• Cotizaciones
    sábado 21 de febrero de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    La reina en su laberinto

    Hace diez años La reina (Gran Bretaña, 2006) exploraba, bajo la dirección de Stephen Frears, la reacción de la familia real británica y del primer ministro Tony Blair ante la sorpresiva muerte de la princesa Diana en un accidente automovilístico en París. Al margen de la absorbente y brillante actuación de Helen Mirren, el filme sorprendía por la mirada penetrante al ambiente de la realeza y de la política y a la psicología de los principales personajes involucrados. Diez años después, The Crown (EEUU-Gran Bretaña, 2016), la serie producida y estrenada por Netflix en noviembre último, con diez episodios en su primera temporada, provoca un impacto idéntico al repetir la observación inteligente y profunda de situaciones y personajes. No es casualidad: el guion de La Reina y la creación de The Crown son obra de Peter Morgan, guionista y dramaturgo inglés con notoria inclinación hacia la política interna e internacional de su país. Es bastante previsible que una cabeza y una pluma de la fineza de Morgan, acompañada con un presupuesto más que millonario, den a luz un producto tan redondo en todas sus aristas.

    Esta primera temporada abarca solo nueve años de historia. Empieza en 1947 con la boda de Isabel II y Felipe de Edimburgo, a quien previamente el rey hace de apuro caballero, conde y duque. Felipe es retratado como un hombre más bien tonto, no preparado para ser el marido de una reina. Sin embargo, debe reconocérsele el acierto de haber convencido a su esposa de televisar al mundo entero la ceremonia de coronación. Nunca la monarquía británica tuvo una hora más globalmente gloriosa. La primera temporada termina con el envío de Felipe a las Olimpíadas de Melbourne en 1956, en representación de la Corona, mientras la Reina se queda en casa tratando de resolver el berrodo del pretendido matrimonio de su hermana Margarita con el divorciado Peter Townsend.

    La narración avanza de forma cronológica con la inserción de flash­backs esclarecedores sobre otras cuestiones: el cimbronazo de la abdicación de Eduardo VIII; la Isabel adolescente en la relación con su padre, el rey Jorge VI; la instrucción que como futura reina recibió del vicerrector de Eaton; los celos entre las hermanas Isabel y Margarita de alguna forma alimentados por la infeliz y repetida frase de su padre: “Isabel es mi orgullo, pero Margarita es mi alegría”. Un descubrimiento en el elenco: Verity Russell es la joven que encarna a Isabel adolescente. Solo aparece en cuatro episodios, pero es suficiente para apreciar la intensidad en la mirada de esa niña.

    Quienes piensen que The Crown es un folletín de lujo sobre las excentricidades y frivolidades de la casa real se equivocan de palo a palo. La serie es un producto de enorme inteligencia y fineza que nos enseña sobre la realeza, su tradición, sus resortes y su relación con la política, pero que además nos envuelve en las emociones, miserias y alegrías de esos seres siempre sobrios y a veces acartonados, pero humanos al fin.

    Son innumerables las sutilezas del libreto: cómo apenas muerto Jorge VI la reina Mary, su madre, se arrodilla frente a su nieta Isabel, que por la muerte de su padre ya es reina, aunque aún no esté sepultado el muerto ni ella haya sido coronada; la superficialidad de la reina madre al analizar con Isabel una noticia sobre Einstein en el periódico; la inquietud de la reina por instruirse para estar a tono en las audiencias con los integrantes del Gabinete, “harta ya de derivar siempre la conversación a los caballos y los perros”; la desazón de la reina, que es una entusiasta de los pura sangre, cuando se entera de que su profesor de cultura general apostó a un caballo no por su genética sino porque le gustó el nombre; el consejo que este profesor da a la reina para decidirla a amonestar nada menos que a Lord Salisbury y Winston Churchill: “Son hombres, son ingleses y pertenecen a la alta sociedad; les encanta ser reprendidos por su niñera”.

    No todo es boato, circunspección y alta política. El libreto también incursiona en las transacciones cotidianas sobre temas si se quiere más baladíes: la reina pacta con Felipe la emisión televisiva de su coronación a cambio de que este en la ceremonia se arrodille ante ella; Churchill pacta con el duque de Windsor que si convence a su sobrina Isabel para que se mude al Palacio de Buck­ingham, él convencerá a la reina de que le siga pasando la pensión a su tío; la reina evita complicarle la vida a Churchill cuando el episodio de “la gran niebla”, en Londres, a cambio de que este convenza al Gabinete de autorizar a Felipe a practicar como piloto aéreo. Un toma y daca constante y elegante.

    Quizás la sutileza más notable es cómo el enfrentamiento de Isabel con Churchill y Salisbury es resuelto por la reina acudiendo a su cuaderno de apuntes de las clases de Derecho Constitucional que recibía cuando adolescente, como alumna externa del Colegio Eaton. Allí, en apenas dos renglones, está la solución entre la parte “eficiente” de la Constitución, que es el gobierno, y la parte “solemne” de la misma, que es la Corona. Es la confirmación en los hechos de que lo que a ella se le ha enseñado es lo imprescindible que debe saber una futura reina. Y es también la demostración de que los problemas en apariencia más graves tienen la solución en la letra grande de los principios generales y no en la letra chica de las ampliaciones y bifurcaciones de aquellas reglas.

    Hay también otros lujos: una impresionante fotografía, sobre todo de los interiores del palacio, en cuyos salones semioscuros conviven la luz de las arañas encendidas y la luz natural que se cuela por las ventanas, dando al conjunto un contraste de color de gran belleza y plasticidad. Una notable elección y uso de la música: cuando el relato se ocupa del amor entre Isabel y Felipe, entre Eduardo y Wally Simpson y entre Margarita y Peter Townsend, la banda sonora se inunda con el Preludio de amor de Tristán e Isolda, de Wagner; cuando la muerte acecha en 1952 con “la gran niebla”, las imágenes se estremecen con el Réquiem de Mozart; cuando Churchill y su retratista intercambian dolorosas confesiones íntimas, suena impresionante el aria de Purcell La canción del frío, de su ópera Rey Arturo.

    Y por supuesto, el lujo del elenco. Elegimos a tres: Claire Foy es notable como Isabel II, en esa lucha interior entre el aspecto humano y el aspecto divino de su condición. La dureza de su rostro es solo aparente; sus ojos generalmente delatan lo que pasa por su cabeza pero lo estricto de las normas no le permite hacer o decir. Pip Torrens es Tommy Lascelles, secretario privado de Jorge VI y luego de Isabel II. Es el secretario perfecto, aplomado, helado, adusto, conocedor de las leyes y de los vericuetos entre ellas. Al comienzo parece un enemigo de la reina, pero a medida que la serie transcurre se va transformando en un aliado confiable y casi imprescindible. Finalmente, un secretario que cualquiera pagaría por tener. Y quien se lleva las palmas es John Lithgow como Winston Churchill. Su presencia es apabullante. Su voz, su resoplido, su impertinencia, su olfato político y su ternura, todo eso junto construye un personaje de potencia inusual. Algunas perlas difíciles de olvidar: su disgusto cuando es reprendido por la reina; el discurso de su 80 cumpleaños; su última audiencia con la reina y quizás la más notable y conmovedora escena de la serie, cuando un inclemente y prolongado primer plano registra la confesión de su dolor de padre al retratista que lo está pintando. Enorme.

    Los 120 millones de dólares que se ha dicho costará la serie, es una estimación hecha para dos temporadas de diez episodios cada una. Pero el señor Peter Morgan declaró que su plan inicial abarca seis temporadas. Si mantiene este nivel, ajústense los cinturones.

    Vida Cultural
    2016-12-15T00:00:00

    // Leer el objeto desde localStorage