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    La lengua popular

    Para ir haciendo boca: The Rolling Stones en Montevideo, 54 años después

    “¡Hola, Uruguay!”, saluda Keith, y se acaricia la nariz con el dedo índice, mientras habla Mick: “Tenemos-muchas-ganas-de-tocar-en-monchevedeo”, dice, y su rostro permanece en blanco. De fondo se ve una gran sala de ensayo con instrumentos y parlantes. “We’ve never played there before”, asegura Ron y sonríe diplomáticamente, con Richards acodado sobre su hombro. Es el video que The Rolling Stones colgó en su web el lunes 1º. “Vamos-a-estar-ahí-el-diechiseis-de-febrero”, agrega Mick, y se despiden en tono escolar: “See you sooooon!”. Charlie Watts no dice nada, apenas suelta esa sonrisita al final. Ninguno quiere realmente hacerlo, está claro. No lo pueden disimular. Son rockeros, no actores. Pero son las reglas del juego, un juego en el que estos highlanders del rock son Pelé, Maradona, Cruyff y Messi. Es más, este juego del rock de estadios, donde a todo hay que agregarle tres ceros, lo inventaron ellos.

    Pasan los años y siguen ahí, tan campantes. Cada vez más viejos y arrugados como pasas de uva, tan antinaturalmente flacos como un modelo de 30 años, pero siempre sonriendo para las fotos, este grupo de ancianos tuneados como adolescentes siguen revalidando el título de “la banda de rock más grande del mundo”. En doce días, The Rolling Stones tocarán por primera vez en Uruguay, para más de 55.000 espectadores en el Estadio Centenario. Lo que hasta hace poco parecía una quimera, finalmente lo hizo posible el productor Atín Martínez luego de un sinfín de idas y vueltas, postergaciones y negociaciones, siempre condicionadas por la escasa información oficial que permite divulgar esta empresa multinacional del entretenimiento en la que se ha transformado la banda británica fundada en 1962. De hecho, se reservan la potestad de anunciar los conciertos en su web y no autorizan divulgar la cantidad de entradas vendidas, so pena de cancelación.

    Como sucedió hace pocos años con Paul McCartney, tres generaciones se encontrarán en el mayor escenario del país. Desde quienes juntaban monedas en los 60 para ir al viejo Palacio de la Música de 18 y Paraguay a comprar el último LP, hasta los veinteañeros que se criaron con Jagger y Richards como venerables abuelos del rock and roll. Junto a esta pareja de amigos entrañables que también han sabido ser enemigos íntimos, estarán los otros miembros históricos: el baterista Charlie Watts, que siempre parece estar por fuera de todo, y el guitarrista Ron Wood, un tipo que pegó onda desde el vamos por ser aún más fiestero que Jagger y Richards, y que lleva 40 años sosteniendo con sus acordes los solos sinuosos y afilados de Richards.

    Pero, ¿quiénes son estos señores en el mundo de la música? Para empezar, los Rolling Stones son, junto con Los Beatles, las dos bandas de rock más famosas de la historia, y junto a Elvis Presley, Chuck Berry y Bob Dylan, conforman el núcleo duro de artistas que esculpieron la piedra fundamental del rock and roll y le dieron forma al género musical que marcó el pulso cultural y social en la segunda mitad del siglo XX. De maneras distintas, los Stones son junto a los Beatles los grupos más influyentes y populares de la música mundial en el último medio siglo. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio, y los cuatro de Liverpool siguen brillando como una supernova en el firmamento de la música, mientras que Sus Majestades Satánicas alternan luces y sombras en una discografía que suma 24 álbumes de estudio (y otro tanto en vivo y antologías).

    Pesos pesados en la historia del rock también pueden ser considerados The Doors, The Kinks, ACDC, The Who, Queen y Led Zeppelin. Muy influyentes pueden ser Lou Reed, David Bowie, Prince, Madonna y Michael Jackson. Pero que combinen esas cualidades con la popularidad masiva, muy pocos. Los Rolling son los que llevan más tiempo en la carretera. Más sabe el diablo, dicen… y ellos le profesan simpatía.

    A diferencia de los Beatles­ o Dylan, su trascendencia no pasa tanto por la dimensión de sus composiciones o sus letras, que mayoritariamente responden a la trilogía sexo-drogas-rock and roll, sino por la concepción de un sonido: si hay un eslabón entre la música negra y el rock tal como lo conocemos se llama Rolling Stones. Y el gran artífice de ese salto evolutivo se llamó Brian Jones, el fundador y primer líder de la banda, el que adoraba el sonido del Mississippi, el que tocaba en la Alexis Korner Blues Incorporated, grupo que propagaba el blues y el rhythm & blues en las Islas Británicas. Fue aquel violero rubio que tuvo la idea de bautizarla en honor a un blues llamado Rollin’ Stone, el primer sencillo de un genio llamado Muddy Waters, que la empezó a cantar en 1948, cuando estos chiquillos de Londres aún no cruzaban la calle solos. Aunque nunca cantaba, fue Jones quien aportó la psicodelia y su enorme musicalidad: fue un multiinstrumentista del carajo, que dominaba prácticamente toda la orquesta sinfónica, además de la marimba, el melotrón y el sitar o rarezas como el dulcimer y las campanas tubulares. Pero no mantuvo una buena relación con sus compañeros y fue tildado de aportar muy poco en la composición —quien firma un temazo como Ruby Tuesday no puede ser un mal compositor—, mientras se afianzaba la dupla Jagger-Richards. Tuvo la mala suerte de perder su novia a manos de Keith —Anita Pallemberg, la primera groupie de la historia—, y en el verano de 1969, luego de ser despedido del grupo que creó, y en circunstancias nunca esclarecidas totalmente, apareció ahogado en su piscina. Así escribió la primera página de una novela llamada “Las trágicas y míticas muertes del rock and roll” y al mismo tiempo inauguró el fatídico club de los 27, al que poco después ingresarían tres monstruos que rompieron la horma al nacer y al morir: Jimi Hendrix, Janis Joplin y Jim Morrison.

    Póker de ases.

    Pretender abarcar una historia tan enorme en una página es sencillamente imposible. Hay cifras oficiales y miles de listas para los coleccionistas de datos; hay decenas de libros, desde la biografía oficial According to The Rolling Stones a las indiscreciones ventiladas por Keith Richards en Life, que le causaron la enemistad de Jagger y una pausa en la banda que pudo ser definitiva; hay cientos de anécdotas, chismes y curiosidades, desde el guitarrazo de Richards a un fan sobre el escenario hasta el reciente suicidio de la última mujer de Jagger, pasando por la muerte de un espectador a manos de los Hell Angels en Altamont. Esta aventura empezó en abril de 1962 con Jones, Richards, Jagger, Watts, el pianista Ian “Stu” Stewart —apartado de la formación oficial poco después por el manager Andrew Loog Oldham, pero mantenido como sesionista y road manager hasta su muerte en 1985 y por eso apodado “el sexto Stone”— y el bajista Bill Wyman, retirado en 1993 y sustituido por el miembro no oficial Darryl Jones, flor de músico que bien podría escribir un librazo con todo lo que ha visto y oído.

    La historia grande de los Rolling comenzó a contarse a fines de los 60, cuando se consagran en los feudos del Tío Sam y se afianza ese sonido característico que todos conocemos bien, y que hace reconocible casi cualquiera de sus temas. El músico que consigue una huella de identidad sonora, nítida e inconfundible, tiene la mitad del camino recorrido hacia la consagración. Y hace 50 años que (I Can’t Get No) Satisfaction es el riff más famoso de la historia. Y hace 45 que Brown Sugar y Jumping Jack Flash son ese par de cápsulas concentradas de sonido Stone (señores publicistas: existen al menos 20 himnos de la banda además de Satisfaction para promocionar los shows).

    Dos registros perfectos de ese momento consagratorio de los Rolling Stones en Estados Unidos son la película Rock And Roll Circus, filmada en Inglaterra en 1968 y recién editada en 1996, y el notable disco en vivo Get Yer Ya-Ya’s Out, grabado en noviembre de 1969 en el Madison Square Garden de Nueva York, cuatro meses después de la muerte de Jones, y en el que se presentó en sociedad su sustituto, Mick Taylor, un virtuoso de las seis cuerdas al que veinte mil privilegiados montevideanos pudieron ver en 1990 abriendo el show de Eric Clapton en el Centenario.

    Esos dos conciertos ocurrieron en medio de la mejor secuencia de discos en la carrera de la banda, luego del controvertido Their Satanic Majesties Request, resistido por su psicodelia desenfrenada. Beggars Banquet (1968), Let It Bleed (1969), Sticky Fingers (1971) y Exile On Main St. (1972) conforman un póker decisivo para llevar a lo más alto el prestigio de los Stones. El otro gran momento creativo se dio en el siguiente cambio de década, con Some Girls (1978), Emotional Rescue (1980) y Tattoo You (1981). Si a esos dos tándem le sumamos 12 x 5 (1964), Out of Our Heads (1965) y Steel Wheels (1989, el disco que devolvió el alma al cuerpo de la banda que vagó errática por la década de los 80, con un montón de placas intrascendentes), la leyenda está escrita. Siempre hay temas que salvan la plata, lógico, pero prácticamente todo lo demás es prescindible en términos discográficos. Voodoo Lounge (1994) no está mal, pero sus dos sucesores, Bridges To Babylon (1997) y A Bigger Bang (2005) solo fueron excusas para las giras más redituables de la historia del grupo. De hecho, si la banda no hubiese editado un solo disco más desde aquella notable gira de 1990 registrada en Flashpoint, el otro gran disco en vivo, Jagger y compañía seguirían agotando estadios, incluso en sillas de ruedas.

    Ese no sé qué.

    Un rasgo inequívoco de cómo se definió el sonido rolinga a través del tiempo es la gran cantidad de bandas —especialmente en Argentina, patria Stone si las hay— que tocan ese rock sencillo, de tiempo moderado, sostenido en tres pilares: batería con predominio de platillos y el beat seco del bombo y redoblante juntos, y los tontones libres, como en el jazz (en sus ratos de ocio, Watts es un probado batero de jazz, lo que más ama en la vida); bajo sobrio, elegante y siempre acompasado, y con frecuencia en primer plano en los arreglos; sonido Telecaster en las violas, la rítmica con distorsión moderada, a medio camino entre el sonido Beatle y el “rock pesado”, y la guitarra solista de Richards en el rol estelar, dueña de esas frases icónicas que todos recuerdan. Junto a ella, el grito barítono inconfundible de Jagger, un cantante de enorme carisma que fue moldeando su estilo con los años y acunó un fraseo perfecto que galopa en eterno contrapunto con las guitarras, y con todo el swing para tirar el “oh yeah” donde sea y que siempre caiga bien.

    El álbum de rockazos de los Rolling es interminable. Solo por citar algunos, Start Me Up, Let’s Spend The Night Together, Honky Tonk Women, Respectable, Rock And a Hard Place, Shattered­­, It’s Only Rock And Roll (But I Like It) y She’s So Cold.

    Pero también hay decenas de hermosas canciones en un plan funky, soul y r&b, y en las que lucen más las melodías y las letras, como Out of Time, Ruby Tuesday, Gimme Shelter, Miss You,Tumbling Dice, Emotional Rescue, Mixed Emotions, You Can’t Always Get What You Want, Waiting on a Friend y la enorme She’s a Rainbow, con una épica línea de piano en yunta con el melotrón hipnótico de Jones.

    Y si hablamos de baladas, además de la omnipresente y algo pegajosa Angie, ahí están Wild Horses, Lady Jane, Memory Motel, No Expectations y As Tears Go By, una hermosísima canción compuesta en 1964 por Jagger y Richards junto al histórico manager de la banda Andrew Loog Oldham, popularizada primero por la no menos bella Marianne Faithfull. En la versión grabada un año más tarde por los Stones cuenta con el mejor arreglo de cuerdas de la historia del rock, creado por un tal Mike Leander.

    Y por supuesto que están los blues, su primer amor. Toneladas de blues tiene el cancionero Stone: desde los ortodoxos Little­ Red Rooster y Ventilator Blues a las tremendas baladas Love in Vain y Moonlight Mile. Si me permiten, me quedo con la fábula The Spider and The Fly, felizmente renovada en el disco en vivo Stripped­­, de 1995.

    20 años en la vuelta.

    La América Latina Olé Tour (el peor nombre de la historia para una gira rockera­) arrancó ayer miércoles 3 en Santiago, continúa con tres fechas en Buenos Aires (domingo 7, miércoles 10 y sábado 13 en el Estadio Único de La Plata), sigue en el Centenario el martes 16, de allí a Brasil (Río, San Pablo y Porto Alegre), sube por Lima y Bogotá y termina en el DF mexicano el 14 y 17 de marzo. Antes metían cinco toques en una semana. Ahora el médico mandó descansar dos días entre cada concierto. No está nada mal para estos septuagenarios. Bien podrían quedarse en casa a leer y aplaudir atardeceres. Faltan solo doce días, el tiempo justo para llegar al Centenario habiendo refrescado una de las mejores historias de la música popular, para poder ser, aunque sea en el epílogo, testigo de ella.

    Vida Cultural
    2016-02-04T00:00:00

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