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En el primer párrafo de su introducción a esta obra maestra, J.M. Coetzee dice: “Madame Bovary es la historia de una francesita sin importancia —esposa de un inepto médico rural—, quien tras un par de relaciones extramatrimoniales, ninguna de las cuales funciona bien, y después de hundirse en deudas para pagar artículos de lujo, desperada (sic) toma veneno para ratas y se suicida”.
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Más allá de la errata, lo del sudafricano Coetzee, encargado del prólogo de esta edición (El Hilo de Ariadna, 2013, 486 páginas) es tan frontal como desprolijo: resume el argumento como si fuese el de un teleteatro para la cartelera de un diario y te cuenta el final. Pero dejémonos de historias: los clásicos, además de perdurar en el tiempo por su calidad literaria a prueba de modas y balas, tienen permitido revelar su final. Todos saben que Macbeth y Ricardo III mueren. Todos saben que Moby Dick no puede ser capturada. La muerte o la liberación de los personajes es lo que menos importa.
Y tampoco importa cómo termina la adúltera Emma Bovary. Lo que interesa es el estilo pausado, la observación y el impecable naturalismo que imprime Gustave Flaubert (1821-1880) a su novela, gran escándalo en la época de su publicación (1857), a tal punto que el hombre tuvo que ir a los tribunales y se hizo amigo de su abogado defensor, a quien dedica Madame Bovary.
A veces las cosas salen a pesar de uno. Resulta que lo que quería escribir Flaubert era una monumental novela sobre un ermitaño, inspirado en el cuadro La tentación deSan Antonio, de Brueghel. Cuando sus amigos y consejeros leyeron el manuscrito, le devolvieron lo peor: esto es insufrible, soporífero, una porquería. Escribí otra cosa, le dijeron.
Y el hombre, en su casita al borde del Sena, se puso a trabajar en Madame Bovary, obra maestra de ayer, hoy y siempre, aunque quien no la haya leído nunca ya sepa que la heroína se mata con veneno para ratas.