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    La elección del nuevo Papa “cambia una época” para la Iglesia; Francisco “aprecia” y tendrá “una mirada especial” para Uruguay

    “Quién sabe si en el futuro no toca” un cardenal uruguayo, afirmó el representante de la Santa Sede en Montevideo

    Antes de aceptar, el arzobispo y nuncio apostólico (es decir, el representante diplomático) de la Santa Sede en Montevideo, Anselmo Guido Pecorari, remarcó en varias oportunidades que no suele dar entrevistas porque prefiere cultivar un bajo perfil para hacer su trabajo. Sin embargo acordó contestar las preguntas que Búsqueda le envió por correo electrónico debido a que el de la semana pasada fue “un acontecimiento de un alcance histórico epocal”, es decir, que “cambia una época” para la Iglesia Católica y para el mundo en general.

    El acontecimiento al que aludió Pecorari —un italiano con 40 años de servicio al Vaticano y que ha trabajado para cuatro pontífices— es la designación del primer Papa latinoamericano, el cardenal argentino Jorge Bergoglio, quien el martes 19 asumió oficialmente como Papa Francisco.

    Pecorari afirmó que el nuevo papado deberá enfrentar el gran “desafío” de “anunciar el Evangelio de Jesús” para un “mundo concreto” y añadió que, con la “guía” de Francisco, se debería mostrar una “cara limpia y joven” de la Iglesia.

    Además indicó que el Papa “conoce muy bien” y “aprecia” a Uruguay —como quedó demostrado con la mención que hizo de la obra en el Liceo Jubilar— y por lo tanto tendrá “una mirada especial” sobre el país.

    Lo que sigue es la entrevista que Pecorari mantuvo con Búsqueda.

    —¿Qué significa para la Iglesia Católica el nombramiento del nuevo papa Francisco, el primero latinoamericano?

    —Es un acontecimiento de un alcance histórico “epocal”. Cambia una época. El Papa es elegido por primera vez en el Continente Americano, que toda Europa ha considerado el “Nuevo Mundo”. El mayor número de católicos se encuentra en el Continente Latinoamericano y el Caribe. La elección de un Papa que ha nacido en este continente significa que la Iglesia Católica, esto es, Universal, mira la situación de este continente prestando atención al modo en que es vivida aquí la fe, a fin de encontrar un nuevo estímulo y una nueva savia para afrontar el camino futuro. La mirada privilegiada no está ya dirigida solo a Europa, sino que busca extenderse a todo el mundo, prestando atención a las indicaciones que vienen de todos los lugares de la Tierra, y especialmente de aquellas regiones en las que el catolicismo no solo es numeroso, sino que ofrece signos de gran vitalidad.

    —En estos días, desde que se conoció su nombre y origen, los analistas internacionales y la prensa en general han hecho alusión a las “primeras veces” que representa el papa. No solamente que sea el primer latinoamericano, también el primer jesuita, por ejemplo. ¿Cuál es el mensaje que ha enviado la Iglesia a sus fieles al nombrar a un jesuita?

    —Los medios de comunicación de todo el mundo han subrayado todos “las primeras veces” que representa el Papa. Es cierto que es el primer Papa latinoamericano y el primero que adopta el nombre del “pobrecillo de Asís”, es decir, Francisco. Y también que es el primer Papa que proviene de la Compañía de Jesús. Pero yo subrayo que como obispo de Roma, es el sucesor del apóstol san Pedro. Es el “primero” en el Colegio de los Obispos, que desde hace 2.000 años es la continuación del Colegio Apostólico. Esto significa que le han sido confiados todos los poderes que Jesús había dado a san Pedro. No me parece esencial subrayar que el sumo pontífice Francisco sea el primer Papa jesuita, sino más bien que es un religioso. Todos sabemos que los religiosos, en general, profesan los votos de una vida pobre, casta y en la obediencia. Los jesuitas, además de estos tres, tienen un cuarto voto, que es el de la obediencia al Santo Padre. Por lo tanto, el nuevo Papa Francisco se ha formado en una escuela que está en una especial vinculación con el Santo Padre. Se ha preparado por largos años a estar en sintonía con el Sucesor de San Pedro.

    —Tras la renuncia de Benedicto XVI (que ya fue un hecho sorprendente) quedan pendientes para la Iglesia grandes desafíos. ¿Cree usted que es momento de grandes reformas para la conducción de la Iglesia?

    —La renuncia al papado de Benedicto XVI me ha sorprendido también a mí, como ha sorprendido a todos. Por el conocimiento que he tenido del papa Ratzinger desde 1983, cuando cumplía mi servicio en estrecho contacto con el papa Juan Pablo II, creo profundamente que la opción asumida por el papa Benedicto XVI ha sido absolutamente personal y libre: un acto de fuerza y de coraje admirables. En sus 2.000 años de vida, la Iglesia siempre ha debido afrontar grandes desafíos provenientes del mundo y de la sociedad. En todos estos momentos históricos particulares, la Iglesia ha encontrado en sí misma la fuerza y la energía para renovarse. En estos tiempos estamos viviendo en la Iglesia Católica una etapa de grandes desafíos que llegan desde la cultura contemporánea y desde la sociedad actual, que no es más la “sociedad cristiana” de los siglos anteriores. El papa Francisco tendrá que buscar cómo anunciar el Evangelio de Jesús en este mundo concreto. Y creo que él lo hará con una modalidad de gobierno de carácter “pastoral”, ya experimentado con éxito en América Latina. Todos deseamos que la Iglesia, con la guía del papa Francisco, tenga una cara limpia y joven, y que ofrezca a los hombres y mujeres de hoy un testimonio siempre más creíble de Jesús y del Evangelio.

    —¿Qué implica su nombramiento para la región y en particular para Uruguay?

    —La región rioplatense, en el contexto de la América Latina, tiene su propia especificidad y sus peculiaridades. Aquí la emigración europea es muy fuerte. Sin embargo, a menudo los descendientes de los emigrantes europeos han olvidado sus orígenes culturales, pero han conservado una religiosidad popular de fondo. Sobre este tejido, lamentablemente, se están introduciendo las sectas. Yo creo que la elección del nuevo Papa es, no solo para el Uruguay, sino para toda la región, una invitación que el Señor ha dirigido a la Iglesia a redescubrir la parte esencial que la tradición católica ha tenido en el pasado y constituye, además, un estímulo para afrontar, a la luz del Evangelio, los desafíos de la sociedad contemporánea, al servicio de todos, pero en particular de los más pobres.

    — El conocimiento que tiene el Papa de la región y del trabajo de la Iglesia en el país, ¿podría ayudar a Uruguay a tener un cardenal?

    — Me resulta imposible prever el modo con el que el santo padre Francisco piensa gobernar la Iglesia. Él conoce muy bien el Uruguay y lo aprecia. Creo que en el contexto del gobierno de la Iglesia universal, tendrá una mirada especial para los fieles católicos y todo el pueblo del Uruguay. Naturalmente, no me es posible afirmar si esto puede suponer para el futuro el nombramiento de un cardenal uruguayo. Por tanto, miremos al Papa no pidiéndole que conceda honores a nuestra Iglesia peregrina en Uruguay, sino preparándonos, con disponibilidad total, a seguir las indicaciones que él nos dará.

    —¿Qué tendría que pasar para que el país tenga un cardenal?

    —En el mundo hay unas sedes episcopales más grandes como Milán, Los Ángeles, París, Madrid, en las que siempre el arzobispo va a ser nombrado cardenal. Además de estas sedes arzobispales hay otras en los continentes en las que el Papa suele nombrar cardenales. Después de estas hay otras ciudades como Valencia, como Sevilla, como Zaragoza o Santiago de Compostela, que dan vueltas. Montevideo no hace parte de esas sedes que siempre están cardinalíseas pero sí de los grupos de diócesis donde el Papa puede nombrar un cardenal de forma rotativa. En estos años puede nombrar a uno de Bolivia, después uno de Paraguay, después uno de Uruguay. El último cardenal nombrado en Montevideo fue el cardenal Barbieri hace unos 50 años. No puedo opinar lo que el Santo Padre decide. Apuesto a que él conoce muy bien a Uruguay y quién sabe si en el futuro no toca. Ahora hay un cardenal de este tipo de sedes que está en Bolivia. Quién sabe cuando este acabe que él vaya a elegir entre los demás países. Hay que tener en cuenta que este año cumple 75 años el arzobispo de Montevideo (Nicolás Cotugno) y a los 75 años los obispos presentan las renuncias.

    —Usted mencionó que el Papa “aprecia” a Uruguay. En ese sentido, el domingo sorprendió que él nombrara como ejemplo la tarea del Liceo Jubilar. Más allá de la amistad con el cura Gonzalo Aemilius, el ex director de ese centro educativo, ¿cómo se debe interpretar esa mención y qué repercusión cree usted que puede tener para la obra educativa de la Iglesia en el país?

    —Me sorprendí con lo que sucedió ayer. Pero no solo yo, sino también muchas personas con las que hablé, en Italia, en Europa. El Papa no sólo estaba enterado de lo que pasa en Uruguay sino que estaba enterado de un hecho muy particular como lo del Liceo Jubilar. Esto confirma que él tiene a Uruguay en su corazón. Segundo, confirma que él ayudó mucho también con dinero, a este Liceo Jubilar, porque él está muy en sintonía con los sacerdotes, con los curas y obispos que hacen trabajos con los niños de la calle, con pobres y necesitados. Demuestra su preocupación de hacer mirar a todos que él sigue con interés los asuntos no sólo de todo el mundo, de toda América Latina sino también de un país pequeño como Uruguay, pero que está cercano a su corazón. Que él sigue a los asuntos que afectan a los más pobres sean de Uruguay o de Argentina, él no hace distinción por la nacionalidad. En tercer lugar, que él cree muchísimo en la importancia de la enseñanza como una ayuda a los más necesitados, no sólo en lo material —porque son todos pobres— sino también en el hecho cultural. Ayudar a las personas a subir en la cultura significa ayudar a las personas, a los niños cuando están mayores, a tomar su lugar.

    —Luego de conocido el nombre del sucesor de Benedicto XVI, Cotugno invitó a Bergoglio a Montevideo. Se ha manifestado que Brasil será su primer destino. ¿Cree viable que el Sumo Pontífice visite el Uruguay?

    —Al recibir la noticia de la elección del Santo Padre Francisco, el S.E. Mons. Nicolás Cotugno, como todos nosotros, ha experimentado una gran alegría y ha expresado espontáneamente el deseo de que el Papa visite Uruguay. Seguramente este es el deseo de muchos uruguayos creyentes y no creyentes. Sin embargo, es prematuro hacer previsiones acerca de una eventual visita. En todo caso, si se presenta la ocasión, es necesario invitarlo según el modo con que se procede en circunstancias análogas; debe ser invitado por la Conferencia Episcopal de esa nación, siempre que el gobierno de la misma esté de acuerdo. Personalmente, no creo que existan obstáculos que impidan que los uruguayos se encuentren con el papa Francisco en su propio país.

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