En 1953, el británico Aldous Huxley (1894-1963) ingirió cuatro décimas de gramo de mescalina, el principal alcaloide del peyote, disueltas en medio vaso de agua, y se sentó a esperar los resultados. Que fueron grabados y registrados minuciosamente en Las puertas de la percepción (Random House Mondadori, 94 páginas, $ 260), un ensayo donde recrea su experiencia y los pensamientos que derivaron de ella. Tras una breve introducción sobre la sustancia, el autor de Un mundo feliz relata sus motivaciones y expectativas. Empieza a ver los elementos de una forma diferente, a percibir “la existencia desnuda”. Alguien, en la habitación, le pregunta si es agradable. Él responde: “Ni agradable ni desagradable. Simplemente es”. El tiempo se transforma. Se suceden reflexiones, paseos, pinturas de Vermeer, Van Gogh, Botticelli. Expone las teorías del filósofo C. D. Broad, clave en todo este asunto: la función del cerebro, el sistema nervioso y los órganos sensoriales es principalmente eliminativa, no productiva. “Cada persona, en cada momento, es capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en cualquier parte del universo. (…) Conforme a esta teoría, cada uno de nosotros es potencialmente Inteligencia Libre”. Para sobrevivir, la Inteligencia Libre es regulada por una “válvula reductora” del cerebro y del sistema nervioso, se han creado filtros, sistemas de símbolos han convertido a los hombres en amos y esclavos de su percepción. El lenguaje permite el acceso a un conocimiento pero también se reduce a una cantidad de conceptos dados por esa “válvula reductora”. Y una forma de sortearla es mediante la mescalina. Esto recién empieza. Huxley es inteligente y generoso. Habla de la capacidad de verse en los demás, de El Libro Tibetano de los Muertos, vislumbra por un instante lo que se debe sentir cuando se está loco, y descubre una inmensa paz al experimentar la desaparición del ego, al conectarse a lo que llama el No-mismo y percibir que “Todo es realmente cada cosa”.

