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    miércoles 05 de junio de 2024

    Kevin Casas: el crimen organizado amenaza la estabilidad democrática en la región

    Uruguay debe mejorar los controles al financiamiento de la política antes de que un escándalo “muy grande” estalle e impacte en la credibilidad del sistema, advierte director de IDEA Internacional

    El Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional) elabora todos los años un informe sobre la situación de la democracia en 173 países. En 2023, por sexto año consecutivo, su informe marca que hubo más países en los que registró “retrocesos” que en aquellos con avances.

    El proceso de “deterioro” alcanza a todas las regiones, según el director de IDEA Internacional, Kevin Casas. Pero en cada zona y país tiene características particulares. Así, en parte de América Latina parece estar acompañado de los reclamos de mayor seguridad ante el avance del crimen organizado.

    Ese fenómeno ambienta reclamos de mano dura, aunque sea a costa de respetar el Estado de derecho. En entrevista con Búsqueda, Casas dijo que un ejemplo de este proceso es el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, y sus políticas de seguridad. El éxito de su estrategia, que políticos de otros países buscan imitar, tiene un precio alto. “La condición para que las políticas de Bukele tengan éxito, si es que llegan a tener éxito, es una dictadura. Estemos claros. No se pueden querer los fines sin querer también los medios”, advirtió.

    En lo que fue su segunda visita a Montevideo en los últimos dos años, Casas mantuvo reuniones con dirigentes y gobernantes uruguayos la semana pasada. En esa oportunidad, planteó que es necesario el control del dinero que ingresa a la política antes de que sea demasiado tarde.

    A continuación, un resumen de la entrevista que Casas mantuvo el viernes con Búsqueda.

    —Desde hace tiempo se habla de un retroceso de la democracia en el mundo. ¿Cuánto hay de cierto en que estamos en una contraola de democracia o que la democracia está en proceso de retroceso?

    —Creo que es real. No en todas partes, porque eso sería pintar con una brocha muy gorda, pero sí hay un retroceso, que además se detecta en todos los ejercicios que hay, imperfectos como son, para medir la calidad de la democracia. Nosotros elaboramos uno de esos ejercicios que se vierte en el informe que publicamos anualmente sobre el estado global de la democracia, cuya última edición salió en noviembre del año pasado. Y para darte un par de datos, en ese informe, de los 173 países cubiertos, por sexto año consecutivo tenemos más países en los que hay un retroceso democrático con respecto a países en los que hay un avance en el desempeño de la democracia. Esa secuencia de seis años seguidos es la más larga que tenemos en nuestros datos, que vienen desde 1975 en adelante. Ahí hay un indicador de que hay algo complicado pasando. Pero además te doy otro: cuando tomás esos 173 países, hay una mitad de ellos en los cuales por lo menos un elemento toral de la democracia, que en algunos casos es la capacidad de celebrar elecciones creíbles, en otros casos es la protección de la libertad de prensa, en otros casos es el espacio cívico para la sociedad civil, al menos un elemento toral de la democracia se ha deteriorado de manera estadísticamente significativa en los últimos cinco años. La mitad de los países presentan esto. Hace 10 años esa proporción era 23%. Ahí ves, en dos datos, cuán extendido es el proceso de deterioro de la calidad de la democracia, pero también cuán rápido está avanzando.

    —Eso parece implicar que no es un fenómeno que se da solo en una región del planeta.

    —Lo estás viendo en todas las regiones. Lo estás viendo en todos los niveles de desarrollo democrático. O sea, aquella noción de que las democracias que tenían problemas era porque eran democracias jóvenes o democracias pobres, ya eso no se aplica. Basta pensar en lo que hemos visto en los últimos años en Estados Unidos, o en algunos países miembros de la Unión Europea, para darse cuenta de que los retos que está enfrentando la democracia son no solo severos, sino que son globales.

    —¿Es posible que ese retroceso se dé en países donde se recurre a mecanismos democráticos como las elecciones para después infligir un ataque a la democracia?

    —Ese punto es clave. Yo creo que hay una diferencia fundamental en la manera en que se van deteriorando las democracias. Antes era muy fácil determinar cuándo ocurría un quiebre democrático. Era la asonada militar típica, cosas que eran muy muy fáciles de identificar. Ahora no. Ahora lo que hay es un proceso muy gradual de vaciamiento de algunos de los contenidos definitorios de un sistema democrático, usualmente gestionado por un gobierno electo por sufragio popular. Y es un proceso que ocurre en una especie de zona gris, en la que nunca se sabe con precisión dónde se cruzó la línea y eso hace muy difícil contrarrestarlo. Es un proceso en el cual típicamente se van erosionando gradualmente todos los controles sobre el ejercicio del poder. Partiendo, por supuesto, de la noción de que una democracia digna de ese nombre es un sistema político donde el ejercicio del poder está limitado. Entonces los procesos de deterioro democrático van erosionando la independencia del Poder Judicial, van erosionando la capacidad de la prensa independiente para hacer su trabajo. Van erosionando la capacidad de la sociedad civil para organizarse y exigir cuentas a quienes están en el poder, la capacidad de celebrar elecciones creíbles, periódicas, libres, transparentes, que es, en última instancia, el control más poderoso que existe sobre el poder. Hay un politólogo norteamericano, Adam Przeworski, que utiliza una definición minimalista de la democracia como un sistema en el que los gobernantes que están en el poder pierden elecciones y aceptan el resultado. Bueno, ese, en última instancia, es el control más poderoso. Decía hace un momento que es muy difícil determinar dónde está la línea, saber cuándo se cruza el Rubicón. Yo diría que esa línea se cruza cuando la posibilidad de cambio político a través de las elecciones, a través de elecciones creíbles, desaparecen. ¿Y por qué digo esto? Una de las pocas lecciones que sabemos de cómo reversar esos procesos de deterioro democrático es que en los casos en que ha ocurrido eso, como Polonia, Guatemala, Zambia, Brasil, en todos esos casos la posibilidad de reversar el proceso de deterioro ocurre como consecuencia de una elección crucial. Una elección crucial en la que las fuerzas comprometidas con la democracia acceden a colaborar y convergen. Cuando esa posibilidad desaparece, ahí estamos ya en otro, en un escenario en el que ya pasaste otra cosa que no es una democracia.

    —En una charla organizada por los think tank IDEA Internacional, Ágora y El Diálogo, en la Universidad Católica, usted decía que el crecimiento de la inseguridad y el crimen organizado estaban afectando al sistema democrático en la región. ¿Por qué?

    —Ese es tema crucial para la región. Esta es una de las costuras por las que está haciendo agua la democracia en la región. Porque, en efecto, el desafío de la seguridad ciudadana es un disparador de actitudes autoritarias en la sociedad. Tenés por un lado, y esto está muy demostrado empíricamente, que conforme van creciendo los niveles de inseguridad ciudadana y, sobre todo, y esto es importante, la percepción de la inseguridad ciudadana, que puede o no coincidir con los niveles reales de violencia delincuencial, conforme va subiendo esa percepción se va erosionando el apoyo a las instituciones democráticas, se va erosionando el apoyo al Estado de derecho, se van erosionando valores que son cruciales para la convivencia democrática, se va erosionando la confianza interpersonal, se va erosionando la tolerancia a la diferencia, la tolerancia a las minorías, cosas muy centrales para la democracia, se van vaciando de adhesiones y de contenido. En particular haría énfasis en el tema del vaciamiento del Estado de derecho, de principios cardinales como el debido proceso. Esto es muy problemático. Hay una proporción considerable de la población en América Latina que, ante la amenaza percibida de ser víctima de la violencia, está dispuesta a sacrificar la democracia y a sacrificar sobre todo el Estado de derecho con tal de que alguien venga a resolverle el problema de seguridad ciudadana. Conforme prolifera la percepción de inseguridad y la violencia real que ocurre, se va debilitando el tejido democrático. Y a esto le añadiría una cosa que agudiza el problema, que es la creciente percepción, que no solo es una percepción, sino que es real, de que una parte considerable de la violencia que ocurre, la violencia delincuencial que ocurre en América Latina está ligada al crimen organizado.

    —En la charla en la Universidad Católica mencionaba que la región mira más y más el ejemplo de El Salvador, donde la baja de los delitos es notoria gracias a una estrategia particular liderada por el presidente Bukele.

    —Siempre y durante muchos años hubo proponentes de la mano dura para resolver la situación de inseguridad. Pero de alguna manera la percepción era que los intentos que se hicieron de resolver el problema de inseguridad en diferentes países a través de políticas de mano dura nunca funcionaron, nunca fueron sostenibles en el tiempo. Y en esas estábamos cuando llegó Bukele. Y lo que ha hecho Bukele en los últimos dos años sugiere un éxito inusitado en la reducción de los niveles de violencia a través de un método muy claro. Ha resuelto un problema real y terrible que enfrentaba la población salvadoreña que vivía asediada por las pandillas juveniles. Ha resuelto por ahora ese problema a patadas, pasando por encima de todos los principios del debido proceso, encarcelando a miles de inocentes, prolongando mucho más allá de lo razonable un estado de excepción en el país y encarcelando casi al 2% de la población. Lo notable de eso es que la población en El Salvador está perfectamente feliz con el asunto y de manera entendible, porque les sacaron de encima un problema con el que tenían que convivir cotidianamente. Bukele es el mandatario más popular de toda América Latina. Lo acaban de reelegir y los niveles de satisfacción con la democracia en El Salvador se han disparado. Entonces aquí hay algo muy complicado pasando. Entiendo perfectamente la reacción de la gente.

    —¿Pero cuál es el problema, entonces?

    —No soy un fan de este enfoque por varios motivos. En primer lugar, porque está por verse si esto va a ser sostenible. Tengo la sensación de que es muy temprano para decirlo. Habría que tener esta misma conversación dentro de 10 años para saber si el enfoque ha sido exitoso, porque ojo: encarcelar al 2% de la población, para empezar, es muy caro. Hacer esto requiere poner al país en un permanente estado de excepción. La sostenibilidad de este enfoque es sumamente cuestionable. En segundo lugar, tenemos que tener cuidado porque la reducción de las tasas de violencia por sí misma, deseable como es, no te habla necesariamente de un país ni de una sociedad sanos. Te puedo decir, por ejemplo, que hay otro caso en América Latina que ha logrado, y desde hace tiempo, reducir de manera dramática las tasas de violencia, que desde hace tiempo tiene tasas muy bajas de violencia: Nicaragua. No estoy seguro de que yo quisiera vivir en Nicaragua con el arreglo político que tiene Nicaragua. Eso no hace mejor al sistema político de Nicaragua. Y en tercer lugar, y esto me parece fundamental, fíjate que aunque no se conozca lo suficiente, hay experiencias, sobre todo a escala local, de reducción de los niveles de violencia delincuencial de manera sostenida que han sido capaces de mantener la consistencia con principios básicos de la convivencia democrática y con los derechos humanos. Te doy dos: el caso de Bogotá y el caso de San Pablo. O sea, Bogotá era una ciudad que a finales de los años 90 tenía una tasa de homicidios por arriba de 80 homicidios por 100.000 habitantes. Hoy anda en 12, que es la tasa más baja que ha tenido desde los años 60 y lo ha hecho de manera sostenida. San Pablo a principios de los años 2000 andaba por cincuenta y tantos homicidios por 100.000 habitantes. En este momento anda en menos de 10. ¿Qué han hecho ahí? Una mezcla de cosas que involucran reformas policiales profundas, que involucran replantear la relación entre la policía y la comunidad, que involucran el uso intensivo de información, de datos. Le meten ciencia a las políticas de seguridad, que es clave. Un poco combinando cero tolerancia con la delincuencia, con cero tolerancia ante la falta de inclusión social. Ahora, yo también estoy claro en cuanto a que para resolver los problemas de seguridad tenés que actuar con un sentido de urgencia. Si vos le decís a la gente “no, no, mire, vamos a ver, el problema de seguridad se puede resolver si invertimos más en desarrollo humano y dentro de 30 años vamos a ser una sociedad más segura”, nadie te va a escuchar. Tenés que combinar un uso sofisticado y consistente con los derechos humanos y con el debido proceso de los mecanismos de coerción del Estado.

    —Bukele parece haber conseguido todo más rápido.

    —Lo que está haciendo Bukele es predicar sobre la noción de que el problema de violencia delincuencial es un tumor social que puedes extirpar. Yo creo que no. El fenómeno de violencia delincuencial es el pus que te denota la infección del sistema. Y mientras no ataques eso, mientras no ataques las razones, las causas de esa infección, no hay operación de extirpación del problema que te lo vaya a resolver. No debemos caer en la trampa de creer que tenemos que escoger entre una sociedad segura y una sociedad democrática. Tengamos cuidado cuando la gente dice aquí en Uruguay o en Costa Rica, donde sea, “lo que hace falta es un Bukele”. La condición para que las políticas de Bukele tengan éxito, si es que llegan a tener éxito, es una dictadura. Estemos claros. No se pueden querer los fines sin querer también los medios.

    —Alguien que vive en un barrio de El Salvador que estaba asediado por las maras podría decirle que tampoco es que la democracia le permitiera disfrutar de sus derechos.

    —Absolutamente. No culpo a la gente de sentir lo que siente. Ahora, podrías hacer un argumento similar sobre el régimen político en China. También podías decir “mire, que hablen todo lo que quieran sobre democracia aquí el Partido Comunista chino ha sacado de la pobreza no sé cuántos cientos de millones de personas”. Es un argumento similar. En algún momento te topás con el hecho de que defender ciertos principios que definen a la convivencia democrática y a las instituciones democráticas también es importante. La satisfacción con la seguridad no te define que vos vivas en una democracia. Yo sigo pensando que vivir en una democracia es deseable.

    —Hoy planteó que, aunque tuvo avances, uno de los problemas de Uruguay es la falta de controles en el financiamiento de la política. ¿Por qué?

    —Esa es una asignatura pendiente que tiene el Uruguay, menos pendiente de lo que estaba en el 2000. Cuando vine aquí justo a estudiar ese tema para mi tesis doctoral, en aquel momento no había absolutamente nada en términos del marco normativo para regular el financiamiento de la política. Uruguay posiblemente era el país más atrasado en América Latina en aquel momento. Eso ha cambiado. En el 2009 hubo una reforma grande que introdujo un marco normativo que en líneas generales es perfectamente adecuado a estándares internacionales. Creo que el problema fundamental, que es un problema que no se presenta únicamente en Uruguay, sino en muchísimos países, es la ejecución de esas normas. No hay una claridad sobre a quién corresponde la fiscalización y si la entidad que está encargada de fiscalizar la aplicación de esas normas va a tener los recursos para hacerlo. Entonces, creo que es ahí donde hay una asignatura pendiente muy grande en el caso de Uruguay, porque en última instancia, estas normas, como todas, viven o mueren según se apliquen en la práctica, si no simplemente son papel mojado. Ojalá pueda afrontar de manera preventiva.

    —¿Por qué?

    —La gran mayoría de los países que legisla en materia de regulación del financiamiento político lo hace como resultado de grandes escándalos, que tienen un impacto usualmente muy grande en la credibilidad del sistema político. Ojalá que Uruguay no llegue ahí. Tiene la oportunidad de evitarlo. Lo que pasa es que es complicado, porque es como toda reforma en la normativa electoral, que les estás pidiendo a los partidos que cambien las reglas del juego por las cuales llegaron al poder.

    Información Nacional
    2024-05-29T20:30:00