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    La única ofrenda de esta misa

    El escritor argentino Pablo Ramos estuvo en la Feria del Libro

    Sentarse frente a una máquina de escribir y pulsar las teclas con furia es un acto de supervivencia. Su obra es tan autorreferencial que, al hablar de ella, es imposible no hablar de su vida y decir que, mientras da la entrevista el jueves 6, su hermano, adicto a las drogas con el mismo ímpetu que él, casi muere en un hospital debido a un accidente de auto, tras haber consumido el día anterior.

    Pablo Ramos (Avellaneda, 1966), el escritor que sin haber terminado la escuela triunfó en el mundo de las letras, ese tipo algo prepotente que gana premios y becas en el extranjero, que fue un empresario lleno de dinero, que estuvo preso y trabajó en un prostíbulo, al hablar del tema se quiebra y dice con una voz tan baja que casi no se puede oír: “Me gustaría mucho poder arreglar, pero no puedo... no sé qué hacer y eso me aterra. ¿Y ahí Dios dónde está? No está, estás solo. Es una falta profunda de fe lo que me lleva a una fobia y a un sinsentido de lo que hago, a un sinsentido de lo que soy. Cuando no tengo a Dios tengo tres whiskies que me tomé a las tres de la mañana en el aeropuerto para poder subirme al avión, porque de lo contrario no me subía”.

    Pablo Ramos. Foto: Nicolás Der Agopián

    Lo único que puede hacer es dosificar el dolor, acomodar el alma con el arte, con palabras que sudan alcohol igual que él. Ese es su Dios. Y de eso se trata, en parte, Hasta que puedas quererte solo (Alfaguara, 2016), su último libro, que se basa en crónicas que nacen a partir de los doce pasos de Narcóticos y Alcohólicos Anónimos, un programa para tratar las adicciones.

    La prosa de Ramos es extrema. Sus libros hablan de un suicida que toma ácido y se deforma la cara; de una prostituta que termina con una botella incrustada en el cuello; de cirrosis y ternura, ternura pura, palabras que, pese a todo, no dejan tirado al lector y abren una grieta por donde se cuela una luz, pequeña pero potente, que logra teñir de esperanza las tinieblas, la oscuridad que ahoga.

    Trabajaste en un almacén, en el puerto, de cadete y hasta en un prostíbulo, por mencionar solo algunos ejemplos. Hace poco, en una entrevista te definiste como un “escritor de la clase trabajadora”. ¿Ser escritor es un oficio como cualquier otro?

    —No. Ser escritor es el primer trabajo que tengo que es constitutivo, que me da una manera de ser en el mundo, cosa que trabajar en un almacén no me daba, ponele. Me transformé en un hombre que escribe, que ordena y encara la vida de otra manera. ¿Cómo explicártelo? Me brinda la capacidad de ordenar las heridas y de salir al juego de una manera más tierna. Soy una persona con mucha tendencia a desequilibrarme. Cualquier cosa que pasa, como con lo que pasó ahora con mi hermano, no me deja seguir. No tengo capacidad de seguir frente a las cosas graves. A veces frente a las cosas buenas tampoco. Cuando escribo es eso que dice Santa Teresa: “Las palabras llegan a las acciones, alistan el alma, la ordenan y la muevan hacia la ternura”. Pasa exactamente ese proceso.

    ¿Pensás que cualquiera puede escribir sin tener una formación superior?

    —No. Cualquier laburante no puede escribir, como cualquier laburante no puede manejar un avión o un torno. Cada persona está hecha para algo. Ahora, que todas las personas deberían escribir, no me cabe la menor duda. Si todas las personas escribieran o llevaran un diario personal, su vida se ordenaría. No digo que todo sea publicable, pero antes, la gente tenía una relación con su diario personal, que ahora perdió con todas las distracciones que hay.

    Empezaste a escribir con 35 años, me imagino que no siempre pensaste que podías dedicarte a escribir...

    —Nunca pensé que podía escribir. Cada vez que empiezo un libro creo que no lo voy a poder terminar.

    No terminaste la educación secundaria...

    —Ni la primaria...

    ¿Te sentiste juzgado alguna vez por otros escritores por ese motivo?

    —No, porque no voy a los círculos de escritores ni a la Feria del Libro de Buenos Aires. No me siento juzgado pero aprendí la lección del juicio que le hicieron a Roberto Arlt. Roberto Arlt se la pasó hablando de esa no formación que él tenía y terminaron injustamente juzgándolo. Yo no tengo fisuras en mi lectura. Me dediqué a leer muchísimo. Entonces, si alguien tiene algún prejuicio, lo venzo con mi escritura y con mi discurso. Esas son mis herramientas. Creo que, aparte de ser un escritor potente, tengo una evolución en el lenguaje cada vez mayor. Voy refinando mi escritura, la voy controlando cada vez más. No te digo que la tenga del todo dominada, pero la voy controlando cada vez más.

    Cuando decís que hubo escritores que criticaron a Arlt, ¿te referís a Mario Vargas Llosa?

    —Sí, a ese libro de mierda que escribió (El viaje a la ficción, un libro sobre Onetti en el que también indaga sobre su relación con Roberto Arlt). Entendió mal a Onetti. Bueno, Vargas Llosa no entiende nada. Escribe muy bien, pero se convirtió en un pelotudo importante. Se arrepintió de ser de izquierda. Habla raro de una persona arrepentirse de una utopía. Por lo menos, podés cambiar de ideas, pero arrepentirte de haber sido utópico... habla de un espíritu raro. Aparte, no leí nada de él que me conmoviera. Nunca.

    En tus primeras dos novelas, El origen de la tristeza y La ley de la ferocidad, el personaje principal, muy autorreferencial, era Gabriel Reyes. En la tercera, En cinco minutos levántate, María, era María, y ahora, en Hasta que puedas quererte solo, sos vos mismo. ¿Cómo fue el proceso de construir esas tres voces diferentes?

    —Es un trabajo espiritual, sobre todo un proceso de corrección, de ajustar y entender al personaje, de ponerte en él y saber cómo hablaría. No solo qué palabras usaría, sino qué estructura gramatical usaría. Creo que el lenguaje es la frontera exterior de la forma literaria. Uno escribe hacia el lenguaje, no desde el lenguaje. Escribe desde el personaje hacia el lenguaje. Cuando logra esa gramática propia, del personaje, se tiene el libro terminado, y ese es el proceso, para mí, espiritual, de mi interior.

    ¿Te sentiste desprotegido al hablar desde Pablo Ramos?

    —Perdí la protección del “yo” literario, quedé completamente desnudo frente al lector. Desnudo antes de hablar. Desnudo y sin nada que ofrecer... hasta que empiezo a ofrecer de a poco la palabra, que es la única ofrenda de esta misa.

    En tus libros anteriores había referencias al catolicismo, pero también críticas bastante duras, como en La ley de la ferocidad. En Hasta que… parece que hubo un nuevo acercamiento…

    —Es que los Doce Pasos obligan a reflexionar sobre Dios, sobre un poder superior, porque es lo que proponen los pasos de Alcohólicos y Narcóticos Anónimos. Entonces, claro, salió mi educación católica, que también es crítica. Leo sobre todas las religiones porque me interesa mucho. Lo hago con un espíritu crítico y creo que llegué a una idea de Dios, a un lugar habitable que es la ternura, en El Vacío Sagrado, que habla de mi hermano. Si algo me hace bien, tengo que quedarme con lo bueno. Y saber que lo bueno, y lo mejor, es lo representativo que tiene el catolicismo, y lo peor es algo muy negativo: toda la derecha, lo que implica el Vaticano y el Opus Dei, que acá también está presente. Es algo que hay que combatir y erradicar. Y bueno, si la religión católica es todo eso, yo oficialmente no voy.

    Pero podrías considerarte cristiano, y sin embargo te definís como católico...

    —El catolicismo implica universalidad, que todo el mundo podría acceder a eso. Es mi educación. Fui criado como católico y no reniego de esa educación. Creo que mi crianza me define. Si fuera judío, diría que soy judío, practique la religión o no. De hecho, al ser católico también soy judío.

    ¿Vas seguido a la Iglesia?

    —Ahora voy a tener que volver, con todo lo que le está pasando a mi hermano. Suelo ir una vez por semana o una vez cada quince días, y me hace bien.

    ¿Te sentís cerca de Dios en este momento?

    —Uno siempre está cerca de Dios y lejos de Dios. Cuando estoy lejos de mí, estoy lejos de Dios. Dios está dentro tuyo. No hace falta un milagro. En este momento no estoy tan cerca. Estoy bastante lejos de mí, bastante desequilibrado y asustado, y eso me aleja de Dios. El miedo es lo contrario del amor.

    ¿A qué cosas les tenés miedo?

    —A perder a mis seres queridos. A perder a una persona que sé que estoy perdiendo en este momento, mientras estoy acá. Eso me da un miedo que casi no puedo hablar ni salir por esa puerta. Perdí todas las entrevistas porque no podía salir de la habitación, porque no sé qué hacer. Sé manejar un torno, sé cortar una madera, hablar y escribir, pero hay cosas que no puedo arreglar. Me gustaría mucho poder arreglar, pero no puedo... no sé qué hacer y eso me aterra. ¿Y ahí Dios dónde está? No está, estás solo. Es una falta profunda de fe lo que me lleva a una fobia y a un sinsentido de lo que hago, a un sinsentido de lo que soy. Cuando no tengo a Dios, tengo tres whiskies que me tomé a las tres de la mañana en el aeropuerto para poder subirme al avión, porque de lo contrario no me subía. Y no quiero defraudar a la gente. Entonces, es como un tironeo hacia dos lugares que te parten al medio. Lo único que puedo hacer a la noche es ponerme a escribir cuando tenga un ratito. Yo vi la oscuridad mano a mano, en la cárcel, en gente que vi oscura. No es tanto lo que vos ves, sino lo que te mira desde la oscuridad. Únicamente si estoy con alguien apago la luz.

    Te escuché decir que uno escribe para civilizar el dolor. ¿También sirve para sanar?

    —No. Ordeno las heridas, esa es la civilización. Digo: “Esto va acá, esto otro tiene esta jerarquía”. Tratemos de vivir el día de hoy como si esto no hubiera pasado, dejalo para la escritura. No lo lleves encima todo el tiempo. Es insoportable vivir así. Si no, tenés que vivir drogado o borracho para soportar las cosas. Escribir le pone el nombre propio a cada cosa, y eso quizás no sea sanar, pero es un buen comienzo.

    En varias oportunidades criticaste los eventos literarios; sin embargo, viniste a la Feria del Libro en Uruguay. ¿No te resulta contradictorio?

    —Cuando te invitan de afuera puede sonar soberbio no ir. Aparte, la editorial (Alfaguara) me publica. Tenía gran necesidad de estar en Uruguay, sobre todo en Montevideo. Es para la gente que yo escribo, para la de Buenos Aires y para la de Montevideo. Somos lo mismo, ¿no? Es increíble que haya una barrera tan grande en personas que somos casi indiferenciables.

    Pero en Buenos Aires también tenés lectores y no vas...

    —Porque al porteño tenés que maltratarlo un poco. Si no, te resulta insoportable. No voy a la Feria del Libro en Buenos Aires, pero voy a todas las ferias del libro chiquititas del conurbano bonaerense. Yo soy bonaerense, no porteño, eh.

    También has sido muy crítico con el periodismo y sin embargo das un montón de entrevistas. De nuevo: ¿no te parece contradictorio?

    —No, me parece honesto, me parece dar la cara. Criticar y exponerme otra vez para que hagan algo mejor con eso. Mi crítica es bastante constructiva si vos la ves bien. Hay un montón de periodistas que son buenísimos. Yo soy, más que nada, enemigo de la crítica cuando el crítico liquida a un escritor.

    Tu último libro incluye una interpretación de los Doce Pasos. No obstante, las crónicas están llenas de suicidios, de muerte...

    —Quise mostrar esa gente maravillosa a quien mata la adicción, como está matando ahora a mi hermano, como me está matando a mí. Gente muy hermosa que conocí. Lo dice Charly: “Los que no pueden más, se van”. Es una constante. Hay un poema de Bukowski, Nota sobre la construcción de las masas, que dice: “Alguna gente es joven, y nada más, y alguna gente es vieja y nada más... lo que queda es lo que ves, es duro”. Eso. Yo escribo porque soy una persona que no tiene huevos. Por cagón escribo, porque si no fuera un cagón, haría algo para solucionar las cosas.