Tras cinco años de trabajo, lo lograron. Concretaron el sueño argentino del Nobel propio. Gastón Duprat y Mariano Cohn relatan en El ciudadano ilustre la historia de Daniel Mantovani (Oscar Martínez), premio Nobel de literatura argentino residente en Europa que, luego de cuatro décadas sin pasar por su país, regresa por unos días a Salas, el pueblo donde nació.
Al igual que el filme, el actor viene cosechando reconocimientos en festivales de prestigio: la Copa Volpi en Venecia y el premio como mejor actor en el Latin Beat Festival de Tokio, entre otros. Además, la cinta obtuvo la Espiga de Plata y la distinción al Mejor Guion en la Semana Internacional de Cine de Valladolid, y es la precandidata argentina al Oscar y a los Premios Goya de España.
Aunque la firma D&C trascendió las fronteras en 2009 con el éxito de El hombre de al lado, la dupla lleva varios años trabajando en conjunto. Se iniciaron en video arte y cine experimental. En 1999 irrumpieron en tevé con Televisión abierta, un delivery gratuito de cámaras para que el público hiciera lo que quisiera. Es considerado una suerte de padre no reconocido de Gran Hermano. Creadores de más de 50 programas y formatos televisivos, hicieron El Amante TV, con varios cronistas de la revista El Amante, Cupido, desprejuiciado programa de citas a ciegas amenizado por un locutor de voz caricaturesca y afectada, Cuentos de terror, con Alberto Laiseca, y El Gordo Liberosky, donde Iván Romanelli se encargaba de ejecutar guiones enviados por televidentes. Ejemplos de programas experimentales, border y disruptivos, prodigiosos; divertidos despliegues de economía audiovisual.
Fanáticos declarados de Whisky, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll (“Es una coproducción con Argentina, así que la pongo entre las tres mejores películas argentinas”, dice Cohn), el debut cinematográfico fue con El artista (2008), sobre un enfermero que hace pasar por suyos los dibujos de Romano (Laiseca), paciente de un geriátrico. Dato: los dibujos de Romano nunca se ven en el filme. En una breve charla con Búsqueda, cuenta Cohn que, sin embargo, están presentes. El afiche, obra de León Ferrari, amigo de la casa, productor asociado del largometraje (aparece, junto a Fogwill, en el geriátrico), da una idea de cómo son esos dibujos. “En todas nuestras películas hay pinturas de artistas amigos”, apunta. Y El ciudadano ilustre no es la excepción.
Las peculiares piezas del concurso de artes plásticas en Salas fueron realizadas por algunos amigos. Y los directores también aportaron sus trazos. “El cuadro de Rambo hecho a lápiz es de Gastón”, confiesa Cohn. En el libro titulado El ciudadano ilustre, supuestamente escrito por Mantovani y editado en Argentina poco antes del estreno, la descripción que el autor hace de las pinturas es ajustada e impiadosa. “La novela fue escrita por un ghostwriter, un autor argentino de mucho prestigio, muy reconocido, que le entusiasmó la idea”, dice Cohn. “Contamos con la complicidad de Penguin Random House, que la publicó dentro de la colección Premios Nobel”. Y aclara que no, que el escritor fantasma no es Laiseca, quien había cedido un cuento suyo —entonces inédito— como materia prima de su tercera película, Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo (2011), una fábula sobre la mediocridad, donde llevaron su contemplación minuciosa y su predilección por la sátira salvaje a extremos desconcertantes.
Todos estos largos fueron escritos por Andrés Duprat, hermano de Gastón, director del Museo Nacional de Bellas Artes, y pieza clave de la asociación creativa (ver recuadro). La otra figura, agregan los cineastas, es el productor Fernando Sokolowicz.
Cuatro años buscando la locación para dar con Salas, dos escenas que siempre estuvieron en la cabeza (“La entrega del Nobel y cómo filmarla y el video de bienvenida, una especialidad de la casa, estábamos ansiosos por empezar para poder hacerlo”, dice Cohn) y una pregunta que se repite a menudo en las entrevistas: “¿Es esta película un reflejo de la Argentina?”. Respuesta: “Es una reflexión, una mirada posible sobre Argentina, pero al pasarla en Italia, en España, Brasil o Uruguay, nos dimos cuenta de que es universal”. Y agrega: “El regreso de una celebridad a la Argentina después de 40 años daba pie para hablar de otro montón de cosas como el nacionalismo, la vida hermética de un pueblo versus el cosmopolitismo, la creación, la importación de los artistas, lo que tienen que parecer ante los demás, que es un trabajo extra que tienen que realizar, idiosincracias diversas de pueblos argentinos, temas naturales para sumar a la historia principal”.
Sobre los temas, los personajes, las historias y las opciones estéticas que llevan adelante con su socio, Gastón Duprat conversó con Búsqueda.
—¿Cómo fue la creación de Mantovani?
—En un principio el guion hablaba de un escritor muy reconocido. Con Mariano lo llevamos al plano extremo, el Nobel. Hay como un estigma en cierto sector intelectual de Argentina porque nunca se lo dieron a ningún argentino y siempre hubo varios candidatos, como Cortázar o —el más notorio— Borges, que eran mencionados y después no pasaba nada. Borges se burlaba de eso y decía que era algo personal, que cuando se lo dieran iba a ser de él, no de Argentina. Era un escritor que estaba en una categoría tal vez mayor que los que sí ganaban. Sin embargo, por su incorrección política, nunca se lo dieron. La idea era saldar ese vacío de Argentina con el premio Nobel. La construcción se basó en hacer a este escritor en un punto atípico, no el escritor con la chimenea, los papeles desordenados y el gato, sino uno más moderno, que ha sufrido el castigo de este premio, con esa “canonización terminal”. Y trata de luchar contra eso, contra ese estatus que le dio el Nobel, de figura vacía, de busto prácticamente. Diseñamos un tipo muy inconformista y la única manera de recibir el Nobel era haciendo una crítica de eso. Es un personaje que dice cosas para provocar, todo el tiempo, y que a los fines de la película vino muy bien porque genera debate de ideas sobre la literatura, la creación, la política, la política cultural, Argentina, la gente.
—Para el escenario de Salas recorrieron 83 pueblos. ¿Qué buscaban, qué encontraron?
—Estuvimos varios años buscando. Finalmente encontramos Navarro, que queda en la provincia de Buenos Aires, no tan lejos de la capital. Buscamos un pueblo que no estuviera contaminado con carteles, ruidos, cables, que todavía tuviera el tono apacible de un pueblo del interior con esa estructura típica de la plaza central, frente a la municipalidad y la iglesia. Navarro reunía esas condiciones. Incluso hasta el canal de televisión donde le hacen la entrevista es el canal de Navarro.
—El canal de Navarro tiene algo del Canal 3 de Olavarría, de Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo. ¿Qué pasó con esa película? Es casi desconocida.
—Tuvo problemas de todo tipo, desde artísticos hasta logísticos y de distribución. De todas maneras, me gusta muchísimo. La filmamos cuando se estaba estrenando El hombre de al lado, y debíamos hacerla con un plazo, hubo mucha presión. La hicimos de manera muy visceral, sin demasiado análisis, y eso tiene cosas a favor y también en contra. Es singular, muy imperfecta, tal vez no estuvo pensada para la masividad. Hasta hace poco estuvo en Netflix.
—Hay una marca de agua en el cine de ustedes que es colocar a actores popularmente asociados a la comedia y a la TV en papeles oscuros, cuando no siniestros o amenazantes. ¿Por qué?
—Porque tenemos una valoración de la gente de la televisión a la que el cine no les ha dado lugar. Creo que sabemos cómo hacer para que brillen. A Dady lo queríamos desde hace mucho tiempo, fue difícil de convencer, es un tipo muy ocupado y este no es un papel protagónico, pero sí muy importante, la contracara perfecta para Martínez.
—¿Cómo se dividen las tareas?
—En el cine el rol del director es muy amplio. Generalmente los directores delegan mucho, nosotros al ser dos podemos cubrir más. Fotografía y cámara, que es algo esencial, la hacemos nosotros. También están Andrés, el guionista, que trabaja codo a codo, y el productor, Fernando Sokolovich. Es muy grupal, como una banda de rock. Como no somos académicos ni con título universitario de cine, nos inventamos una manera sui generis propia de trabajar. El cine es una estructura generalmente militar, donde hay rasgos y roles muy esquematizados. Nosotros hacemos una cosa un poco más laxa, abierta, que nos permite nutrirnos más de los saberes y opiniones de los demás.
—Como espectadores, ¿qué cine les interesa?
—El cine americano popular: Star Wars, Super 8, Star Trek. Me gusta Spielberg, James Cameron. De Tarantino me gusta todo. De un sector más europeo: Nanni Moretti o algunas películas de los hermanos Dardenne. Tanto a Mariano como a mí nos gusta ver cosas que realmente no sabemos cómo se hacen, que es el cine más industrial estadounidense. Esos directores han demostrado ser los más independientes y a la vez los más industriales: hacen lo que quieren, nadie les dice qué hacer, tienen total libertad temática, estética. Siendo gente de la mega industria, tienen la libertad de un chico. Son ejemplos para nosotros.