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Hay cosas que se saben desde el principio de la historia pero que vuelven a emerger con la fuerza de una verdad absoluta tan solo con un par de horas de barco. Los eternos contrastes entre las dos orillas del Río de la Plata. La calma oriental y la intensidad argentina. La opulencia de Buenos Aires y el perfil bajo de Montevideo. La delegación de políticos uruguayos, entre ellos varios legisladores e intendentes blancos, miraba por la ventanilla del ómnibus y parecía atrapada por el ruido del microcentro porteño, por el movimiento de una ciudad siempre volcánica que en el martes 3 amanecía con la noticia de un dólar a la baja, justo el día después del anuncio del cepo cambiario impuesto por el presidente argentino, Mauricio Macri.
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En el coqueto Hotel Alvear, empresarios locales de distintos rubros aguardaban por la conferencia del candidato blanco Luis Lacalle Pou. Había cerca de 250 personas entre ejecutivos, dirigentes políticos y periodistas de ambos países invitados por el Consejo Interamericano de Comercio y Producción (CICyP); una asistencia “casi perfecta” e “inusual” en este tipo de eventos, según una crónica del diario argentino La Nación, que recogió el comentario en tono de broma que deslizó un accionista de “un importante grupo” sobre su interés en la disertación: “Es donde todos vamos a tener nuestro domicilio fiscal el próximo año”. La coyuntura política y económica, la coincidencia de elecciones presidenciales en los dos países, el favoritismo del blanco en un eventual balotaje: estos fueron algunos de los factores que le agregaban calor a la expectativa puesta en oír al candidato uruguayo.
Lacalle Pou había estado cinco años antes en el mismo lugar, ante la misma gente. Pero esta vez hubo otra energía. Otra atención. “Sé bueno con los argentinos que te vinieron a escuchar”, le dijo al oído uno de los empresarios poco antes de su ponencia. Y el dueño de Buquebús y anfitrión del encuentro, Juan Carlos López Mena, se encargó de alfombrarle el camino cuando le dio la bienvenida. “Realmente creo que es una esperanza para Uruguay muy importante”, destacó el naviero argentino. El concepto pudo pasar desapercibido para la mayoría del auditorio, pero no para los uruguayos que estaban allí. Hubo algún intercambio de miradas sorprendidas entre los que saben del vínculo del empresario con los gobiernos de turno.
Lacalle Pou había estado cinco años antes en el mismo lugar, ante la misma gente. Pero esta vez hubo otra energía. Otra atención. “Sé bueno con los argentinos que te vinieron a escuchar”, le dijo al oído uno de los empresarios poco antes de su ponencia. Y el dueño de Buquebús y anfitrión del encuentro, Juan Carlos López Mena, se encargó de alfombrarle el camino cuando le dio la bienvenida.
En unas pocas hojas membreteadas con el logo del Hotel Alvear, Lacalle Pou tenía garabateados los principales punteos de su discurso. Al comienzo habló de la alternancia en el poder, del necesario acuerdo entre el arco opositor para poder llegar a un gobierno que, aventuró, será “el que tenga más espalda política y popular de los últimos 30 años en el país”. Y después siguió con un clásico en este juego de contrastes entre Uruguay y Argentina: el destaque de la solidez del sistema político, el respeto por la institucionalidad, el diálogo, la convivencia entre la oposición y el oficialismo, las señales para una transición en paz. A los argentinos les gusta escuchar que eso es posible y a los uruguayos les gusta jactarse de que eso es posible. Lacalle Pou enfatizó esta idea señalando la presencia del embajador Héctor Lescano. “Esto, que un embajador uruguayo que tiene participación política venga a escuchar a un candidato que está compitiendo contra su candidato, esto es el Uruguay”. Y sonaron los primeros aplausos. Lescano dijo luego a Búsqueda que era su “obligación” estar, aunque en la noche anterior le telefoneó para consultar si su presencia podía provocarle alguna “incomodidad”. El candidato respondió que era “necesaria” su concurrencia al evento.
En sus casi 30 minutos de discurso, Lacalle Pou dedicó un buen tramo a hablar de lo que los empresarios de Argentina habían ido a escuchar. Dijo que los países no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes. Y que “gane quien gane en Argentina” será su “socio” en el Mercosur y en la región. Nuevos aplausos. “Estamos destinados a llevarnos bien con Argentina”, dijo pero hizo un paréntesis. “Ya aprendimos de puentes cortados, ya aprendimos de temas portuarios, de muchas cosas. Estoy seguro que gane quien gana eso no se va a repetir”. Afirmó que lo que pasa en el país vecino “preocupa y castiga” a Uruguay. Se refirió a los “cambios bruscos” en la moneda, al impacto en el turismo, a la pérdida de competitividad.
Respondió a una pregunta sobre los principales temas en una eventual agenda bilateral. Dijo que es “vital” la flexibilización del Mercosur y planteó la “utopía” de que haya pisos y techos en los tipos de cambio y el valor de la moneda para que Uruguay se “saque de arriba” la “taquicardia” que provocan los vaivenes de los vecinos.
Le pidieron una opinión sobre la situación de Venezuela y contestó: “Si tiene cuatro patas, mueve la cola y ladra es un perro. En Venezuela hay dictadura y el dictador se llama Nicolás Maduro”. Aplausos nuevamente. No le escapó a una pregunta incómoda sobre el puente Colonia-Buenos Aires. “No está en carpeta pero es un proyecto que estoy dispuesto a conversar”, señaló. Dijo, de todas formas, que antes le gustaría impulsar una conexión entre Monte Caseros y Bella Unión, al norte del país.
El senador Luis Alberto Heber, unos de los que acompañó la nutrida delegación a Buenos Aires, resumió el encuentro: “Queremos que los argentinos sientan seguridad en momentos de incertidumbre. No vinimos a poner una aspiradora de inversiones, eso sería ofensivo, pero que se sepa que hay intereses en común y que hay certezas para los emprendimientos que se vienen realizando en Uruguay”.