Guillermo Calderón y Carla Zúñiga son dos autores chilenos referenciales, nítidos exponentes de un teatro político contemporáneo de gran calidad, que es objeto de fuerte interés en plazas teatrales de todo el mundo.
Guillermo Calderón y Carla Zúñiga son dos autores chilenos referenciales, nítidos exponentes de un teatro político contemporáneo de gran calidad, que es objeto de fuerte interés en plazas teatrales de todo el mundo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCalderón pertenece a la generación que explotó entre los años 90 y la primera década del siglo y se destacó también en el cine, como guionista de películas trascendentes y controversiales como El club, de Pablo Larraín, que hunde la cámara en la oscuridad de la pederastia en la Iglesia católica. Perteneciente a la nueva camada marcada a fuego por la ola feminista, Zúñiga ha cosechado aplausos y reconocimiento por obras como El deseo, Historias de amputación a la hora del té y El amarillo sol de tus cabellos largos. Con la compañía La Niña Horrible, que dirigió durante varios años con el director Javier Casanga, instaló un teatro visceral, centrado en temas de gran actualidad como la violencia institucional, la identidad, el género y la depresión. Calderón y Zúñiga coinciden en este invierno teatral montevideano en dos de los cinco estrenos que la Comedia Nacional puso en escena en la última semana.
Domingo Milesi confirmó sus virtudes como autor y director el año pasado con una exquisita comedia melodramática esotérica llamada Bette Davis, ¿estás ahí?, una de las mejores puestas de la temporada, repuesta a comienzos de este año. Ahora asumió la nada sencilla tarea de dirigir La trágica agonía de un pájaro azul (de viernes a domingos en el Solís), obra de Zúñiga ideal para un elenco estable de grandes dimensiones como la Comedia, por su generoso despliegue de personajes secundarios. Con fuerte tono de tragicomedia o comedia negra, cuenta la historia de una mujer joven, otra gran actuación de Florencia Zabaleta, que tras la pérdida de su hija decide quitarse la vida y le comunica su decisión a su madre (enorme trabajo de Roxana Blanco) y a su entorno cercano.
Durante toda la obra, su madre pondrá en práctica todo tipo de estrategias para evitar el fatal desenlace. Pese a lo terrible y cruento de este núcleo argumental, estamos ante una comedia con todas las letras, que usa el humor como catalizador para procesar sin tapujos ni miradas complacientes asuntos universales como la soledad, la inminencia de la muerte, el suicidio, el vínculo entre madres e hijos y la paternidad como mandato y vocación.
Milesi es un gran director de actores y logra notables resultados en esta cuerda grotesca en la que pone al elenco a hacer equilibrio: tanto con actrices estables como Alejandra Wolff, Claudia Rossi, Cristina Machado y Lucía Sommer, como con recién ingresados al elenco (una de las primeras medidas que tomó Gabriel Calderón fue recuperar la tradición de los becarios transitorios) Camilo Ripoll, Sebastián Malán y Gal Groisman.
El gran poder poético y metafórico del texto de Zúñiga, con una potente referencia a La gaviota, de Chéjov, es un atractivo en sí mismo. Todo trasciende a esas paredes y resuena en forma de emociones de elocuente universalidad. Lo único reprochable es el uso excesivo de la filmación en vivo de la acción escénica proyectada en las paredes de esa casa decadente (excelentes decorados de Ximena Seara y Martín Siri). Muy recomendable espectáculo.
Ni bien asumió la dirección de la Comedia Nacional, Gabriel Calderón convocó a su tocayo de apellido y le propuso versionar entre ambos a su tocayo del Siglo de Oro español, Pedro Calderón de la Barca, para crear la obra abanderada del elenco montevideano en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro. Así fue que los sudamericanos hundieron su pluma en El príncipe constante, una historia que gravita en torno a la tortura de su protagonista y su entereza para soportarla.
Constante se estrenó el fin de semana pasado en Sala Verdi, donde volverá a escena el jueves 21, luego de las presentaciones en España (Almagro y Tenerife, en el Mercado Cultural Mapas). Los Calderones, fiel al eslogan conceptual “el teatro arde”, decidieron “quemar la biblioteca” para hacer Constante. Así lo explica el uruguayo: “Hacer un clásico implica discutir y reafirmar su validez. Ponerse en la línea de su tradición pero apuntar hacia una dirección en el futuro”. Entonces trabajaron como si el texto “estuviese perdido, como si ya no pudiéramos acceder a él, como si lo soñáramos mal, tradujéramos peor, tal vez traicionando a Calderón pero siendo fieles al teatro”. De esta manera, cuentan una trama casi policial, con fuertísimo tono de comedia absurda y con una mecánica rashomoniana, sobre una frustrada coproducción teatral financiada con dinero ruso de oscura procedencia que termina derivando en una cama que cae sobre un transeúnte desde la ventana de un edificio. Todos los involucrados tienen una versión de la historia, alguien a quien acusar y mucho para ocultar.
En este juego de medias verdades y múltiples mentiras brilla Juan Antonio Saraví, en su doble condición de ser uno de los mejores comediantes y uno de los mayores expertos en el teatro en verso del Uruguay. En ambas facetas su labor resulta sobresaliente. El resto del elenco (Jimena Pérez, Pablo Varrailhón, Stefanie Neukirch y Luis Martínez) acompaña en forma compacta, así como Luciano Supervielle en la musicalización (en vivo) para dar forma a un espectáculo sólido y convincente.