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    La verdad taponeada

    El caso Nisman en una serie documental de Netflix

    Los ingredientes que rodearon la muerte del fiscal Alberto Nisman, ocurrida en enero de 2015 en la ciudad de Buenos Aires, hicieron de ella un hecho realmente cinematográfico. Ese mismo año el documentalista británico Justin Webster empezó a trabajar en el proyecto de un documental, que finalmente cuajó en la serie Nisman, el fiscal, la presidenta y el espía (España-Alemania 2019), que fue estrenado en el festival de San Sebastián y que el 1º de enero último puso en pantalla Netflix en seis capítulos de una hora cada uno.

    Nisman apareció muerto en su apartamento de Puerto Madero el 18 de enero de 2015. Los últimos 10 años de su vida los dedicó a recolectar información sobre el atentado a la mutualista israelita AMIA, ocurrido el 18 de julio de 1994. Su trabajo logró que en 2006 la Justicia argentina acusara al gobierno iraní de planificar dicho atentado y pidiera la captura internacional de siete exfuncionarios iraníes y que en 2007 Interpol emitiera las “alertas rojas” contra los siete prófugos. En 2009 Cristina Fernández de Kirchner reclamó a Irán en un discurso ante Naciones Unidas la extradición de esas personas. En octubre de 2010 muere Néstor Kirchner, dato que no está marcado con énfasis en el documental y no es menor en el entramado de los hechos porque esa muerte indica un antes y un después en la actitud del gobierno argentino. En marzo de 2011 trasciende que los gobiernos argentino e iraní estarían en conversaciones sobre un acuerdo por el que Argentina suspendería las investigaciones. Los años 2011 y 2012 son rumores de ida y vuelta sobre el supuesto pacto, desmentidos una y otra vez por Héctor Timerman, el canciller argentino de la época. Pero lo cierto es que el 27 de enero de 2013 ese acuerdo llamado “memorándum de entendimiento” se firmó, aunque luego nunca se aplicó porque el gobierno iraní no lo hizo aprobar por su Parlamento, mientras que el Congreso argentino sí lo aprobó de apuro en febrero, apenas un mes después de firmado, por orden expresa de la presidenta Fernández de Kirchner. Los hechos reseñados aparecen en la serie algo borroneados, pero su cronología descarnada ayuda a entender por qué Nisman señalaba a la expresidenta como responsable de traición a la patria y pensaba formalizar su acusación ante el Congreso el lunes 19 de enero. Si algún descuento cabe hacerle al documental es, precisamente, que no entrevisten directamente a la expresidenta. Entre tantos testimonios manejados, el de ella habría sido clave no necesariamente para resolver el caso, pero sí para agregar al puzle elementos de juicio valiosos.

    Si usted está habituado a ver películas y series policiales, le resultará familiar cómo se acordona y se preserva la escena del crimen hasta que la policía técnica y los peritos terminan su trabajo. Nada de eso ocurre aquí; la fiscal Fein, la madre de Nisman, algunos policías, el ministro de Seguridad Berni, todos van y vienen dentro del departamento, entran al baño donde está el cuerpo, esquivan charcos de sangre, revisan papeles, algunos hasta manipulan el arma que causó la muerte. Aterrador y alarmante. Más adelante se irán desgranando otros detalles tenebrosos: una cámara de seguridad del edificio no funcionó y no registró entradas y salidas; la guardia de seguridad del edificio no estaba en su lugar; la custodia personal de Nisman tampoco; la madre del fiscal da cuenta de la muerte a la Policía en una conversación telefónica de una frialdad que asusta; un perito informático y amigo de Nisman (Lagomarsino) el día anterior le prestó su arma al fiscal, a pedido de este. Pero, además, Lagomarsino y Nisman comparten una cuenta en el exterior con 600.000 dólares, dinero cuyo origen jamás se investigó. Y los celulares de varios agentes de inteligencia civiles y militares se comunicaron entre sí de manera muy reiterada el día domingo en los minutos previos a que se difundiera la noticia de la muerte del fiscal, pero nunca se investigó a esas personas para conocer la razón de esos insistentes llamados. La fiscal Fein dice que en ningún domingo anterior ni posterior al crimen se repitió esa cascada de llamadas entre los agentes de inteligencia, pero esa singularidad no la induce a profundizar en la investigación.

    Lo más inquietante de este asunto, bien mostrado en el documental, es ese costado oscuro de los servicios de inteligencia, sus relaciones con el gobierno y el manejo de algunos jueces durante el kirchnerismo. Protagonista destacado de la serie es Jaime Stiuso, un exintegrante de los servicios de inteligencia (SIDE) durante 40 años. Con respuestas monosilábicas, frases a medio hacer, un tono enigmático con el que va desarrollando datos que parece entenderlos solo él y una mirada siempre sobradora, como de una supuesta superioridad y al mismo tiempo de cierto desprecio por el propio Webster que lo interroga, Stiuso termina por delinear un perfil nada empático, más bien siniestro.

    Allan Bogado es el otro agente (¿o exagente?) de inteligencia, también algo enigmático aunque con un discurso más claro. Bogado colaboró con Nisman en la investigación y es citado como fuente muchas veces en el escrito de acusación del fiscal. Ahora, con Nisman muerto, los dos espías se reprochan mutuamente sobre si le dieron o no cierta información, y esa ida y vuelta de acusaciones deja la sensación en el espectador de que a Nisman los servicios de inteligencia lo enredaron en una telaraña de la que no pudo zafar. Semejante red espesa y oscura de espionaje y política seguro hará muy difícil probar si Nisman se suicidó, lo indujeron a matarse o lo asesinaron.

    Dos funcionarios norteamericanos tienen una mirada idéntica sobre la investigación argentina. Ross Newland, delegado de la CIA en Buenos Aires, habla del “razonamiento ex post facto”, donde se analiza el efecto para construir una hipótesis sobre la causa en lugar de hacer el camino inverso. James Bernazzani, agente especial del FBI para el caso AMIA, es más preciso: “Una de las cuestiones que más me llamó la atención de la investigación argentina era el esfuerzo constante por formular hechos para llegar a una conclusión probada, en lugar de que los hechos probados permitieran llegar a una conclusión. Es una diferencia fundamental.”

    El realizador Justin Webster, que no es un debutante en el género, declaró públicamente que este proyecto le insumió cuatro años y fue el más difícil de su carrera por lo delicado del caso, su espectacularidad y la cantidad de implicancias y derivaciones de todo tipo, nacionales e internacionales. Con gran control de todo el material que maneja y una enorme dosis de sensatez, se atiene a pie juntillas a lo que él mismo piensa: “La función de un documental de largo aliento como este es aportar claridad a su objeto de estudio y hacer su contribución para el esclarecimiento de la historia”. Es así que con ese enfoque Nisman, el fiscal, la presidenta y el espía no revela ninguna sorpresa o noticia espectacular para el caso, ni tampoco se alinea a ninguna de las hipótesis posibles sobre la muerte en cuestión. Su asepsia en este sentido es ejemplar, y la abundancia y calidad de la información manejada hace que aquellos espectadores, que ya tengan en lo previo posición tomada sobre si fue suicidio u homicidio, al ver la serie refuercen su idea pero también sientan que se les mueve el piso cuando vean los elementos que sustentan la tesis contraria.

    Vida Cultural
    2020-01-16T00:00:00

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