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Las palabras de Buda, nombre que se le dio al príncipe indio Siddhartha Gautama (563 y 483 a.C.), una vez alcanzada la iluminación, han sido, a lo largo del tiempo, ajustadas al estilo, las necesidades y las modas de cada época. Lo que hoy transmiten algunos gurús en best sellers lo practicó Gautama hace más de dos mil años. Los nuevos gurús visten viejos versos con nuevos ropajes. No está mal que así sea. Aunque, si existe la posibilidad de acercarse a la fuente, mejor.
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Dhammapada (Random House Mondadori, edición bilingüe de 251 páginas, $ 290) es el título de la compilación, posiblemente realizada durante el siglo III a.C., de las enseñanzas que Buda (que significa “el despierto” o “el iluminado”, no refiere a una deidad creadora) compartió con sus discípulos. Está ordenado en 423 versos sencillos que hablan del origen del sufrimiento, de las leyes que gobiernan la vida y de la naturaleza inquieta de la mente (“Nuestra vida es creación de nuestros pensamientos”). No da órdenes ni se adentra en territorios metafísicos. Buda recorre un camino y se expresa a partir de esa experiencia sobre los placeres pasajeros, el ego, la libertad, la atención y el igualador social por excelencia: la muerte.
En el prólogo, a cargo del eminente Juan Mascaró, autor de la traducción original del pali al inglés (y traductor del Bhagavad Gita y los Upanishads, textos fundamentales del hinduísmo) rescata una antigua historia de un militar que realizó un largo viaje para que un discípulo de Buda le enseñe su mensaje. “No hagas el mal. Haz el bien. Mantén puros tus pensamientos. Esa es la enseñanza de Buda”, dijo el discípulo. “¿Eso es todo?”, respondió el militar. “Cualquier niño de cinco años lo sabe”. Respuesta: “Puede que sí, pero pocos hombres de ochenta saben practicarlo”. Muchos versos de este clásico pueden verse como algo que cualquier niño lo sabe. Al recorrerlos, además de escuchar una voz que habla desde el amor, también se descubre que para practicarlos se necesita de esfuerzo, disciplina y autocontrol.