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    La ley del juanete

    Años atrás escuché hablar de “la ley de la silla”. Una norma del Uruguay de las vacas gordas por la que las mujeres tenían derecho a sentarse en su trabajo. En aquellos tiempos me sonó a tonillo discriminatorio (“siéntese, señora”, “pase”, “primero las damas”). Luego medité que seguramente era una ley vinculada a la incorporación inexorable de las mujeres al mercado de trabajo.

    Supuse que la legislación laboral atendía a las diferencias biológicas de los trabajadores macho y hembra, con sus pros y sus contras.

    Es notorio que la maternidad (embarazo, parto, lactancia, bebé, hijito) es una feroz competidora en el momento de quedarse en la empresa fuera de hora contando chistes con el jefe o tomando whisky. Tener hijos quita puntos al currículum de una mujer.

    La vieja ley de la silla podía por cierto apuntar a esta visión laboral del “sexo débil”. Aunque la mitad de la humanidad haya convivido una vez por mes con la menstruación, no deja de dar debilidad y dolor de panza. Los embarazos implican más kilos en el cuerpo y el cerebro tan alerta al amor y la protección de ese pequeño ser, como a la tarea laboral con la cual “hay que ponerse la camiseta”.

    La resistencia física, la fuerza de los hombres, es algo que ni siquiera Simon ede Beauvoir con su famosa frase “no se nace mujer, se llega a serlo” puso en discusión.

    En el Uruguay del siglo XXI, en este nidito de derechos civiles, las mujeres trabajan muchísimo. Un simple paseo por 18 muestra que una enorme cantidad de comercios tienen vendedoras, cajeras, empaquetadoras…

    La inmensa mayoría de las veces las he visto paradas. Siempre. De pie, apenas apoyando un glúteo en una esquina del mostrador. En ocasiones, las cajas tienen detrás una silla. Curiosamente, a menudo descubro que no se usa. ¿Será que la chica quiere cambiar de posición o que el jefe por lo bajo ha instituido que sea un adorno?

    Lo curioso es que a veces entro a una tienda y me encuentro en la puerta con un guardia de seguridad uniformado y sentado en un trono o banqueta especialmente preparada para él. A continuación, las vendedoras, de pie esperando a los clientes, se me acercan solícitas: “¿Alguna consulta?”.

    Me pregunto qué va a ser de esos cuerpos jóvenes tras años de 44 horas semanales apostadas como cariátides en un templo de consumo.

    Las columnas… las caderas… los tobillos… los arcos de los pies…

    ¿Qué va a ser de los bebés que crezcan en esos cuerpitos? ¿Y cuando sean viejitas y descalcificadas, osteoporósicas?

    ¿Acaso el marketing tenga estudiado que una empleada sentada en una banqueta vende un 50% menos que aquella que se abalanza sobre el cliente?

    Voy a la página del Parlamento para ver si sigue vigente la ley de la silla. Soy malísima en esto de la navegación virtual, pero descubro una norma al respecto, no entiendo si está o no derogada.

    Si está vigente, no se cumple. Si no lo está, es lamentable.

    El Uruguay está mucho mejor, insiste el coro griego uruguayo. Lástima que esas mujeres estatuarias ganen 11.000 pesos.

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