En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Perón despertó entusiasmo a ambas márgenes del Plata. El trotskista Jorge Abelardo Ramos, por ejemplo (autor de “América Latina: un país”, en 1949, y de “Historia de la Nación Latinoamericana”, en 1968), vio en Perón una reivindicación del proyecto de Patria Grande artiguista. También se reactualizó, en realidad sin haber desaparecido nunca de la escena, el pensamiento latinoamericanista de José Ingenieros, que en 1922 había publicado “Por la Unión Latinoamericana”, y de Manuel Ugarte, infatigable Quijote de la patria hispanoamericana.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Abelardo Ramos tuvo especial influencia en Uruguay, tanto a través de Alberto Methol Ferré como de Vivian Trías, secretario general del Partido Socialista uruguayo, diputado y autor de libros con nombres tan descriptivos como “El imperialismo en el Río de la Plata” (de 1960) y la maciza “Historia del imperialismo norteamericano” (de 1977). Otro entusiasmado con Perón fue Arturo Jauretche, argentino refugiado en Uruguay a partir del golpe de 1955 y figura estandarte dentro del movimiento peronista, revisionista, latinoamericanista y antiestadounidista.
Pero quizás, el más lírico de todos ellos con Perón fue Methol Ferré, cuya gran importancia en la historiografía nacional lo exime de presentación. Para que no quedasen dudas de cuáles eran las fuentes en las cuales prefería beber, en 1996 Methol Ferré declaró: “Mis primeros amores fueron dos: el doctor Luis Alberto de Herrera en el Uruguay y el coronel Juan Domingo Perón en la Argentina”. Una vez más, encontramos un representante del Partido Nacional dentro de las huestes del más puro y duro antiestadounidismo latinoamericano.
Methol Ferré perteneció a la fuerza política de Herrera, pasó luego a las filas del ruralismo de Benito “Chicotazo” Nardone e integró más tarde el grupo de izquierda de otro viejo militante blanco: Enrique Erro, que había sido diputado nacionalista y ministro de Industria y Trabajo en el primer colegiado blanco. En 1971, cerrando su parábola, Methol Ferré se acercó al naciente Frente Amplio. Antes de morir, se ilusionó con la elección presidencial de otro ex blanco. “Mujica”, dijo entonces entusiasmado, “es el Herrera de los pobres”.
En su clásico libro “Uruguay como problema” y en otros escritos, Methol Ferré abogó incansable por la unión de los países regionales en clave federal y artiguista: Uruguay por sí solo no era nada; Argentina por sí sola no era nada; Brasil por sí solo no era nada, pero los tres juntos representaban el comienzo de la anhelada unidad latinoamericana en un sentido quijaniano de modelo económico opuesto al modelo capitalista e imperialista estadounidense.
Mucho más compleja, sin embargo, es la figura de Luis Alberto de Herrera, quien cultivó el antimperialismo a la par que el nacionalismo. Herrera era un admirador de los Estados Unidos originales, es decir de la patria de Washington, de Jefferson y de Paine. Pero tomó distancia del “imperialismo del dólar” en el mundo hispanoamericano. Resumió estas ideas escribiendo: “qué infinita distancia separa a Franklin (…) del imperialista presidente Roosevelt, victimario de pueblos y apóstol de la política del (…) garrote cernida sobre los organismos débiles de nuestro hemisferio”. Conocidos son sus escritos desde Washington, cuando siendo secretario de la representación uruguaya en aquella ciudad denunció las amenazas de la Casa Blanca a los países americanos que no se ajustasen a sus dictados.
Si bien la tesis que Herrera desarrolló en “La Revolución Francesa y Sudamérica”, publicado en 1910 (en donde afirmó que las revoluciones hispanoamericanas se habían inspirado en la independencia estadounidense y no en la revolución francesa), despertó admiración en Estados Unidos, su posterior oposición al establecimiento de bases navales norteamericanas en Uruguay durante la Segunda Guerra Mundial lo convirtió en enemigo público de Washington.
El americanismo antimperialista de Herrera lo hizo duro abogado de Cuba, de Nicaragua y de todos los pueblos que sufrían los embates de las tropas “defensoras de los intereses de los banqueros de Wall Street”. Por eso, escribió, “Nicaragua doliente, Nicaragua sangrienta, es hoy el símbolo de la América libre, amenazada por el tirano moderno: el dólar”.
A partir de esos años tempranos, Herrera se convirtió en un látigo para cualquier política que impulsase Washington, desde la intervención militar hasta la llamada política de buena vecindad ideada por la Casa Blanca. Su postura tercerista quedó claramente definida durante la Segunda Guerra Mundial, cuando apoyó a los aliados pero se opuso a que Uruguay tomara cartas en el conflicto: “Ni Rusia ni Estados Unidos, (…) ni en las filas rojas del comunismo, ni una estrella más en la bandera de ningún imperialismo”.
Durante la difícil crisis con Argentina al comienzo de los años 50, cuando Perón intentó ahogar la economía nacional prohibiendo, entre otras cosas, la entrada de turistas argentinos a Uruguay, Herrera fue, según las palabras de su alumno Methol Ferré, “el rostro —peronizante— del país”.
En medio del grave conflicto rioplatense, el caudillo blanco concurrió incluso al sepelio de Evita Perón. Finalmente, cuando estalló la guerra de Corea y Estados Unidos solicitó la ayuda uruguaya, Herrera se opuso con firmeza, sosteniendo con inusitada originalidad y fantasía que los “norcoreanos eran los artiguistas de Asia”.
¡Evidentemente, el antiestadounidismo y su contracara el latinoamericanismo podía (y solía) resultar en las ideas más estrafalarias que uno pueda imaginar!