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    La piel del dolor

    Strong Island, documental premiado en Netflix

    Los Ford eran una familia negra de clase media formada por William Ford padre, empleado de una ferroviaria, su mujer Barbara Dunmore, maestra, y sus tres hijos William, Lauren y Yance. Al comienzo vivieron en Charleston, Carolina del Sur; luego se mudaron a un apartamento en Brooklyn, Nueva York, hasta que la familia creció y resolvieron trasladarse a una casa en la zona de Central Islip, en Long Island, en una urbanización nueva donde estaban claramente delimitadas las zonas de los negros y los blancos. Este es un primer dato de la acechanza discriminatoria: en su periplo, los Ford se vienen corriendo de Sur a Norte, con la esperanza de convivir normalmente; sin embargo, terminan —contra la voluntad de Barbara— en un gueto más bonito, pero gueto al fin. En ese lugar, en abril de 1992, William Ford hijo, un maestro de 24 años, fue muerto de un balazo por Mark Reilly, un mecánico blanco de 19 años. Aunque Ford no estaba armado, se convirtió en el principal sospechoso de su propio asesinato, mientras que un Gran Jurado no encontró mérito para enjuiciar a Reilly.

    Strong Island (EE. UU., 2017) estreno reciente en Netflix, es la crónica de ese hecho pero es principalmente la indagación en la intimidad de esa familia negra y de su paulatino desmoronamiento después del crimen.

    En relación con el aspecto judicial del caso, hay que advertir al espectador lego que en el derecho norteamericano, además del jurado común donde, en un proceso penal, una docena de personas resuelven si el acusado es culpable o inocente, existe el gran jurado, un órgano integrado por hasta 23 personas, ante el que se lleva a cabo un procedimiento previo y secreto para decidir, luego de oír al fiscal, al acusado y a los testigos, si debe o no iniciarse un proceso penal por un delito mayor contra el acusado. Los procedimientos ante este órgano se realizan en secreto, para alentar a los testigos a que testifiquen libremente y para proteger la reputación del posible acusado, en caso de que el gran jurado determine no realizar una acusación.

    A Mark Reilly, quien disparó contra William Ford, el gran jurado decidió no iniciarle un proceso por homicidio porque entendió que había actuado en legítima defensa. En el lugar del hecho no había testigos. Los más cercanos —un amigo de Reilly y uno de Ford— se encontraban en la calle a pocos metros pero fuera del lugar donde se efectuó el disparo. La decisión del gran jurado, ¿fue correcta o fue una injusticia producto del racismo imperante en ese país?

    El documental no pretende ser objetivo —está dirigido por Yance Ford, hermana menor de la víctima—, pero tampoco pretende analizar técnicamente los aspectos del procedimiento policial o judicial. En realidad, su objeto es el dolor producido en la familia por la pérdida. Naturalmente, Yance muestra que su hermano era un muchacho correcto y “limpio”: se había postulado para un cargo de oficial de policía; contribuyó a detener a un delincuente que había rapiñado a un funcionario judicial; no iba armado cuando Reilly le disparó.

    En la autopsia no encontraron ninguna sustancia anormal en ninguna parte de su cuerpo. Todo esto habla bien de William y de paso cuestiona la justificación de la legítima defensa esgrimida por el gran jurado. Pero si estas cuestiones y otras hacen que la película de alguna forma se incline por la tesis de la injusticia racista imperante en el sistema, quedarse solo con esa idea sería una conclusión apresurada y equivocada porque la película es más que eso.

    En la construcción del relato y en la búsqueda desesperada por ver cómo podría haberse evitado lo que ocurrió, primero Barbara se reprocha haberle inculcado a su hijo juzgar al prójimo por su carácter y no por el color de su piel, como si la enseñanza contraria pudiera haberlo resguardado más de que le pasara lo que le pasó. Confesión dolorosa que habla por sí sola de lo que es la cuestión racial en ese país. Luego, a su turno, Yance encontrará un detalle relacionado con algo que ella no hizo en su momento, que la llena de dudas y de una posible culpa indirecta en la muerte de su hermano. Al principio es un autorreproche hipotético fruto de la desesperación, pero la tragedia se desencadenará hacia el final cuando sus averiguaciones confirmen la exactitud de ese argumento contrafáctico y deba admitir en un llanto desesperado que su omisión pudo haber favorecido el no enjuiciamiento del asesino. Hay entonces en el documental no solo un alegato antirracista, sino también una catarsis familiar de enorme crudeza y valentía, que le confiere al relato un vuelo dramático que sobrepasa lo que podría haber sido solo un testimonio más de una triste realidad social.

    Por otra parte, el documental es de un gran despojamiento. La historia se va armando mientras la cuentan la madre, Barbara, y la propia Yance. La cámara enfoca a menudo esos rostros en primer plano. Lo que dicen esas voces y muchas veces su silencio, se va componiendo con imágenes de algún video familiar pero sobre todo de fotos en papel, que las manos de Yance colocan nerviosamente una y otra vez sobre una mesa, como si estuviera pegándolas en la hoja de un álbum. Ese despojamiento contribuye a potenciar momentos de gran emotividad en los relatos de madre e hija, conformando así una película profundamente reflexiva en la que el dolor de la pérdida puede tocarse con la mano.

    La película se cierra magistralmente, primero con una cámara fija que registra desde lejos la casa de la familia bajo las últimas luces de una tarde, con las nubes al principio rosadas por los restos del sol y poco a poco grises y oscuras por el comienzo de la noche. Luego un primer plano de Yance cavilosa, moviendo fotos familiares sobre la mesa. De pronto, un contraste violento con el estallido eufórico y feliz de Ray Charles cantando en off Let the Good Times Roll, mientras aparecen los créditos. Notable.