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    miércoles 05 de junio de 2024

    La vida breve, el trazo genial

    Las fotos lo muestran elegante, a veces vestido de blanco, como un dandy finisecular divertido, de pose algo irreverente. Al verlas hoy cuesta creer que fuera un muchacho, casi adolescente, con tamaña obra. Carlos Federico Sáez, uno de los principales artistas uruguayos, tuvo una vida intensa en experiencias, pero breve en años. Nació en Mercedes en 1878 y murió en Montevideo en 1901 a los 22 años. Se inició precozmente en la pintura y el dibujo, tuvo maestros pero fue prácticamente autodidacta.

    Tal vez su genialidad se resume en una anécdota con Juan Manuel Blanes. Cuando Sáez tenía 13 años, uno de sus tíos lo llevó a su taller para que evaluara sus dibujos. Blanes los miró y dijo que no tenía nada que enseñarle a ese muchacho, que lo mandaran a Europa. Y a los 14 años, el adolescente ya estaba estudiando en Roma.

    El Museo Nacional de Artes Visuales (MNAV) está exhibiendo hasta febrero de 2023 la muestra En familia, compuesta por 50 dibujos de Sáez, que incluyen autorretratos, retratos de familia, bocetos y estudios, realizados entre 1893 y 1900. “En la colección del MNAV tenemos un poco más de 200 obras de Sáez. Nunca se le había hecho una retrospectiva hasta 2014, que se integró con nuestra colección y con más de 17 coleccionistas privados y museos, incluido el Malba, explicó a Búsqueda Enrique Aguerre, curador de la actual muestra y de la que se hizo en 2014.

    Esta es la primera vez que se exhiben los dibujos del artista, los que hizo de su entorno familiar y los estudios de su estadía en Roma. “Toda su obra se concentra en estos 10 años, porque fueron los de su producción. Particularmente me interesaban los dos grandes grupos de dibujos: los del 1896 y 1897, cuando vuelve a Montevideo desde Roma, y los del 900. Algunos son trabajos preparatorios para grandes pinturas, otros son solo dibujos y están sus apuntes o bocetos que tiraba. Muchos permanecen porque la madre los recogía de la papelera y los salvó de la destrucción. En los dibujos de esos dos bloques le gustaba trabajar con modelos en vivo y muchos eran de su familia”.

    Sáez realizó dos viajes a Roma. El primero fue entre 1893 y mediados de 1896, junto con un párroco de Minas. El segundo, entre 1897 y 1900, con una beca del gobierno y bajo la tutela de Daniel Muñoz, embajador uruguayo en ese país. Cuando regresó a Montevideo de este segundo viaje, tramitó una segunda beca, pero ya estaba muy enfermo de tuberculosis.

    “Varios de estos trabajos son dibujos por el dibujo en sí, los hacía como forma de no perder la mano. Algunos le criticaban este aspecto, pero cuando él lograba el registro psicológico de su modelo lo daba por terminado. No es que estén inacabados, era un gran retratista que captaba la mirada, los rasgos”, apunta Aguerre. “Era muy moderno, muy contemporáneo. En sus pinturas tuvo influencia de los manchistas, los macchiaioli, que eran las referencias de fines del siglo XIX. Ellos revolucionaron la pintura y pusieron en cuestión el rol de la academia. Sáez lo hizo entre los 15 y 20 años”.

    La familia fue muy importante para Sáez. Sus padres siempre lo apoyaron, incluso cuando muchos criticaban que no estaba siendo riguroso en sus estudios en Roma. “Él sufría mucho estar lejos de la familia. Sabía que Roma era el lugar perfecto para estar, pero le costaba. En las cartas que han sobrevivido, que son varias, demuestra todo su afecto y cómo extrañaba”, explica Aguerre. Tuvo cinco hermanos, Francisco murió con 17 años y Carlos quedó como hermano mayor. Después venían Sarah, Luisa, Eduardo Mario y Francisco Papico Sáez. “Este último, con mucha diferencia de edad, es el padre de Graciela Sáez, que escribió para el catálogo de 2014.Es historiadora y vive en Argentina. Papico trabajó con Clemente Estable, y es el primer citogenetista de América Latina”.

    En la muestra aparecen retratados el padre y la madre, pero sobre todo sus hermanas. Luisa tenía problemas de visión y su retrato de perfil, cabizbaja y con los párpados casi cerrados, se reitera en varios trabajos. Y están sus autorretratos, que son variados, de frente y de perfil, en algunos parece un hombre mayor, en otros, son bocetos superpuestos con objetos, con manos, con flores. En uno especialmente se ve lo contemporáneo de su dibujo. Es de 1899, usó acuarelas y tiene una perspectiva extraña porque se lo ve desde abajo, con su cabello pintado de amarillo.

    También dibujaba a las personas que veía desde la ventana de su taller en la casa de sus padres en Zabala y Sarandí. Y dibujaba manos, muchas manos en diferentes gestos, y bocetos que sorprenden por su movimiento y su punto de vista.

    Un dandy sin spleen

    Para Aguerre, el artista era un dandy sin el peso metafísico del 900. Un dandy sin spleen. Más bien ese rol era una puesta en escena, como si estuviera representando un personaje. “Era alegre, vital, le gustaba cantar arias de ópera y cancionetas napolitanas. Luisa lo acompañaba en el piano y Sarah cantaba. Tenía una vida social muy activa, diseñaba zapatos, corbatas, sombreros. Hay varios estudios en los que están los zapatos en primer plano o los anillos. Que él lo diseñara era raro para la época. Tan raro era que los críticos de entonces necesitaban afirmar su virilidad, como diciendo ‘no confundamos’, porque no coincidía con el perfil de lo que debía ser un varón. A él no le importaba”.

    En las fotos se lo ve con los brazos cruzados sobre el pecho, pañuelo al cuello y anillos en sus dedos. Todo era obra de su diseño.

    Lo que sí tenía de dandy era su reivindicación de la libertad del artista. Ponía al mismo nivel la importancia de la obra producida y la vida llevada a cabo. Después de ir a la academia en Roma, se acercó al Círculo de Bellas Artes que era más libre. “Él quería la experiencia de la vida”, dice el director del museo. En Roma se había vinculado primero con pintores españoles que residían allí, pero después directamente con artistas italianos como Michetti o Mancini, se integró completamente a la escena artística romana. “Había perdido el nexo con Montevideo, después del segundo viaje quiso volver a Roma, porque acá era muy diferente el ambiente artístico en el 900”.

    Antes de regresar de Roma ya tenía conciencia de pintor, hablaba de él mismo como artista, sabía que tenía un camino por recorrer. “Se siente solo, pero sabe que si quiere ser un buen artista, tiene que transitar ese camino, que hay que trabajar mucho, aunque no sea formalmente. Siempre queda la pregunta de qué gran obra hubiera hecho si no hubiera muerto tan joven”.

    Cuando regresó en 1900 la familia pensó que ya estaba mejor, pero su salud era muy delicada y ya no tenía fuerzas para dibujar. No quiso ser operado, aunque tenía a disposición los mejores médicos. Los padres lo enviaron a la Quinta Duplessis, la actual Quinta de Batlle, donde falleció un año después.

    Por una invitación de Pedro Figari, intervino en un concurso de afiches de Carnaval organizado por el Ateneo de Montevideo y lo ganó. “Llegó a colgarlos, pero ya estaba muy cansado y no tenía fuerzas, no pudo ir a la exposición. En esos momentos le dijo a su madre que el único cuadro que le gustaría pintar era el de un sueño que había tenido. Era de fondo gris y había un coche fúnebre con caballos que llevaban un féretro donde un joven descansaba. Llegó a hacer ese dibujo que era un presagio”, cuenta Aguerre.

    Para el curador, el dibujo es una forma de pensar y una forma de expresión muy vigente. “Cada tanto se anuncia la muerte de la pintura, pero el dibujo está siempre presente”. Cuando tenía 15 o 16 años, Sáez empezó a sustituir la línea por el color y la mancha. Así hizo sus grandes retratos, pero nunca trabajaba por encargo. La excepción fue el de Daniel Muñoz. Tampoco era un paisajista, aunque el MNAV tiene dos cuadros pequeños de la sierra de Minas.

    La única biografía de Sáez es de Raquel Pereda publicada en 1980, a quien Aguerre agradece especialmente por su generosidad al aportar sus documentos y fotos. Ahora el MNAV está preparando un catálogo de esta muestra con una actualización del punto de vista y del significado de la obra de Sáez. “Son artistas contemporáneos. Los estamos viendo ahora con una perspectiva distinta. También estamos pensando en hacer libros más breves de divulgación sobre varios artistas, entre ellos, Sáez. Cuando hacemos las visitas guiadas, la gente tiene mucho interés en el contexto. A veces la vida de un artista no es relevante, pero en el caso de Sáez sí. Es importante para entender en qué tiempo creó su obra y por qué”.

    En las vitrinas que acompañan En familia hay otras formas de retratos. Aparece mucho solo o con amigos o hermanas. Algunas fotos son casi escenas en las que hay cuchillos, telas, catanas, puñales. Aguerre encuentra allí la influencia de Oriente, de Bizancio y la influencia de Matisse. “Hay gran entrada de Oriente por Venecia. Y ese es Matisse con toda su escenografía. Es una idea mía, es algo en lo que estoy trabajando”.

    El grueso de la obra de Sáez está en el MNAV, pero también sus trabajos permanecen en el Museo Blanes, en el Malba de Buenos Aires, en el Museo Eusebio Jiménez en Soriano y en varias colecciones privadas.

    En 1949, cuatro artistas entonces jóvenes, Manuel Espínola Gómez, Washington Barcala, Luis A. Solari y Juan Ventayol, formaron el Grupo Sáez en su homenaje.

    Hoy su trazo contemporáneo y audaz se puede ver en estas 50 obras de En familia. Una forma de estar cerca de uno de los pioneros en el modernismo pictórico uruguayo. También una forma de aprender de los procesos creativos del artista que alguna vez dijo con sabiduría: “El arte es largo, la vida es corta”.

    Vida Cultural
    2022-10-05T23:56:00