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    La permanencia de lo efímero

    Enrique Sosa Gabarain creó la única colección de teatro uruguayo filmado con alrededor de 600 grabaciones

    Es bien conocido para la gente vinculada al teatro. Médico de profesión y cultor del arte, Enrique Sosa Gabarain recibió el 16 de noviembre en el Centro Cultural Brussa una placa y un Florencio como reconocimiento de los teatreros por crear el único archivo fílmico de obras de teatro en Uruguay, una actividad que mantiene desde hace 25 años. Además de fotografías, Sosa guarda alrededor de 600 copias de obras teatrales filmadas desde 1990. El texto de la placa refleja su vínculo con los artistas: “Gente de teatro, actrices, actores, músicos, escenógrafos, diseñadores, coreógrafos, iluminadores y directores: todos en reconocimiento de Enrique Sosa por su generosa entrega de amor hacia nuestro trabajo”. Como sorpresa, el actor Leandro Núñez le entregó un auténtico Florencio. “Mi cariño por ellos llegó a buen puerto. Yo lo considero un préstamo por unos años: esto fue ganado y tiene su historia, pertenece al elenco de El tiempo todo entero”. El impulso del homenaje nació de Pepe Vázquez e Isabel Legarra.

    Mariana Percovich, actual directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo, valoró el archivo de Sosa. “Es una persona muy querida y respetada, un hombre culto y amante y amigo del teatro. Sus registros documentales son un material invaluable, ya que es memoria de diversas épocas del teatro, desde el pulso nervioso de su cámara y su mirada personal. Desde el Centro de Investigación, Documentación y Difusión de las Artes Escénicas (Ciddae) y el Teatro Solís hay interés en seguir incorporando su archivo a la memoria de la escena nacional. Hay mucho material allí para aporte de investigaciones futuras”, comentó a Búsqueda.

    Dos actividades centraron la vida de Enrique Sosa: la obstetricia y el gusto por el teatro. “Desde chiquilín me gustaba sacar fotografías con una maquinita de plástico que tenía y aún conservo, junto a algunas fotitos chiquititas”. Como “un placer compartido”, así define su colección. “Me gusta mucho el presente y a pesar de que el mundo me dice que no hay que tomar en cuenta el pasado, para mí es un gran apoyo, porque momento preservado es momento ganado. Mirando las fotos de mi pasado me doy cuenta de que si no existieran, mi capacidad de memoria no sería tan importante como para mantener el recuerdo de la vivencia, como sí lo logra la fotografía o el video”.

    Desde la juventud, el médico se convirtió en el encargado autoproclamado de sacar fotos. El paso siguiente fue comenzar a revelarlas con unos amigos que instalaron un laboratorio en la casa. “Empecé a aprender a revelar y a ampliar, lo que me dio una visión fotográfica de la vida”. Hasta que en 1990 un amigo le regaló una cámara de mano para filmar, porque estaban “cansados de ver fotografías o diapositivas”, contó Sosa.

    Las películas duraban escasos tres minutos, que se podían ver después de mandarlas a revelar por correo a París, luego de dos meses de travesía de ida y vuelta. “A casa llegaban tres minutos de filmación y en tiempos de riqueza, seis minutos”, bromea Sosa. “Los disfrutábamos mucho, los mostrábamos y los volvíamos a ver una y otra vez: eran tiempos de compartir en familia y con amigos”.

    En la casa paterna le facilitaron libros y acceso a producciones artísticas, con lo que se fue convirtiendo en fanático de la ópera, la música clásica, el teatro, el ballet, la literatura y las artes plásticas.

    “Empecé a ir al teatro en un momento muy efervescente, durante los años 50. La Comedia ya se había afirmado, contaba con grandes valores y tenía en formación a quienes se convirtieron en personas importantes en el teatro uruguayo”. Un día cualquiera recibió el llamado del director Eduardo Schinca para pedirle que grabara un spot de la obra Las Troyanas. Aclarando que no tenía experiencia en esa tarea, Sosa la grabó entera, maravillado con esa primera experiencia. “Era un elenco del que aún hoy tengo grandes amigos, con personalidades que están muy justamente valoradas como gente que dio lo mejor al teatro”.

    Así se fueron sumando obras filmadas, siempre con el condimento de la amistad y el cariño. “Me fueron abriendo las puertas, puertas que siguen abiertas. Soy uno más en la familia de la Comedia. Me siento muy a gusto en el Circular, en El Galpón, en la Alianza, en el Teatro Victoria”.

    Sosa disfruta filmando tanto trabajos de realizadores establecidos como creaciones de figuras que comienzan a emerger. “Me gusta filmar los fines de cursos de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático y de profesores como Levón, Ricardo Beiro o Jorge Denevi, porque eligen obras interesantes, que sirven para desplegar el histrionismo y preparar a los actores. Me he llevado sorpresas muy gratas viendo evolucionar a esos jóvenes que después ingresaron a los circuitos teatrales”.

    Además de guardar en estantes los DVD que antes fueron VHS, Sosa tiene en las paredes un muestrario personal selecto de fotos de artistas de ahora y de antes: en blanco y negro, en color, autografiadas, tomadas por él o por otros. Hay de la ópera La Traviata de María Borges, de Margot Fonteyn y Attilio Labis en Montevideo, de Margarita Xirgu, María Casares, Estela Medina, Delfi Galbiati y Alejandro Martínez, y también de su “muy querida” Nidia Telles. Se puede ver a un jovencísimo Roberto Jones. O fotos de Gatomaquia, de Roberto Fontana y Fernando Amaral. “Además de grandes actores son grandes amigos”, acota Sosa. Y sigue mostrando fotos del Teatro Colón, de los inicios del Club de Teatro con Taco Larreta y Ducho Sfeir, de Armando Halty, Susana Rinaldi, Jacobo Langsner y Mario Morgan. Y los nombres continúan, en álbumes gruesos repletos de imágenes del teatro, el ballet y los camarines.

    Su acervo personal contiene piezas únicas. Impecablemente enmarcado, Sosa muestra un programa del Solís de 1896, impreso en satén, ofreciendo el espectáculo de la hermosa Geraldine, con su “danza serpentina” y “su trapecio oscilante”. “En ningún momento me planteé hacer una colección sino simplemente conservar cosas que me gustaban, con afán de memoria”, aclara.

    El archivo fílmico incluye obras de Percovich y de Roberto Suárez. “Claro que sí: es como con las figuritas: ‘¿La tenés, la tenés?’. Tengo El cuartito azul de Percovich, que me pareció fantástica. También hay grabaciones del grupo Complot, de Gabriel Calderón y Sergio Blanco. Me interesa todo: nada de lo humano me es ajeno. Lo que no quiere decir que mis fibras internas no vibren más con determinado tipo de obra o personalidad artística. Tengo apertura mental para ver todo y moverme en una gama muy amplia”.

    En ciertos lugares no ha podido grabar porque las autoridades pertinentes no lo dejaron. Graba toda la obra, de principio a fin. “Esto fue creciendo solo. A veces me preguntan por un material, argumentando que tengo todo. No es cierto: no lo tengo todo. Mi camino se hizo solo: yendo cuando alguien debutaba, a un final de carrera, o a una obra que me gustaba”. Sosa respalda la filmación en un DVD y a la semana siguiente entrega una copia a cada integrante del elenco y la dirección. “Porque, en definitiva, ellos son los dueños”.

    Algunos la reciben con beneplácito. Otros ven la filmación, opinan que ese día fue terrible y piden un nuevo registro. Y otros la ven cuando la obra baja de cartel, para que no interfiera con el personaje. “Aunque no me lo digan, estoy seguro de que algunos no miran nunca la copia. Las cosas son efímeras, como la vida. El registro consiste en guardar algo que hoy está y mañana no. Mi carrera en realidad no fue registrar sino crear: traer bebés al mundo, conversar con mis pacientes e interiorizarme de sus problemas. El humanismo ha regido todo en mi vida”.

    A esta altura del camino, Sosa quiere definir el destino de este archivo. “Qué pasará cuando yo abandone este planeta, porque voy a volver de alguna manera, viendo qué están haciendo todos mis amigos y les voy a dar indicaciones (risas). No quiero que esto que hice como acto de amor y admiración por el trabajo de otros, signifique la ganancia económica de terceros. Por eso les tengo miedo a los lugares que lo acojan, porque pueden cambiar con cada gobierno”.

    Sosa tampoco desea problemas jurídicos. Está en trámite la entrega del archivo al Ciddae, que resolvería estos detalles y lo ofrecería al público gratuitamente, para provecho de estudiantes e investigadores.

    Sosa a la vez piensa en la continuidad de su proyecto y tira el guante a quien quiera recogerlo. “Quisiera que alguien agarre una camarita y salga al ruedo, no con el afán de lucrar sino de registrar y resguardar”.

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