“Un presidente con minorías en el Congreso no puede presentar leyes, o si tiene mayoría y le rechazan sus proyectos desde sus propios bloques: ¿qué hace? ¿no gobierna?”.
“Un presidente con minorías en el Congreso no puede presentar leyes, o si tiene mayoría y le rechazan sus proyectos desde sus propios bloques: ¿qué hace? ¿no gobierna?”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa frase corresponde al procurador del Tesoro de la Argentina, Rodolfo Barra (77 años), designado hace unas semanas en el cargo por el presidente Javier Milei.
Barra sabe de lo que habla. Abogado y profesor de Derecho, fue ministro de Justicia del gobierno de Carlos Menem, una gestión salpicada por la corrupción y la relación promiscua entre política y jueces, inaugurando un período de la política argentina que se profundizó con el kirchnerismo y el macrismo durante dos décadas (2003-2023).
En tiempos aquellos que rememora Barra, Menem tenía que hacer reformas tras haber heredado una economía colapsada y en hiperinflación, como le dejó en 1989 Don Raúl Alfonsín, y el líder peronista se pronunció rápidamente como Milei busca emular hoy. El exministro de Justicia lo recuerda así:
“Yo trabajé mucho en la ley de reforma del Estado, la 23.696, con economistas y legisladores radicales -contó Barra días atrás al diario Clarín-, todos estaban de acuerdo en que había que salir de la crisis de 1989”.
Milei reivindicó varias veces aquel gobierno de Menem (1989-1999) que Barra integró. Quizá por eso el arranque de su gestión, con un decreto de necesidad y urgencia (DNU) y un proyecto de ley que buscan desregular la economía casi en un santiamén, refleja el rumbo que trazó el presidente riojano que tuvo la Argentina.
Claro que tiene fundamentos Milei para pronunciarse así sobre la figura de Menem. Un trabajo del economista argentino Gerardo Della Paolera midió cómo puede computarse la herencia que recibe un presidente y cuál deja al que viene, basado a su vez en una investigación de Robert Barro (un economista estadounidense reconocido a nivel mundial). El trabajo sostiene que es injusto otorgarle los beneficios a un presidente cuando son resultado de medidas de su predecesor. Así, desde 1856, la mejor presidencia de la Argentina fue la primera de Carlos Menem según la evidencia y la metodología reconocida por Della Paolera.
Milei, además, menciona a Menem porque Argentina recibió la mayor inyección de capital en mucho tiempo (también destruyó industrias al abrir la economía) y aplicó una receta para bajar la inflación, la única que funcionó. Esta combinación es la que él busca repetir en el país 30 años después. El problema es que los resultados no serán inmediatos y que la pobreza en la Argentina hoy es mayor que en 1989.
Veamos.
Tras un lanzamiento auspicioso del gobierno de Milei, que generó expectativa y se reflejó en los índices de confianza en el gobierno y confianza del consumidor, empezará a bajar la espuma y se verá un camino más sinuoso cuando se publiquen los datos de inflación.
Desde la economía, la cuestión será cómo mantener más allá del verano un peso débil que ayude a recuperar reservas, al tiempo que se pueda usar el tipo de cambio como un ancla cuando se termine el proceso de alineación de precios relativos. Con estos niveles de inflación, los números no lucen fáciles. Es que en la Argentina la inflación entre diciembre y febrero acumulará 100% de aumento (sí, leyó bien: 100% en casi tres meses). Y como el precio del dólar subiría menos, los extranjeros comprobarán que Buenos Aires o la Argentina se ha vuelto más cara en los últimos meses. Un paquete de fideos en el supermercado o una botella de Coca Cola cuestan como en Estados Unidos o Londres. Cruzar el Río de la Plata para pasear unos días por las calles de Buenos Aires se ha vuelto menos barato.
Para recuperar la ventaja competitiva que el país tenía en las últimas vacaciones de invierno, lo lógico sería que a principios de febrero se acelerara la suba del precio del dólar oficial en la Argentina, pero eso no parece estar en el plan del gobierno y el resultado puede ser que se vuelva a apreciar el tipo de cambio real.
Por otro lado, la política ofrece desafíos más complejos todavía. El gobierno obtuvo 56% de votos y con eso la licencia de que la sociedad votó un cambio. Pero, como suele ocurrir en los balotajes, el problema es que el apoyo legislativo no se parece en nada a ese 56%. El DNU y la “ley ómnibus” que envió al Congreso, no necesariamente tienen un diseño compatible con un gobierno que nace débil y con votos prestados, según afirman los expertos en política. Máxime cuando rápidamente se empieza a sentir el dolor que surge del reacomodamiento de precios y la recesión. La presión de la sociedad por un cambio hacia legisladores y la justicia no está tan clara.
La historia de los conflictos entre economía y democracia ostenta un sinfín de intersecciones que para el economista estadounidense Bradford DeLong son resumidas en el trabajo de dos pensadores que, curiosamente, nacieron ambos en Viena: uno, Friedrich von Hayek; el otro, Karl Polanyi.
Hayek, faro intelectual de Milei, máximo exponente de la Escuela Austríaca en el siglo XX y Premio Nobel en Economía, creía que las personas carecen del conocimiento y la capacidad suficientes para crear una sociedad mejor y que pensar lo contrario no es más que un síntoma de arrogancia. Que la centralización transmite señales equivocadas que llevan a tomar malas decisiones y que el sistema de precios para una economía capitalista es simplemente “un instrumento de comunicación”. Más aún, según el referente de la Escuela Austríaca, en la economía de mercado, los únicos derechos que importan son los de propiedad y es un problema que las personas crean que tienen otros derechos.
El exministro de Economía y dirigente de la Unión Cívica Radical, Jesús Rodríguez, suele decir que entre capitalismo y democracia existe “una tensión”. “El capitalismo es alérgico a la incertidumbre”. Por ello la democracia y los partidos políticos descubrieron que la previsibilidad y las reglas de juego deben ser provistas por acuerdos que superen horizontes temporales de los gobernantes.
Barra sabe todo esto y por eso quizá haya dicho en la misma entrevista al diario Clarín que “Milei no ha tenido la posibilidad de hacer el tipo de negociación que hizo Menem en el 89 pero creo que de todas las maneras lo va a hacer. Creo que va a haber un acuerdo, el sistema político tiende a eso... a un acuerdo con el Congreso y la CGT (Confederación General del Trabajo). La CGT está gobernada por dirigentes que tienen mucha experiencia política”.
Milei y Macri no son políticos que crean en lo que los argentinos llaman la rosca, una expresión local para referirse a interminables filas de especulaciones políticas y promiscuas mesas de cafés entre dirigentes de uno y otro partido político para muchas veces arreglar debajo de la mesa lo que en público significa herir susceptibilidades.
Pero una cosa es la rosca y otra cosa son los consensos. A la economía y los mercados la rosca les resulta indiferente pero no los consensos, porque son los que arrojan certidumbre a futuro y con ello la inversión se beneficia.
Un economista e importante dirigente del Peronismo afirma hoy, desde un paraje de la costa bonaerense mientras desde allí sigue los acontecimientos de la Argentina, que las correcciones introducidas por Luis Caputo, el ministro de Economía (básicamente se refiere la suba del dólar de 118% y el llamado a déficit cero) eran esperables, y que cualquier gobierno que asumiera las iba a tomar de uno u otro modo. Y agrega que de todas las reformas que Milei pretende introducir, ya sea por el DNU o a través del proyecto de ley, la única importante para la economía y que puede dejar un antes y después es la reforma laboral.
¿Y si el gobierno resulta que se conforma con algunas de las reformas que envió a través del DNU y el proyecto de ley?
El éxito de Milei no se juega en el Congreso o en el poder político, sino en el resultado de la economía y, específicamente, si es capaz de bajar la tasa de inflación luego de febrero. Básicamente hay dos posiciones entre los economistas sobre las posibilidades de éxito en este punto. Una de ellas dice que sí tiene posibilidad de éxito porque el trabajo sucio quedará hecho entre diciembre y febrero, cuando se soltarán los precios atrasados que van desde el dólar, tarifas, prepagas y otros servicios regulados durante los últimos cuatro años. La otra posición cree que no es así porque los salarios siguen convalidando la mayor inflación y eso retroalimenta la espiral de precios retrasando más el tipo de cambio.
Milei necesita algo más para salvar el verano y no sufrir un fogonazo. Quizá un programa de estabilización. Quizá un milagro.
El autor es editor jefe de Economía en el diario Clarín. Especial para Búsqueda.