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    IMM realiza talleres para hombres que quieren dejar la violencia; aunque solo 16% termina el programa, a muchos les “cambia” la vida

    “Todos los hombres ejercemos violencia. No nos salvamos ninguno”. Así opina el psicólogo Darío Ibarra, director del Centro de Estudios sobre Masculinidades y Género, la ONG encargada de llevar adelante un programa de la Intendencia de Montevideo (IMM) que busca “erradicar” los comportamientos agresivos de los varones.

    Para abordar el problema de la violencia en los hombres, el centro implementa un modelo mexicano llamado Cecevim, que se basa en brindar 24 talleres de dos horas de duración a grupos de unas 20 personas. El objetivo que busca, según explica la ONG en su página web, es el de “erradicar y disminuir la violencia que ejercen los hombres hacia sus (ex) parejas y familias”.

    Para alcanzar ese cometido se plantean metas como, por ejemplo, “identificar y modificar las creencias de superioridad” que los hombres tienen respecto a sus parejas e hijos, o “definir los diferentes tipos de violencia e identificar los beneficios de detener” esas acciones.

    Ibarra, que ha dirigido el programa desde que se inició en 2012, explicó a Búsqueda que la violencia que ejerce el hombre hacia la mujer “no siempre” es física, sino que hay otros niveles de agresión. Existe, por ejemplo, la violencia sexual, que no solo se trata de “violar”, sino de “forzar a tu pareja” para tener relaciones. “Con un ‘no’ tiene que alcanzar, pero nosotros tendemos a insistir”, describió el profesional. La violencia económica, verbal y emocional completan la lista de las actitudes que buscan ser combatidas en los talleres.

    “La violencia está absolutamente incorporada y naturalizada”, lamentó Ibarra.

    El foco central del programa, sin embargo, está puesto en la violencia física, que no solo implica golpear a una mujer, sino también estrellar un objeto —un plato, por ejemplo— contra la pared o hacer acciones similares. Eso, que se conoce como “violencia alrededor”, es “una forma de intimidar, de dominar, de generar miedo en la otra persona y decir: ‘acá el macho soy yo, el que manda soy yo’”, explicó Ibarra.

    La mayoría de los hombres que asisten al programa lo hacen por recomendación del Poder Judicial, tras haber tenido una denuncia de su pareja debido a un episodio de violencia.

    Ese es el caso de William, que acudió por primera vez luego de que un juez dispuso medidas cautelares de alejamiento porque “rompió” objetos del interior de la casa donde vivía con su pareja. A ella no le pegó, pero le dio “algún empujón”. William ya acudió a 16 talleres y, según dijo a Búsqueda, su vida “cambió completamente”.

    En el taller, que se realiza todos los lunes en una policlínica ubicada en Barrio Sur, leen pautas que lo ayudan a generar conciencia sobre sus actitudes violentas. “Uno no se conoce tanto como piensa que se conoce”, comentó. También está “aprendiendo” a dialogar: cuando un participante del taller habla, los otros escuchan sin interrumpir. A su vez, está incorporando herramientas, como la de “observar” sus cinco sentidos, que le sirven para estar “prevenido” ante las “manifestaciones” de la agresividad y poder “pararse desde otro lado”.

    William volvió con su pareja una vez que terminaron las medidas cautelares, pero ahora “comparte desde otro ángulo”. Ibarra dijo que, cuando el programa tiene éxito, “te sacás los lentes del patriarcado,

    Deserción. 

    En 2012 fueron 66 las personas que participaron en el programa. En 2013 lo hicieron 56 personas y en 2014 fueron 80. Al año siguiente, el número disminuyó a 59, mientras que en 2016 (con datos hasta noviembre) se alcanzó el mayor registro de asistencias, con 90 participantes. Del total de 351 individuos que acudieron en todos esos años, solo 59 (16,8%) terminaron los 24 talleres.

    Ibarra afirmó que los datos cualitativos por sí solos no sirven para “evaluar” los resultados del programa. A veces sucede que, pese a que no terminan los talleres, los individuos generan “grandes cambios”, en ocasiones “mayores” a los que sí culminan, señaló. Lo que “importa es el proceso personal” que cada uno hace. “Hay gente que va a cinco y les cambia la vida, mientras que hay otros que al día siguiente de culminar le pegan a la pareja”, dijo Ibarra.

    El nivel de deserción es “muy alto”, reconoció la directora de la División para la Igualdad de Género de la IMM, Patricia González, aunque dijo que está en sintonía con las cifras que hay en otras partes del mundo.

    “Tampoco es fácil cambiar y vincularse de una manera diferente a la que fuiste formado y educado durante toda la vida”, dijo a Búsqueda. Por ese motivo, como se trata de un tema complejo y lograr cambios no es una tarea sencilla, la IMM se propone realizar una extensión al programa para poder seguir trabajando con los hombres que terminan los talleres. Actualmente lo que hacen es prolongar el contacto con personas de su entorno para estar en contacto con la evolución, pero no con los hombres en cuestión.

    Consultada acerca de la pertinencia de que la comuna se encargue de ofrecer este tipo de servicio, González dijo que a la Intendencia “no le importa solamente el tránsito y las multas, sino lo social, las personas que viven dentro de la ciudad”. “Históricamente la Intendencia de Montevideo tuvo programas sociales”, añadió. La jerarca informó que la administración continuará con el programa en 2017.

    Fanny Samuniski, integrante de la cooperativa de mujeres feministas Mujer Ahora, ve el programa con buenos ojos. “Es un proyecto muy adecuado porque el gran problema de la violencia de género son los hombres que la ejercen. En nuestro caso hacemos atención paliativa a las mujeres que son víctimas, pero si se puede trabajar desde el lado del hombre que la ejerce, es una buena idea”, dijo a Búsqueda.

    Sin embargo, pese a estar a favor, matizó el alcance del programa. “Si lo que se busca es erradicar la violencia de género, hay que ir más atrás y abarcar mucho más. Esto es parte de la solución, da una respuesta a un problema, pero no representa grandes cambios en términos generales”, dijo.Para abordar el problema de fondo “se precisa un cambio cultural que empiece desde ya y que sea desde la escuela, un juicio social y colectivo que rechace estos comportamientos”, sostuvo.

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