Para los jóvenes del interior del país que quieren comenzar una carrera universitaria en Montevideo las residencias estudiantiles son una de las opciones más comunes. Y cuando esos jóvenes tienen pocos recursos, es casi la única manera de que puedan venir a la capital y acceder a la educación terciaria.
Sin embargo, pese a que esos establecimientos existen hace décadas, la Intendencia de Montevideo (IMM) “no cuenta con normativa departamental” para poder fiscalizarlos, lo que significa que no puede exigirles a sus propietarios condiciones específicas para ese tipo de residencias, dijo a Búsqueda el prosecretario de la comuna, Christian Di Candia.
“Se puede decir que estos establecimientos, si bien son asimilables a algunos de los que se ubican bajo el ámbito del servicio, son una figura nueva, con sus particularidades específicas”, explicó.
Para llenar el vacío normativo la comuna está trabajando en un nuevo decreto que planean enviar a la Junta Departamental el año que viene. El texto incorporará exigencias específicas para las residencias estudiantiles, como, por ejemplo, la cantidad de camas que tiene que haber por habitación, la cantidad de baños y cocinas y la existencia de salas de estudio.
Mientras tanto, para realizar inspecciones en esos lugares hoy la IMM aplica el reglamento que rige para el sector hoteles, pensiones y afines.
Si bien el tema está en la mesa desde 2009, cuando la comuna creó un grupo de trabajo para tratar la ausencia de marco normativo, fue recién a mediados de 2014 que Inspección General inició las recorridas por las residencias estudiantiles para constatar, entre otras cosas, que los edificios se encontraran en buenas condiciones.
De acuerdo a un informe de la IMM, los problemas más habituales que encontraron en esos establecimientos fueron la falta de habilitación de bomberos, la mala limpieza de los tanques de agua y la necesidad de reparar “deficiencias” edilicias.
Por otra parte, el informe indica que en la mayoría de los casos la higiene de los establecimientos es “aceptable”.
Según los números que maneja la comuna, en la actualidad hay 64 residencias estudiantiles en Montevideo. Ese número, sin embargo, no refleja la cantidad real de esos establecimientos, ya que la tarea de identificar esos lugares para exigirles que se ajusten a la normativa es reciente, por lo que el relevamiento puede quedarse corto.
En esta primera etapa de control la comuna se limitará a hacer las indicaciones para que se ajusten a la normativa. La fiscalización y aplicación de multas en caso de incumplimiento se hará en una etapa posterior, dijo a Búsqueda una funcionaria de Inspección General.
Gustavo, que abrió una residencia para estudiantes hace aproximadamente un año, nunca recibió ningún tipo de inspección, aunque dice que está tramitando el permiso de bomberos y que tiene el lugar en condiciones adecuadas.
A la oficina de Bienestar Universitario, una dependencia de la Universidad de la República que se encarga de brindar ayuda y asesoramiento a estudiantes del interior del país que vienen a estudiar a Montevideo, llegan a veces consultas de estudiantes que tuvieron una mala experiencia en las residencias.
Manchas de humedad en las paredes, impedimentos para ver televisión a una hora razonable, precios de alquileres que suben sin previo acuerdo, condiciones higiénicas inadecuadas y problemas edilicios fueron algunos de los problemas que plantearon los estudiantes a esa unidad.
Gabriela Pacci, la directora de Programas y Proyectos Sociales, la unidad de Bienestar Universitario que se encarga del tema, dijo a Búsqueda que es por esos motivos que es necesaria la existencia de normas específica que establezcan requisitos. La dependencia, de hecho, está en contacto con las autoridades de la comuna para colaborar en la elaboración de la nueva reglamentación. La idea es asegurar que las residencias tengan las condiciones para hacer que la experiencia de los estudiantes sea propicia para que salgan adelante con sus estudios.
“No solo empiezan nuevos desafíos de una vida académica univeristaria sino que también muchos de ellos tienen que modificar el lugar donde residen y experimentan la pérdida de sus redes de contención más inmediata”, dijo Pacci.
Por eso, uno de los servicios que presta Bienestar Estudiantil es informar en su página web un listado de residencias estudiantiles que cumplen con los requisitos que ellos consideran esenciales para los estudiantes. Que las condiciones de pago sean claras para que los jóvenes no se llevan sorpresas y que tengan una evaluación de la IMM son dos de los puntos más importantes tenidos en cuenta. “El alojamiento es mucho más que las cuatro paredes y un techo”, afirmó.
“Chiquilines”.
Muchas de las residencias estudiantiles de Montevideo dependen de las intendencias del interior y albergan jóvenes de sus departamentos, que por lo general tienen buena escolaridad y bajos recursos. Sin esa posibilidad, que es acompañada por becas que ofrecen tanto los gobiernos departamentales como la Universidad, los estudiantes no tendrían posibilidad de estudiar una carrara terciaria. De eso está convencida Lylián Grandal, la encargada de la residencia estudiantil de San José, que está sobre la calle Fernández Crespo.
Lylián explicó que el centro se sustenta gracias a los aportes que realizan desde ese departamento, ya que los precios para residir en el lugar —en el entorno de los $ 800 mensuales— son simbólicos. “Es más para que los chiquilines se acostumbren a pagar un alquiler, porque después de cuatro años, que es lo máximo que pueden estar, se tienen que ir”, explicó.
Hay otras Intendencias que permiten que en sus residencias estudiantiles los jóvenes se queden hasta que terminen sus carreras, por más que estas superen los cuatro años. En la Casona de Gaboto, que es gestionada por un privado, hay quienes se quedan hasta ocho años. Corina Gastellu, su dueña, dice que a sus huéspedes les gusta tanto el lugar que optan por quedarse, incluso cuando ellos o su familia tienen el dinero suficiente para alquilar o incluso comprar un departamento. Al igual que sucede en la gran mayoría de los casos, sus residentes son del interior.
La vieja casona de Palermo, que alberga unos 35 estudiantes, está inmaculadamente limpia, tiene varias salas de estudio, baños modernos, sillones impecables y electrodomésticos de última generación. Cada una de las habitaciones tiene un nombre distinto, que está escrito sobre una lámina de vidrio que está colgada al lado de la puerta. En todos los casos el nombre corresponde a un pájaro y es elegido por los propios húspedes. La sala de estar se llama “La mesa de Camelot”. El resto de las paredes están llenas de mensajes motivacionales, y también de algunas reglas específicas, como el horario para apagar las computadoras que están en el espacio común.
Hay otras reglas que no están escritas, pero que Corina deja bien claras a sus potenciales huéspedes. Por ejemplo, si bien es un establecimiento mixto, no se permite llevar personas que sean ajenas a la casa para que se queden a dormir. Cuando se le pregunta por el tema y sobre la posibilidad de hacerlo, Corina abre los ojos bien grandes: “¿Estás loco?”.