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    La historia uruguaya está marcada por una “tensión” entre dos “familias ideológicas” que fue resuelta mediante “pactos” y sin que ninguna lograra ser hegemónica

    A Gerardo Caetano le sorprende que Lacalle Pou gobierne “como si el Partido Nacional tuviera amplias mayorías” y con aspiraciones “refundacionales”, y advierte sobre la estrategia “suicida” de los colorados de no desmarcarse y el hecho de que sea Cabildo Abierto quien “modera” el “liberalismo conservador” del presidente

    Los libros de historia nacional son un buen modo de entender el porqué del nomenclátor de una ciudad. Así, por ejemplo, Pocitos y Punta Carretas están repletos de constituyentes de 1830 como José Ellauri, Jaime Zudáñez, Luis Cavia, Solano García o Cristóbal Echevarriarza. Más allá de satisfacer la curiosidad sobre la geografía callejera, esos trabajos académicos permiten ver la vigencia de los “linajes” de la política uruguaya.

    “Uno va hacia atrás un siglo y se encuentra con el protagonismo de Pedro Manini (abuelo del líder de Cabildo Abierto), de Luis Alberto de Herrera (bisabuelo del presidente), con la fundación de la Federación Rural y la renovada acción de las cámaras empresariales (en las que alternan casi que los mismos apellidos)”, dice Gerardo Caetano durante una entrevista con Búsqueda para hablar de su nuevo libro El liberalismo conservador.

    El politólogo e historiador publicó 10 años atrás La república batllista, en el que planteó como guía de su investigación la existencia de dos grandes “familias ideológicas” del “Uruguay del 900”: el “republicanismo solidarista” y el “liberalismo conservador”. Una década después de escribir sobre la primera familia, llegó el turno de su oponente.

    Caetano destaca que a lo largo de la historia, aun cuando el batllismo obtuvo “grandes victorias”, ninguna de las dos vertientes se impuso de manera definitiva sobre la otra. “Eso entre otras cosas nutrió una vocación negociadora, de acuerdos, sin la pretensión de hegemonismos, que en América Latina ha llevado a esas políticas de oposiciones irreductibles, en las que ‘negociar’ se vuelve casi sinónimo de ‘traicionar’”, dice el politólogo.

    Consultado sobre la vigencia de esas “familias ideológicas”, en particular ahora que gobierna una coalición encabezada por Luis Lacalle Pou, Caetano sostiene que “hay que evitar el trasladar realidades de contextos históricos tan disímiles”, pero que la obra es “un espejo que también interpela al presente”.

    En cuanto a la administración actual y su “liberalismo conservador”, el autor dice que le sorprende Lacalle Pou: “gobierna como si el Partido Nacional tuviera amplias mayorías, en soledad” y con una impronta “refundacional”. También advierte sobre la conducta “suicida” de los colorados de no desmarcarse ni un poco del gobierno, y subraya que quien “modera” la agenda del oficialismo es Cabildo Abierto.

    A continuación, la entrevista que dio Caetano por escrito.

    —En el comienzo del libro maneja la “hipótesis guía” de identificar al “republicanismo solidarista” y al “liberalismo conservador” como las “dos grandes familias ideológicas” del Uruguay de 1900. Usted destaca que esa dicotomía se resolvió sin “hegemonía de una de las dos ‘familias’”. ¿Por qué cree relevante destacar esta resolución sin ganadores totales?

    —Este es un punto clave. En ese período, aunque con raíces en el siglo XIX, se confirmaron algunas claves fundamentales de la democracia uruguaya. Y esa tensión no se resolvió por hegemonía de una de esas dos “familias”, sino por pacto. Tácito, asimétrico, pero pacto al fin. Eso entre otras cosas nutrió una vocación negociadora, de acuerdos, sin la pretensión de hegemonismos, que en América Latina ha llevado a esas políticas de oposiciones irreductibles, en las que “negociar” se vuelve casi sinónimo de “traicionar”. Si bien el primer batllismo tuvo grandes victorias ideológicas que llegan hasta nosotros, la democracia política, que sobre todo se expresó en la Constitución de 1919 y en las leyes electorales “matrices” de 1924 y 1925, fue expresión de pacto y no de hegemonía. En algún sentido, se propone una lectura diferente de aquella vieja idea de Real de Azúa sobre “el impulso y su freno”. En toda democracia sólida, de partidos, siempre está ese vaivén, no todo es impulso, la derrota y la victoria no son momentos trágicos. De allí emergió una democracia política “republicana liberal”, en ese orden, así como un Estado social anticipatorio.

    —Aun con los matices que puedan tener dentro esas dos grandes “familias ideológicas”, ¿cómo las definiría?

    —Es una pregunta fundamental a la que he dedicado muchos años de estudio. Pero intentaré dar una visión general, forzosamente incompleta. Nunca me terminó de conformar esa visión omnicomprensiva de un liberalismo común a todos los partidos en la cultura política uruguaya. Y menos si uno se encuentra con el primer batllismo, que reivindicaba más la participación que la representación, con los partidos “asamblearios” sobre la voluntad de los representantes electos, formas de “mandato imperativo”, la colegialización de las instituciones políticas, la primacía del concepto de comunidad política sobre la de individuo, la reivindicación de los institutos de democracia directa, incluso la posibilidad de elección directa y popular de los integrantes de la Suprema Corte de Justicia, entre otras muchas cosas. Lo de un “liberalismo de todos” se vuelve entonces sospechoso. Sobre todo si uno se remite a la vieja “tradición republicana”, entendida no solo como régimen alternativo a la monarquía, sino como un ethos y una concepción diferente de la libertad, de la política y de los derechos. Uno podía deslizarse al atajo bastante perezoso de los plurales y de los adjetivos, pero había un debate mucho más profundo. Los uruguayos del “largo 900” lo expresaban con claridad, aunque el concepto de republicanismo estuviera mucho más oculto que la pelea estridente sobre el “verdadero liberalismo”. La vieja disputa de la tradición republicana con el liberalismo clásico, en especial con aquel que convergió con la filosofía conservadora, sin simplificaciones reduccionistas, es una brújula pertinente para entender esos debates. En ese sentido, tal vez uno de los puntos clave de distinción entre las dos familias tenga que ver con la pluralidad de concepciones sobre la libertad: los republicanos defienden un concepto de “libertad positiva”, de una “libertad para”, concebida como capacidad de “autogobierno”, muy distinta de la visión liberal que reivindica una “libertad negativa”, una “libertad de”, concebida como “no interferencia” del Estado o de otros actores frente a los “derechos subjetivos” del individuo. De allí emanan perspectivas muy diferentes sobre la concepción del individuo y de la polis, la actitud ante el principio de igualdad, los roles del mercado y del Estado, los límites y alcances del “gobierno de las leyes”, la “naturaleza misma de la política” y de la democracia, los límites entre lo público y lo privado, la teoría sobre el “sujeto” de la justicia, la idea de “ciudadano” y de sus virtudes, entre tantos otros puntos. Luis Alberto de Herrera, como él mismo reconoció muchas veces, era un “liberal conservador” paradigmático, con su referente principal en Edmund Burke, con su exaltación de la matriz anglosajona y su rechazo fuerte a la matriz francesa. En su lectura sobre la política uruguaya, en 1910 Herrera no vacilaba en caracterizar el batllismo como el “jacobinismo uruguayo”, a lo que luego sumaría otros epítetos como socialista, extremista, anarquizante, etc.

    —Si bien dice que la “república liberal” uruguaya es la síntesis de la negociación de las dos familias, ¿no hubo en la historia uruguaya una preeminencia del “republicanismo solidarista” si esta “familia” se asocia al batllismo? ¿Cuánto hay de cada “familia ideológica” en la “república liberal” que las sintetizó?

    —Este debate tiene sobre todo que ver con el clásico conflicto entre batllismo y herrerismo de la primera mitad del siglo XX. Y siempre hay que recordar que en la historia larga del Partido Nacional también hay “republicanismo” y que en el primer batllismo hubo una “tentación hegemónica”, que venía de su “cuna de oro” en el Estado, su tradicional monopolio del Ejército, su manipulación del voto, con pruebas incontrastables que están en el libro. Podría decirse que en la idea del Estado social y del valor de la integración social con perfiles igualitaristas, sin duda prevaleció el batllismo. Eso por cierto no quiere decir que el Partido Nacional y otros partidos, como el Socialista, no hayan aportado y mucho en esa dirección. En cuanto a la democracia “republicana liberal”, la relación es diferente. Si uno observa el rol fundamental que le cupo en la época a una figura como Martín C. Martínez, la idea frecuente de un Uruguay batllista y de una histórica derrota del liberalismo no se sostiene. Y se debe aclarar que el adjetivo solidarista provenía en la época de una “traducción” usual del concepto de fraternidad, que por cierto rechazaban casi que por principio los liberales conservadores.

    —En su libro transcribe parte de un discurso de Pedro Manini Ríos después de su ruptura con Batlle y Ordóñez: “¿Somos socialistas o somos colorados?” ¿El batllismo era socialismo?

    —Por cierto que no lo era. Aunque la inspiración de sus ideas republicanas hasta el día de hoy contrastan con las de un capitalismo puro y duro. Su “país modelo” era uno en el “que los pobres fueran menos pobres y los ricos fueran menos ricos”. No aceptaba que la desigualdad fuera percibida casi que como condición indispensable para la libertad. La pregunta de Manini tenía que ver con el objetivo de confrontar a Batlle y sus reformas con la tradición colorada, algo que todos los que se fueron del batllismo hicieron. Por cierto que también había diferencias ideológicas profundas, que crecieron con el tiempo. Los antibatllistas, no solo los dirigentes políticos, sino también los líderes empresariales de todos los sectores, los altos oficiales (que eran colorados pero en su gran mayoría adversos a Batlle), los diplomáticos radicados en Montevideo, competían en sus epítetos sobre el batllismo. José Irureta Goyena calificó al batllismo de inquietismo y dijo que este “era peor que el socialismo”. Carlos Reyles lo refirió como “socialismo de mandarines”.

    —Manini, quien estaba cerca de Batlle y Ordóñez pero luego se fue alejando, dice en una carta dirigida a su líder: “Se me acusa de reaccionario, y hasta cierto punto con razón, dentro del criterio de ustedes”. Las políticas impulsadas por Batlle y Ordóñez eran calificadas como progresistas y de vanguardia. Cuando una “vanguardia” es la que toma las decisiones, ¿no era natural que provocara esa reacción?

    —Claro que sí. Las reformas que impulsó el primer batllismo, vistas con la precaución indispensable de la distancia, no podían plantearse y mucho menos confirmarse sin despertar reacción. Esa frase de Pedro Manini pertenece a una carta de 1907 que él intercambia con Batlle (cuando estaba en París) y con Domingo Arena. Refiere a sus visiones ya entonces diferentes frente a ciertos aspectos de la “cuestión obrera”. Pero Manini todavía era por entonces un joven batllista, brillante, “mimado” por Don Pepe y al que muchos veían como su “delfín” para la sucesión presidencial. Su ruptura de 1913 y su deriva ideológica posterior, que están narradas con detalle en el libro, forman parte de un quiebre mucho más profundo (político e ideológico) con quien desde muy joven había sido su mentor.

    —Usted escribe que Herrera “no rehuyó en definirse” como perteneciente a las “clases conservadoras”. Manini se reconoció “reaccionario” de acuerdo con ciertos estándares. ¿Había menos prurito en esa época para autoasignarse esos conceptos?

    —De allí la necesidad de evitar relaciones automáticas con el presente. En las primeras décadas del siglo XX, conceptos como clases conservadoras no tenían connotaciones negativas. Era un concepto que hasta se ostentaba por parte de los líderes empresariales o políticos. Herrera señala sin problemas que se “enorgullecía de pertenecer a las clases conservadoras” y hablaba sin pruritos de su rol promotor de “la alianza de los estancieros”. Existe siempre un pleito, que forma parte sustantiva de la política, que radica en la conversión de las palabras en conceptos. Es una de las bases de la llamada historia conceptual. Por eso es tan necesario historizar y devolver contingencia al “uso público” que se le da a determinados conceptos en distintas épocas. Además, aquella era una política mucho más transparente, diferente a la actual, en la que por supuesto que hay ideologías confrontadas. No hay que engañarse. El marketing y sus “relatos” que hoy parecen dominar la política de las “percepciones”, a menudo lo que hacen es esconder las ideas y también las ideologías, que siguen presentes pero que “no venden”. Se prefiere instalar discursos en los que todo parece provenir de un “sentido común irrebatible”, en que las ideas diferentes se presentan como “errores conceptuales”.

    —En la contratapa del libro dice: “Con el foco puesto en las genealogías del liberalismo conservador, esta obra propone al lector un ‘viaje’ tal vez inesperado, por un pasado inusualmente presente entre los uruguayos contemporáneos”. Hay un gobierno de un descendiente de Herrera, con un socio descendiente de Manini y apoyo de cámaras empresariales y rurales y de parte de la familia militar. ¿Esta situación hace más clara todavía la vigencia de esas dos “familias ideológicas”?   

    —En verdad no deja de sorprender. En la política uruguaya hay linajes. Uno va hacia atrás un siglo y se encuentra con el protagonismo de Pedro Manini (abuelo del líder de Cabildo Abierto), de Luis Alberto de Herrera (bisabuelo del presidente), con la fundación de la Federación Rural y la renovada acción de las cámaras empresariales (en las que alternan casi que los mismos apellidos). Hoy tenemos un Uruguay y un mundo muy distintos al de hace 100 años atrás. La regla de evitar el anacronismo es fundamental, sobre todo en Uruguay, en que todo se politiza. Pero también es cierto aquel proverbio que tanto le gustaba citar a Jorge Batlle: “Las personas se parecen tanto a su tiempo como a sus padres”. Son inspiraciones que todavía viven entre nosotros, a veces más que lo que se supone, aunque con formas muy distintas.

    —¿Cree que el “liberalismo conservador” está otra vez con sus distintas aristas alineadas? 

    —Reitero que hay que evitar el trasladar realidades de contextos históricos tan disímiles. Pero aquella época, desde una documentación muy amplia que reúne los archivos personales de Batlle, de Herrera, de Williman, de la masonería, entre tantos otros, claro que significa un espejo que también interpela al presente, incluso de una manera para mí fascinante e inusual en este caso. Pero no quiero adelantar más, pues deseo que el libro pueda tener muchas lecturas distintas, desde ópticas muy plurales.

    Luis Lacalle Pou. Foto: Pablo Vignali / adhocFOTOS

    —¿Cree que el gobierno de Lacalle Pou tiene tantos puntos de contacto con el “liberalismo conservador”? ¿Con uno más moderado o radical?

    —Confieso que el timonel del presidente Lacalle Pou al frente de este gobierno me ha sorprendido bastante. Gobierna como si el Partido Nacional tuviera amplias mayorías, en soledad. Refiere un mandato ciudadano muy fuerte, pero parece olvidar que el Partido Nacional obtuvo en primera vuelta un 29% de los votos y que su victoria en la segunda vuelta fue por 1,5% del electorado. Es un gobierno de coalición que no funciona como tal, en el que los proyectos llegan al Parlamento sin haber sido casi discutidos con sus socios, sin los cuales no podría alcanzar mayoría. Incluso, quien modera el “liberalismo conservador” del presidente en materia económica y social es más Cabildo Abierto que el Partido Colorado. Creo que, en materia económica y social, el núcleo duro del Partido Nacional, ya lo he dicho, no solo apunta al Frente Amplio, sino que tiene un objetivo “empresista” (incluso con perfiles radicales) de más largo aliento. La filosofía del “malla oro” no parece muy conciliable en su inspiración con la del primer batllismo. Contra lo que expresamente señaló en la campaña, Lacalle Pou parece querer liderar un gobierno “refundacional” en varios aspectos económicos y sociales. El Lacalle Pou de “por la positiva” parece haber quedado muy atrás.

    —¿Le parece que ese empuje “refundacional” del nuevo gobierno puede cristalizar, ya que en el oficialismo hay actores que lo moderan y la oposición empuja en sentido contrario? ¿Puede Guido Manini Ríos emular lo que hizo su abuelo con Batlle y Ordóñez?

    Búsqueda ha publicado un artículo hace algunas semanas en el que, a mi juicio con acierto, se decía que este Partido Nacional tan dominado por Lacalle Pou pretende consolidar un nuevo bipartidismo cuyos polos fueran el FA y el Partido Nacional. Este impulso hegemónico dentro del Partido Nacional parece excesivo. Por ejemplo, dificulta la emergencia de esa otra ala que siempre ha sido decisiva para el nacionalismo. Eso, sobre todo desde la perspectiva de un neoherrerismo que absorbe a todo el Partido Nacional, también es muy refundacional y el tiempo dirá si es viable. Parece difícil, pero la ambición está. En forma sorprendente, por lo menos, el Partido Colorado no se desmarca ni siquiera un poco, lo cual no significaría irse de la coalición, por lo menos ahora y en los dos años venideros. Significaría ser un socio más exigente y decisivo, reclamar un verdadero gobierno de coalición para gobernar, nada más. Esta estrategia más pasiva y menos demandante, en el corto plazo y también en una perspectiva más larga, en verdad es suicida. Pareciera que el encono contra el Frente Amplio y el deseo ferviente de que no vuelva más al gobierno predominan en la dirigencia colorada sobre la vitalidad y hasta la sobrevivencia competitiva del propio partido. En verdad, es muy difícil de explicar. Le hace mal incluso a los equilibrios del gobierno. El único que verdaderamente compite en términos políticos dentro de la coalición es Cabildo Abierto. Parece bastante obvio que Manini y su gente no llegó a la política para ser el socio menor de un gobierno en el que deciden otros.

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    2021-07-28T21:08:00