo gesto el de invitar al actor Robert Englund, el pesadillesco asesino de la película de Wes Craven, para interpretar a Victor Creel, el aparente disparador de todos los males de esta temporada.

    Stranger Things sigue siendo una suerte de pequeño milagro televisivo capaz de reconstruir desde adentro la sensibilidad de una época, no solo su aspecto exterior. Y que logra, en su inmensa licuadora de géneros y referencias, un resultado atractivo y virtuoso. Como en la citada Donnie Darko, consigue que lo que debería ser una serie adolescente ochentera destinada a cincuentones que añoran sus años mozos sea una serie rica y actual. Y eso es así porque actual es su forma de plantarse en el cruce de géneros que propone. En resumen, una muy recomendable serie de horror adolescente para gente de 10 a 99 años.

    Vida Cultural
    2022-08-03T18:27:00

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