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    Karaoke Pomelo Salvaje

    En su libro de memorias La linterna mágica, Ingmar Bergman recuerda la primera vez que vio Stalker (1979), de Andrei Tarkovski, a quien llamó el “más grande” de todos los cineastas por su condición inigualable de narrar en ese tono tan preciado del duermevela, que entra y sale con total naturalidad de la realidad al sueño y viceversa. Bergman vio Stalker en soledad, en el pequeño cine que tenía en su casa, y durante la proyección tuvo sueños que se acompasaban, se originaban en la película y cuadraban con ella. Y confesó que muchas veces quiso filmar, con poca suerte (lo logró en Persona, en La hora del lobo y en Gritos y susurros), lo que Tarkovski parecía hacer con suma facilidad: una película de cadencia interior, donde el tiempo tiene otras reglas.

    Mucho de esto hay en las intenciones —y sobre todo en los resultados— de Largo viaje hacia la noche (China, 2018, colgada recientemente en Netflix), escrita y dirigida por Gan Bi, que además está envuelta en una atmósfera de misterio y cine negro. Ya desde la primera toma, con las suaves y envolventes notas de una guitarra eléctrica al tiempo que vemos únicamente un brazo femenino tomando un micrófono, estamos predispuestos a vivir una historia onírica, ondulante, circular. Una voz en off dice flotar y perseguir el recuerdo de una mujer que se le aparece en sueños y no puede olvidar.

    El protagonista, una especie de detective (Jue Huang), vuelve a Kaili, su pueblo natal, debido a la muerte de su padre y a la de un amigo de juventud apodado Gato Salvaje. Y allí, en ese pueblo que será mucho más un punto de partida interior y emocional que un sitio geográfico, procurará encontrar a Wan Qiwen (Wei Tang, actriz que trabajó con Ang Lee y Michael Mann), una hermosa mujer que anda con un mafioso, viste de verde, resulta esquiva y fantasmal y tal vez muta en otras mujeres. Es el objeto de deseo y la combustión de la historia.

    Las noticias radiales advierten que se avecina la temporada de lluvias y que los aludes pueden ocurrir. El agua, elemento clave en el cine de Tarkovski, es retomada por Gan Bi como sustancia aglutinante, poética, estetizante, con claras referencias a Stalker, como esa habitación que se llueve y en la cual el sonido del agua al caer es más significativo que todas las gotas que pueda abarcar la imagen. También tendremos otra clarísima cita a Stalker con un vaso que se mueve inexorablemente hasta el borde de la mesa como consecuencia del pasaje de un tren. Y una escena en un estanque: él se sumerge y nada, mientras que ella camina por el agua como una divinidad y habla de cine. Porque los amantes, además de ser paridos por el cine, hablan de cine y van al cine.

    Se ha señalado en este viaje nocturno la influencia de Wong Kar Wai, ese sesgo romántico que desbordaba Con ánimo de amar (2000) y 2046: los secretos del amor (2004). Si es posible encontrar el hechizo para que una casa pueda girar, tal vez el amor tenga una oportunidad, dice Wan Qiwen, aunque otro personaje nos recuerde que “vivir en el pasado asusta, no los aludes”.

    Pero Gan Bi es bastante más que sus influencias. Hay muchos planos-secuencia famosos. Sed de mal (1958), de Orson Welles, se abre con uno inolvidable. Para Theo Angelopoulos eran una marca registrada, filmaba pensando en planos-secuencia, como Tarkovski. Aleksandr Sokurov hizo El arca rusa (2002) con un único plano-secuencia ensayado hasta morir. La última película de Sam Mendes, 1917, multinominada al Oscar y que se estrena el próximo jueves 30, es hasta el momento el plano-secuencia de la historia del séptimo arte. Y el que encara Gan Bi en la mitad de su película, a partir de que el protagonista entra en un cine y se coloca los lentes 3D, es sencillamente colosal (aclaración: en las exhibiciones en salas, los espectadores también podían ver la segunda mitad de Largo viaje hacia la noche en 3D). La toma comienza con el detective perdido en una mina, luego la cámara lo sigue en su descenso hacia un pueblito en plena noche en una especie de telesilla (la música es un conjunto de voces al estilo Tiempo de gitanos, de Kusturica) y una vez allí transita por sus callejuelas apretadas y algo derruidas, topándose con otros personajes, incluida la enigmática mujer a la que persigue. Es un solo plano-secuencia de más de una hora, sin interrupciones, pero lejos de resultar un tour de force, un acrobático salto técnico desde las alturas, responde a la levedad y fantasía de un sueño, a la circularidad de un tiempo indefinido que es característica de toda la película, a la que se puede entrar por varios lados, como ocurría con la novela Rayuela, de Julio Cortázar. Gan Bi ya había experimentado con estos planos interminables en su anterior película y debut en el largometraje, Kaili Blues (2015), en la que demostraba un pulso incuestionable para narrar y una claridad de metas de las que no se apartaba.

    Habría que organizar un ciclo con estas obras maestras poéticas y circulares, donde el tiempo está mucho más pautado por la memoria que por la anécdota y el trazado de la historia, como en El año pasado en Marienbad (1961), Muriel (1963) o Te quiero, te quiero (1968), de Alain Resnais; Stalker y El espejo (1975), de Tarkovski; Días de eclipse (1988), de Sokurov y, más acá, La llegada (2016), de Denis Villeneuve.

    Vaya uno a saber de dónde viene esa fascinación por encontrar una explicación o al menos una definición para lo que llamamos “tiempo”. Quizá el secreto lo tenga un niño de 12 años que vive en una mina y juega al ping pong, aunque no conozca el “saque liftado”. O tal vez se encuentre dormido en el sombrero de un mafioso que resuelve a su manera una tierna escena de karaoke. O en el interior del reloj roto bajo el cual un viejo se sienta a beber. O en el caballo asustado del vendedor de manzanas, que se caen y se desparraman por la calle. O en la misma Wan Qiwen, que alguna vez fue una estrella y ahora, cuando la bengala se apague, será la última concursante del karaoke Pomelo Salvaje.

    Vida Cultural
    2020-01-23T00:00:00

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