Además del Carnaval tipo brasileño, otros atractivos para los visitantes están más orientados al ecoturismo en áreas protegidas y son vistos desde la Intendencia como una oportunidad para desarrollar el rubro.
Eternos postergados
Para la intendenta, Patricia Ayala, es bastante sencillo saber cómo está marchando la economía del departamento. El mismo edificio municipal funciona como “termómetro”, ya que la gente va a pedir trabajo y allí se los intenta derivar a las empresas que precisan empleados. Últimamente más gente estuvo golpeando esa puerta, pero no han llegado inversiones grandes al departamento que aporten nuevos puestos fijos, explicó la jerarca.
El parque eólico que instaló UTE en la ruta 30, entre Artigas y Bella Unión, generó empleos mientras duró la obra. Otros proyectos cooperativos, como una industria de vestimenta, crearon algunas decenas de puestos y los fondos que maneja la Intendencia para sectores productivos también tuvieron éxito a pequeña escala.
En el área de servicios se puso en funcionamiento un call center de Antel, y en la comercial se instalaron hace algunos años las cadenas Ta-Ta y Tiendas Montevideo, pero prácticamente no les siguieron otras empresas del rubro.
“Acá en Artigas tenemos que hacer las cosas por nosotros mismos”, se lamentó Ayala. “No hay políticas específicas para los comercios e inversiones en Artigas”, agregó. A su entender, se debería trabajar en “un trato diferencial” para algunos sectores, por ejemplo la minería de amatistas.
También hay que “activar la economía para que la gente joven se quede”, opinó.
Los artiguenses también se sienten solos frente al problema en la infraestructura vial.
El celular puesto en la aplicación de GPS marca la ruta hacia Artigas, pero la mujer que da las indicaciones parece desconcertada; faltando solo 150 kilómetros ella calcula que la demora en recorrerlos será de tres horas. Por momentos parece que a medida que uno avanza, la capital departamental se aleja más.
Una especie de doble aislamiento aqueja a Artigas. De por sí queda lejos, sus principales ciudades están en la frontera y quedan más cerca de Brasil o Argentina que de Salto; pero lo maltrecho de las rutas parece multiplicar los kilómetros. Todos se quejan por eso.
Ayala piensa que esa realidad “es una de las cosas que el sur no logra entender”, dado que la mayoría de las autoridades nacionales no van nunca a ver la situación: “Ese tema genera una sensación de desamparo en la población” y de ser los “eternos postergados”.
Competencia “injusta”
Todos los artiguenses saben cuánto vale un real y es común que comparen si les conviene hacer sus compras del lado uruguayo o en Cuaraí, el poblado del lado brasileño pegado a la ciudad de Artigas.
Directivos del Centro Comercial e Industrial de Artigas explicaron que se sienten desfavorecidos por una competencia que consideran “injusta”. Reclaman más políticas de frontera, como la que ya rige en otras zonas y que baja los impuestos a los combustibles.
De hecho, con la ida a llenar el tanque de nafta a Brasil muchos artiguenses aprovechan para hacer otras compras que podrían realizar del lado uruguayo. “Hay un tema cultural de comprar allá”, dijo un directivo.
Dicen que en los últimos años el volumen de compras en Brasil había disminuido, pero más recientemente volvió a aumentar.
Los comerciantes se sienten desprotegidos frente al contrabando, por la falta de controles. “No tenemos una buena relación con la intendenta” y “no nos defiende nuestro propio gobierno”, señalaron. “Acá los costos son mayores porque estamos lejos, pero pagamos los mismos impuestos”, enfatizaron los directivos.
Contaron que recientemente el consumo disminuyó luego de varios años buenos. De todas formas reconocieron que la situación es muy distinta a décadas pasadas: “Antes de la crisis del 2002 Artigas era un caos”.
La gremial de comerciantes e industriales cuenta con unos 300 socios, cifra que se ha mantenido últimamente. Sus directivos aseguraron que “no hay inversión”, y que hace ya bastantes años que no se instalan nuevos emprendimientos.
Artigas tiene un ingreso por habitante que es alrededor del 65% del promedio del país, según datos oficiales. Eso incide en que no tenga un nivel de consumo tan alto como otros departamentos y que muchos artiguenses se inclinen por productos más baratos del otro lado de la frontera, analizó una de las directivas del centro.
Por otro lado, el sector comercial se siente aislado; los proveedores no los van a visitar para ofrecerles los productos y muchas veces son los empresarios artiguenses los que deben asumir el costo de trasladarse para hacerse de la mercadería.
Transporte en el pozo.
Un documento que la gremial de transportistas entregó a Búsqueda señala un presente “deprimente” del sector, por el estado intransitable de las carreteras. Contiene fotos que muestran los pozos de la ruta 30, el camino más directo a la capital.
En el informe se señala que un tramo corto de unos 150 kilómetros debe ser recorrido en tres horas y que los costos que enfrentan los camioneros son mayores a los de sus competidores de otras zonas. Los transportistas se quejan de que, por esa razón, los propios productores artiguenses recurren a servicios de otros departamentos y solo contratan a las empresas locales cuando sus competidores ya no aceptan las cargas.
La gremial no descarta realizar un corte de rutas como medida de protesta si la situación no cambia en poco tiempo. También evalúan no aceptar más contratos de último momento para finalizar la zafra.
Pensando en otro rubro del transporte, desde el gobierno departamental pretenden poner en marcha una hidrovía por el Río Uruguay. Eso es “un aspecto clave” para la intendenta, quien ve avances en esa dirección.
La riqueza “genuina”
Todos los consultados coinciden en que la riqueza “genuina” en la economía de Artigas proviene del agro, como pasó siempre.
La actividad arrocera es histórica. Algunos de los primeros productores del país se afincaron en el departamento hace varias décadas; actualmente hay unos ocho molinos, la planta de Saman en Tomás Gomensoro es la mayor instalación del rubro. Se cultivan unas 30.000 hectáreas y el rendimiento es de los más altos, tanto en Uruguay como en el mundo (unas ocho toneladas y media por hectárea). Eso se debe en parte a que los productores están manteniendo niveles altos de inversión en tecnología, explicó Carlos Soto, presidente de la regional artiguense de la Asociación de Cultivadores de Arroz.
“Veníamos creciendo mucho pero ahora estamos en una meseta”, graficó. “Los costos a veces hacen inviable la campaña, aunque acá tenemos una cultura de pelearla”, añadió. La mayoría de los productores son locales y Soto sostuvo que “hay margen para crecer”, aunque faltan políticas que permitan más estabilidad.
La ganadería es otro rubro fuerte de la economía artiguense. En el territorio hay 1.462 predios agropecuarios, que ocupan 1,1 millones de hectáreas y donde pastan 730.000 vacunos y 1.115.749 ovinos, según datos del Ministerio de Ganadería. Luego de Salto, que tiene la mayor majada del país, Artigas es el departamento más ovejero.
Favorecidos por este verano lluvioso, los campos de Artigas lucen repletos de verdes forrajes para alimentar al ganado, lo que permite aumentar el peso de los animales y mejorar los ingresos de los productores, dijo el presidente de la Asociación Agropecuaria departamental, Juan José Senattore.
En un momento de “baja en los precios” de los bovinos los productores pueden esperar a que mejoren los valores para venderlos, señaló. Así como el clima ayudó a los ganaderos, el incremento de los costos internos afecta negativamente la rentabilidad del sector, indicó.
Azúcar y energía
Bella Unión tiene una gran historia vinculada a la caña de azúcar.
En Artigas funcionaron varios ingenios desde mediados del siglo XX, cuando se aplico la política de sustitución de importaciones. Luego, desde fines de los 90 la actividad entró en decadencia y el azúcar nacional dejó de ser rentable.
La reactivación surgió por una política gubernamental que buscó un impacto en toda la comunidad de Bella Unión. La fábrica de la ex Calnu se puso en marcha por la inversión de Ancap desde 2006 para que funcione allí la planta de Alur.
Actualmente hay unas 7.700 hectáreas de caña en manos de cerca de 350 productores a unos 30 kilómetros de radio de Alur. Esos campos rinden entre 50 y 60 toneladas por hectárea y emplean a unos 2.000 cortadores en la zafra.
“La caña es un cultivo muy noble”, comentó uno de los ingenieros agrónomos que se encarga de asesorar a los productores y controlar los cultivos, el riego y el uso correcto de los insumos. Señaló que cada caña dura cinco años, se corta la parte útil, vuelve a crecer y así cada año. Además, la caña misma es su propia semilla y de ella surgen las nuevas plantas.
Durante la zafra (de mayo a noviembre) unas 2.600 toneladas por día ingresan en camiones a la planta de Alur. La caña se pesa y se evalúa su calidad; eso determina cuánto se le pagará al productor. Después se limpia la caña y se pica para, a presión, retirarle el jugo que contiene el azúcar. El proceso sigue con la clarificación del jugo de la caña a partir de cuatro etapas, para luego evaporarlo y cocerlo. De allí sale azúcar refinada y melaza, que se utiliza para la producción de etanol.
En total salen de la planta unas 23.000 toneladas al año, una cifra que se mantiene relativamente constante, al igual que el consumo de azúcar de los uruguayos.
Los desechos de la caña luego de quitarles el jugo (bagazo) se utilizan para producir energía eléctrica a partir de una de las calderas más modernas del país.
La producción de etanol viene en aumento. Ese alcohol surge de varios procesos —fermentación, destilación y deshidratación—que se aplican a la melaza, el jugo de la caña de azúcar y agua.
La visita a la planta se realizó fuera del momento de zafra, lo que según algunos de sus ingenieros incide en el “ánimo de la gente”; el movimiento que genera Alur es muy grande en la vida de la ciudad. Unas 420 personas trabajan solamente en el proceso industrial, pero el impacto indirecto es mucho mayor, explicaron.