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Ella es una rubia bonita de sonrisa cándida que sueña con “encontrarse a sí misma” a través de un costoso seminario de autoayuda. Pero mientras espera que se cumpla su sueño, continúa viviendo en Luverne, un pequeño pueblo de Minnesota en Dakota del Sur, donde es peluquera en un salón de belleza. Aparentemente la vida de Peggy Blumquist (Kirsten Dunst) no tiene complicaciones, salvo, claro, que alguien investigue en el atiborrado sótano de su casa. Su esposo es Ed Blumquist (Jesse Plemons), también un rubio de sonrisa cándida que aspira a ser el propietario de la carnicería de Luverne, donde trabaja. Pero un día abre la puerta de su garaje, se le borra la sonrisa y comienza a mirar con otros ojos a su esposa.
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Ed y Peggy son personajes de la segunda temporada de Fargo, una de las mejores series de 2015, transmitida por el canal FX y Direct TV. En esta “historia coral”, en la que todos son protagonistas, los Blumquist tienen una importancia particular: son los pueblerinos torpes que quieren tapar sus torpezas, pero cada vez se hunden más y lo único que generan es abundante sangre y mucho humor negro, dos condimentos esenciales en Fargo.
Pero además el matrimonio tiene muy mala liga. Sus acciones los ponen en la mira de una familia mafiosa en decadencia, los Gerhardt, enfrentada a la mafia en ascenso de Kansas City, que quiere apoderarse de su negocio y se maneja a través de fuertes corporaciones.
Esta nueva temporada lo vuelve a tener todo: un elenco de lujo que interpreta personajes variados, desde amigables comerciantes hasta seres brutales; un guión lúcido y creativo, a cargo, como en la primera temporada, de Noah Hawley; una atractiva fotografía con calles despobladas y paisajes rurales cubiertos de nieve y una banda sonora con música de los 60 y 70, piezas de jazz, spirituals o temas de Pink Floyd, Jethro Tull y hasta El amor brujo de Manuel de Falla. Y lo más importante: detrás de estos renovados diez capítulos está el espíritu de Ethan y Joel Coen (productores ejecutivos) con guiñadas a varias de sus películas, sobre todo a la premiada y ya clásica Fargo de 1996.
Pero ahora Fargo logra alejarse, con gran éxito, de la trama de la película original y de la primera temporada de la serie, que ocurría en 2006. La historia se traslada a 1979 y se concentra en los hechos sangrientos ocurridos en la pequeña localidad de Sioux Falls, que son investigados por el policía Lou Solverson (Patrick Wilson) y su jefe y suegro Hank Larsson (Ted Danson). Quienes vieron la primera temporada saben que estos acontecimientos dejaron huella en Solverson y que a partir de ellos y de la muerte de su esposa decidió retirarse para cuidar a su hija Molly.
En esta temporada Molly es una niña pequeña, pero ya se sabe que llegará a ser una policía arriesgada, y su madre Betsy (Cristin Milioti) está enferma de cáncer.
Patrick Wilson, nominado a un Globo de Oro por esta actuación, interpreta con naturalidad a Solverson, un hombre calmo pero torturado por lo que vivió en la guerra de Vietnam y por la enfermedad de su esposa. Hace una muy buena dupla con el personaje de Danson, un actor que cuando aparece se impone en la pantalla.
Además de investigar los asesinatos que se van acumulando en su jurisdicción, Solverson tiene que custodiar al mismísimo Ronald Reagan (Bruce Campbell, con un asombroso parecido con el Reagan verdadero), quien está en el lugar de gira por su campaña electoral. El nombre de quien sería el presidente de Estados Unidos queda sonando como un eco lejano en toda la serie. No en vano, en el primer capítulo aparece una parodia del rodaje de Masacre en Sioux Falls, una película inventada en blanco y negro, cuyo protagonista es, justamente, el actor Ronald Reagan, que nunca aparece porque “está al salir”.
Hay un diálogo memorable entre el policía y el candidato mientras orinan en un baño de carretera. Solverson intenta hablar con Reagan sobre la enfermedad del mundo y de cómo salir de ella. “Hijo, no hay desafío en esta Tierra de Dios que un americano no pueda superar”, le contesta Reagan con gesto y palabras de candidato. Pero el bueno de Solverson queda insatisfecho y le pregunta: “Sí, ¿pero cómo?”. Entonces Reagan lo mira de arriba abajo, se moja los labios con la lengua y sale del baño sin respuesta.
“Esta es una historia verdadera. Los acontecimientos descritos ocurrieron en Minnesota en 1979. A pedido de los sobrevivientes, los nombres han sido cambiados. Por respeto a los muertos, el resto se ha relatado tal y como ocurrió”. La misma leyenda con otro lugar y otra fecha aparecía en la película Fargo y en el inicio de cada capítulo de la serie. Y el juego con las historias “basadas en hechos reales” se acentúa en esta temporada con imágenes documentales de acontecimientos de los 70 en Estados Unidos.
Hacer una nueva Fargo fue toda una audacia después del éxito de la primera temporada en la que Billy Bob Thornton descollaba como el psicópata Lorne Malvo. Ahora no hay un psicópata suelto, sino dos grupos de mafiosos, con sus diferentes grados de locura y sadismo, que se mueven más o menos con los mismos códigos de todos los mafiosos. Lo original está, por un lado, en el armado de relojería de la narración, que nunca pierde el ritmo y que en algún momento se proyecta en el tiempo y muestra a Molly adulta en una cena familiar con su padre (Keith Carradine, el Solverson de la primera temporada). En otros momentos, la pantalla se divide en dos o en tres y la narración se presenta con escenas simultáneas. Así, mientras Reagan está dando un trillado discurso sobre las bondades de los Estados Unidos, se muestra una de las matanzas más terribles entre los grupos enfrentados.
Por otro lado, lo más atractivo de esta temporada son los personajes, y hay que detenerse primero en las figuras femeninas. Kirsten Dunst, también nominada a un Globo de Oro, le brinda a la peluquera naïve, charlatana y soñadora, una complejidad inesperada, llena de matices y emociones, que pasa del miedo a la ferocidad, de la inconsciencia al sufrimiento profundo. Y también está Floyd Gerhardt (Jean Smart), jefa del clan familiar, quien trata de mantener a raya a sus tres hijos luego de la muerte de su marido. Smart le pone garra a esta mujer que debe lidiar en un ámbito masculino y proteger el honor de la familia. Porque a los Gerhardt les importa el poder, pero lo primero es la sangre, y si hay que hacer justicia o enderezar a alguno, allí está Hanzee Dent (Zahn McClarnon), un indio adoptado desde niño que se mueve con frialdad y sin piedad cuando le dan una orden, sobre todo si viene de Dodd (Jeffrey Donovan), uno de los hermanos más temibles.
Sus contrincantes de Kansas City tienen figuras más estrafalarias, como una pareja de gemelos que no hablan, aunque no queda claro si son mudos, y están a las órdenes del refinado Mike Miligan (Bokeen Woodbine), quien maneja los hilos sin que la sangre lo salpique.
Pero Fargo se va nutriendo de pequeños y sabrosos ingredientes que le dan ese toque “a lo Coen”: una adolescente que lee a Camus mientras trabaja en la carnicería, un abogado chiflado por la guerra de Corea que suele darles discursos a los parroquianos del bar (genial Nick Offerman en este papel) y tiene sus minutos de grandeza. También hay unos dedos que salen rodando en el momento menos oportuno, una corbata que sobresale como una cruz en medio del cemento, una cabeza de cabello sedoso dentro de una caja y un plato volador que ilumina la nevada noche de Minnesota cerca del bar Waffle Hut, donde se produce el primer gran desastre. Porque como dice Karl, el veterano de Corea: “Así es como empieza todo, con algo insignificante”.
A todo esto, Fargo es una ciudad real de Dakota del Norte que se nombra al pasar en la serie. Pero todos saben que allí se aloja lo más pesado y que estar en problemas con Fargo es terminar en medio de un charco de sangre, o tal vez convertirse en personaje de una nueva temporada.