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A las tres de la tarde todo el mundo sale a una de las puertas del enorme edificio que da al parque. Está un poco frío pero la gente se amontona para presenciar el anunciado espectáculo. Una chica con gasas y peluca extravagante viste a otra con indumentaria masculina. Su último gesto es ponerle una gorra de militar. “This is your president”, dice con acento brasileño. El público festeja. Chilla, grita, aplaude, delira. Es un exorcismo ante el estado de situación política de Brasil y el mundo. La escena se lleva a cabo en el Parque Ibirapuera de San Pablo, en una puerta de vidrio del famoso Pabellón Cicillio Matarazzo de la 32ª Bienal de San Pablo, una de las más grandes, prestigiosas y promocionadas del mundo. El “presidente” camina hacia el bosque. Un poco más allá, otro personaje espera y guía la peregrinación al Corazón del espantapájaros, de Naufus Ramírez-Figueroa (Guatemala). Hay un extraño silencio que rodea el acto, la esperada performance que le aporta un poco de pimienta a una desabrida y empobrecida bienal, llena de plantitas, montones de tierra y documentales. Ya no es como antes, la convocatoria que reunía lo mejor del continente y ofrecía a grandes artistas del mundo. Parece una bienal a empujones, contrariada, desnorteada. No en vano se titula “Incerteza Viva”. Reina la incertidumbre, el desconcierto, el despatarro. Como en Brasil, es cierto, como el siglo que nos espera.
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Cuando la bienal se acercó a su inauguración en junio de este año, todo parecía derrumbarse. El impeachment fue implacable y la sociedad quedó fracturada. Nadie quería a Dilma Rousseff. Ahora nadie quiere a Michel Temer, según confirman los empleados de la muestra mientras recuerdan la performance de Pope.L (Estados Unidos), que hizo bailar parejas con máscaras de calaveras en las calles de San Pablo. Recorrían barrios extremos marcados por la enorme desigualdad socioeconómica y cultural que impera en la inabarcable ciudad. Ante el desastre, el arte contemporáneo, tan involucrado con los vaivenes sociales y políticos, recupera parte del desajuste y solo parece mostrar injusticias y atropellos sobre la vida planetaria, los grupos étnicos, la humanidad en sus diversas angustias. Lo intenta al menos en este multitudinario encuentro de artistas y espectadores, porque todo parece hundirse bajo la misma ola de desencanto, envuelto en una insistente e imperdonable pátina de marketing vacío. Todo se sumerge en una feria de variedades. La sociedad espectacular exige que la creación se ofrezca como un show, un espacio atractivo, novedoso, una vidriera festiva.
Son cientos de obras repartidas por los rincones de la apabullante construcción de vidrio y cemento con su fabulosa rampa que conecta los tres interminables pisos. También hay algo afuera, en el inmenso y concurrido parque. En total, 81 artistas de todo el mundo, menos de Uruguay, la mayoría de Brasil, unos cuantos de África y más de la mitad de mujeres. Una bienal de arte contemporáneo con todas las letras, diversa, feminista o femenina, comprometida. Se llena de frases hechas, de compromisos sociales y proyectos de investigación. Ya no importan las obras, aunque el escenario está repleto de productos. Se inunda de videos como es la costumbre y marca la economía. Hay instalaciones, instalaciones y más instalaciones, algunas fotos, muchos proyectos y propuestas “conceptuales” y un enfoque claramente tercermundista, indigenista, ecologista, pobrista con un toque tecnológico y cierto aire ritualista. Una mescolanza de aquellas. Sorprendente a veces, interesante otras y cautivantes muy pocas.
Pero así está el mundo o el que ven los “curadores”, que cobran muy buen dinero por organizar esta freakilandia para saciar la vanidad del mercado, el espacio cargado de hojas muertas, maderas tiradas por el piso al lado de bidones de agua vacíos, chozas indígenas (vaya, como en la bienal de Montevideo), adornadas con un cambalache de imágenes de indios y objetos populares, fotos viejas y collares multicolores.
A las tres de la tarde la gente acompaña la acción por el medio de la floresta. El cielo se nubla y empieza a gotear. La gente se queda. El brujo organiza un ritual en el que aparece un actor camuflado como un animal autóctono. Grita, salta, empuja a los primeros en la línea de fuego. Se enfrenta al presidente-mujer con gorra de militar y traje civil. El silencio se quiebra con ruidos que vienen de un micrófono, la voz grave recita un poema, lee textos alusivos al abuso y la violencia. Corre una rara sensación de incomodidad, desprotección, desamparo. Termina y todos vuelven al edificio, salen del medio del bosque donde las criaturas se revuelcan en la tierra y el eco de la acción permanecerá un buen rato. Vuelven porque llueve. Los actores, artistas, performers se empapan, quedan ahí tirados, atados al lugar por algún lazo invisible e intransferible, comprometidos hasta el final.
El vínculo con la tierra y la naturaleza se retoma apenas uno entra al edificio, es un permanente leitmotiv de la oferta. El espacio inicial recibe al visitante con un entramado de palos quemados, reciclados, pintados y colocados como tótems (Frans Krajcberg, Polonia-Brasil). Son muchos, altos, trabajados. Falta para generar algo interesante. Al lado de la enorme choza de Bené Fonteles (Brasil), cerca de una barricada con despojos, bidones vacíos, maderas y otros desechos amontonados. Una máquina de cine enorme pasa una cinta que apenas se proyecta en la rampa de acceso al primer piso. El panorama es confuso y complejo. Hay que desentrañar esta invasión de objetos primarios, evidentes y trillados con un laberinto de barro como un pequeño fuerte por el que se puede transitar. Más allá, un grupo de carritos reciclados para empujar a mano (Grupo Opavivará, Colectivo, Brasil). En cada uno, objetos de uso callejero que permiten construir espacios móviles de comunicación (parlantes) o relax (una cama con almohadones), alimentación (parrillero) y reparto de agua (otra vez los bidones).
El caos visual se aplaca con un video que muestra a un grupo de pescadores que viajan lentamente en balsas o canoas a la espera de sacar un pez (Johnatas de Andrade, Brasil). Pescan uno enorme y lo abrazan cariñosamente, lo arriman al cuerpo y lo acarician, antes de que muera y se lo coman. Se supone que es una metáfora sobre la vida y la muerte. En el recinto, un grupo de visitantes escucha la explicación de una amable guía brasileña: “Para muchos puede ser como un documental de Natgeo”, intenta justificar. “Pero en algún momento el artista se aparta del documental”. Justo cuando el pescador de torso desnudo que deambula por un riachuelo lleno de mosquitos abraza al pescado como si fuera un peluche. Nadie ve la diferencia, salvo la chica que cree fervientemente en el arte actual. Metáfora y pico.
Tampoco nadie ve la diferencia entre un restaurante naturista (Restauro, de Menna Barreto), el único lugar de comidas ubicado en el primer piso y que involucra a artistas y responsables, de una granja de productos orgánicos. La larga fila, la gente comiendo semillitas y mucha fibra, las mesas y bancos comunes, los colores y el olor a curry no se diferencian en nada de los contenidos y diseño de un restó vegetariano bien puesto. Pero allí es un proyecto. Artístico. Conceptual. La puesta en escena culmina con dos abominables instalaciones. Una aérea, con paneles de tela de colores colgando como enormes banderas de muy dudoso gusto (Felipe Mujica, Chile). El otro: dos columnas gigantes que se elevan hasta el tercer piso, una con materiales industriales y otra con elementos naturales utilizados por la tradición indígena. El desvarío sigue, entre pinturas a las que se les prendió fuego y quedó la mancha negra de la quemadura hasta otra choza donde la artista Pia Lindman (Finlandia) aparece de tanto en tanto para aplicar kalivala, una técnica sanadora milenaria de Finlandia.
El texto de entrada previene que la experiencia de trabajo sobre “huesos y articulaciones” no es apta para cardíacos. Pero no todo es vacuidad, frivolidad y obviedad. Hay gestos más abarcadores y motivadores. Hay un video inquietante de Pierre Huyghe (Francia). El espacio es enorme y oscuro. Apenas la pantalla gigante que reproduce una imagen lenta, indescifrable, de color caramelo. Es una superficie brillante, en realidad, el interior de un ámbar filmado con una camarita especial que permite un viaje singular por el mundo microscópico. La sonoridad es perturbadora, la imagen se quiebra a veces con la aparición de una figura espectral. Todo es terrible y seductor, pone la piel de gallina. No es necesario leer nada para percibir un trabajo formidable, hipnótico. El artista retrata un mundo que permaneció siglos en el interior de esa resina vegetal. Entre las formas y los finísimos hilos que conducen al pasado, descubre allí un insignificante fósil de microorganismos, una pequeñísima imagen que remite al primer animal, al primer y más longevo insecto que habita este planeta. Un poco más al fondo, la luz natural atrae al visitante hacia un espacio pequeño donde se amontonan cientos de esos bichitos vivos, como moscas pegadas al ventanal que da al parque. El contraste es demencial. Obliga a recomponer la percepción.
Eso sí que es concepto, proceso, idea, investigación, instalación y finalmente, puro arte. El objeto pequeño se repite en otro artista (Carlos Motta, Colombia), que recoge imágenes eróticas, tribales, en diferentes formatos (fotos, esculturas, dibujos). Las esculturas son diminutas y están expuestas en solitario cada una dentro de una gran vitrina iluminada. Reproducen acciones básicas, son de una belleza inédita, piezas para una colección de arte homoerótico. Una serie de minuciosos dibujos de profunda inspiración en los famosos grabados populares nordestinos completa el podio de lo más interesante (Gilvan Samico, Brasil). Reconstrucción mitológica, simbólica, desafiante en precisas y desesperantes figuras envueltas en laberínticas geometrías. Eso y un poco más de curiosidades: los jóvenes que atraviesan la pista de skate de Koong Jeong A (Corea del Sur), instalada fuera del edificio, al inicio de la Bienal, como una obra de Land Art. Pasó por prohibiciones y debates por el gran agujero que exigió bajo la tierra. Finalmente fue autorizada y puede apreciarse la suavidad y complejidad de su diseño y el increíble tránsito lumínico propio como respuesta visual al caer el día. Un trabajo que conjuga una escultura gigante y luminosa con la presencia pública y participativa.
En San Pablo hay nafta, pero no llegó a la bienal.
32ª Bienal de San Pablo. Parque Ibirapuera. Hasta el 11 de diciembre. Entrada gratuita.