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Con la novela La insurrección de la inocencia, Isabel Prieto Fernández consolida un personaje y un estilo propio inaugurado tres años antes con su anterior libro, que tituló Identidades en juego. En ambos casos se trata de un relato en primera persona acerca de las aventuras de Amalia Gutiérrez, una periodista montevideana que acepta, al final de su carrera, trabajos extras de investigación para redondear ingresos.
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La autora, nacida en 1964, comenzó una trayectoria en prensa en la década de 1980. Trabajó para el quincenario Mate Amargo, como free lance para diversos medios y en la revista Caras y Caretas. También fue periodista radial en CX 44 Radio Panamericana, CX 30 y en los informativos de Radio Uruguay. La primera novela fue publicada en 2020 por Rumbo Editorial y la más reciente, el año pasado, en la colección Andanzas, de Tusquets.
El personaje de Amalia, a quien sus más cercanos llaman Ami (o Amy), fuma, bebe vino y ron. Trabaja en una revista en la que, además de un director fastidioso llamado Gerardo —al que le gusta contar aburridos episodios de su vida—, hay un equipo de redacción mínimo compuesto por siete periodistas. Para complicar más las cosas, a Amalia Gutiérrez le han sumado la tarea de escribir y subir notas para la web por el mismo sueldo.
La protagonista ama su profesión, pero en la redacción pasa poco tiempo, el suficiente para mantener el tenso contacto con el director y compartir con sus compañeros, incluyendo al fotógrafo. Una buena parte de la narración transcurre entonces en el terreno: en la vieja sede de la Jefatura de Policía, en el auto que la lleva de un lado al otro y en la casa donde vive y trabaja con Internet como herramienta imprescindible.
El núcleo familiar de Amalia lo componen su esposo Esteban, que está jubilado, y su hijo Santiago, que ha dejado el nido y vive de elaborar chivitos en un restaurante de Brasil. De Esteban sabemos que se retiró de bancario y que ocupa su vida leyendo, cocinando, jugando casin y tomando copas en el boliche, además de mantener la aún ardiente vida sexual con su esposa. Mientras en la primera novela Prieto lo hace salir de campamento y resuelve todo con la ayuda de la experiencia, sus fuentes policiales y una amiga entrañable a la que llama An, en La insurrección de la inocencia Esteban se suma al equipo y juega un papel activo para hacer avanzar la investigación.
En calidad de investigadora privada que utiliza las herramientas del periodismo con otros fines a cambio de dinero, Ami se ve enfrentada a dos casos que la apartan de su trabajo habitual: la muerte de una adolescente y un extraño caso que llega del pasado y está relacionado con el MLN-Tupamaros y un extorturador que ha sido asesinado. Al contrario de la primera novela, centrada en un turbio caso policial del presente, en esta segunda se mezclan crímenes actuales con rémoras del llamado pasado reciente, ese que se resiste y no logra ser borrado, aunque hayan pasado muchos años.
La novela comienza en 1979 con los tupamaros en franca retirada, pero transcurre en el siglo XXI, cuando conviven las tecnologías de la información con las viejas herramientas de la investigación periodística, en este caso, personificada en Carlos Rego, un inspector de policía con el cual la periodista mantiene un largo vínculo profesional, no exento de tensiones, pero con códigos establecidos y para beneficio mutuo.
Igual que en las novelas del griego Petros Márkaris o del italiano Andrea Camilleri, lo importante no es tanto la trama criminal, más o menos lograda e interesante, sino el personaje que investiga y el contexto histórico en el cual actúa. Así como Márkaris lo hace en Grecia, apelando al querible comisario Kostas Jaritos y a su más áspera esposa Adriani, Prieto, con menos oficio, construye un escenario y se despacha a gusto con críticas feroces a la sociedad uruguaya durante gobiernos de diferente signo, comenzando por la Policía y el Poder Judicial.
Después de Agatha Christie ha corrido mucha tinta. La médica forense Kay Scarpetta es la protagonista de las novelas de Patricia Cornwell. La abogada Rebecka Martinsson ocupa ese lugar en las de la sueca Äsa Larsson. El personaje de Ami es singular porque es una mujer uruguaya. No es casualidad que su esposo, Esteban, esté jubilado. Es ella la que va y viene, la que enfrenta la vida real, mientras él aporta ubicado en la retaguardia, opina, recopila información en el boliche, estudia, la despierta con bizcochos o pan casero y cocina.
El pequeño y no siempre conocido mundo uruguayo se muestra entonces desde la óptica de una mujer, lo que no es frecuente. Pero el personaje construido por Prieto, que podría ser su alter ego, no es una feminista radical ni tampoco una dama de hierro. Ami es alguien sensible y humano, una persona que defiende sus derechos y los de los demás, que no se come ninguna, aunque tampoco es suicida, pero que también se enfrenta a otras mujeres, igual que a los hombres, a menudo machistas. También a menudo es ganada por malos humores, miedos y prejuicios sin perder su sensibilidad ni dejar de abrazar a alguien que está sufriendo, aunque parezca poco profesional.
La lectura de La insurrección de la inocencia es fácil y el estilo es vertiginoso y atrapante, como se espera de un buen policial. Y el lector se encariña con Ami, la ve sufrir y ganarse los garbanzos y hasta los orgasmos, aunque a veces ella misma resulte un poco fastidiosa, como su director, sobre todo cuando quiere pontificar y dar lecciones de periodismo.