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Es difícil leer Sumisión (Anagrama, 2015) sin recordar el atentado terrorista del miércoles 7 de enero contra la revista de humor francesa Charlie Hebdo. Esa mañana, dos extremistas islámicos asesinaron a 12 personas, la mayoría integrantes de su redacción, incluido su director, el dibujante Stéphane Charbonnier (Charb). El mismo día, apareció en la portada de la revista la caricatura de Michel Houellebecq, autor de Sumisión, uno de los escritores franceses más reconocidos por su obra (Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales, El mapa y el territorio), con la que ganó varios premios y se convirtió en una figura mediática. Porque las novelas de Houellebecq no solo sorprenden por su buena literatura, aunque su producción es despareja, sino por los temas que trata, que suelen derivar en ásperas polémicas acompañadas de los términos “decadentista”, “machista” y “derechista”, entre los “istas” más usuales que recibe. Y desde el 2001, con su novela Plataforma (2001) y sus críticas hacia el islamismo, se ganó otro calificativo: “islamófobo”.
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De rostro chupado, con una melena rala y unos ojos pequeños hundidos en sus ojeras, Houellebecq es un hombre ideal para la caricatura, y el dibujante Luz de Charlie Hebdo, uno de los pocos que estaban ausentes en el atentado y salvó su vida, supo resaltar sus rasgos más notorios, que también son los más desagradables. En la portada lo dibujó con su boca arrugada, como si ya no tuviera dentadura, debajo de su nariz enorme. Completó el retrato con unos dedos flacos que sostienen un cigarro y un gorro de adivino lleno de estrellitas. “Las predicciones del mago Houellebecq”, dice el título, y enseguida vienen sus pronósticos, que no son otros que los de Sumisión: “En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán”.
Aquel terrible 7 de enero, Houellebecq iba a presentar Sumisión en París, pero los atentados contra Charlie Hebdo suspendieron el lanzamiento de esta novela, definida por el propio autor como “ficción política”, que ya había alterado al ambiente literario y político antes de llegar a las librerías. Apelando al sentido común y al instinto de conservación, el escritor abandonó la ciudad y se ocultó en algún lugar de la campiña francesa.
El protagonista de la novela es Françoise, un personaje creado a semejanza de Houellebecq. Pasados sus cuarenta años, este profesor de Literatura de la Sorbona, quien suele tener como amantes a sus estudiantes, se define a sí mismo como un “machista aproximativo”. Él pone en duda el derecho de las mujeres a votar, estudiar o acceder a iguales profesiones que los hombres. Pero a su vez es un hombre refinado y sensible, a quien le gusta la buena decoración y la buena comida, escucha a Nick Drake y lee a Mallarmé. Además es un estudioso de Joris-Karl Huysmans, un escritor francés de fines del siglo XIX que atravesó diferentes etapas en su obra y en su vida, desde el naturalismo al espiritualismo religioso. Y algo de ese proceso atravesará el propio protagonista.
Como si Sumisión se hubiera adelantado a la vida, Françoise decide abandonar París cuando las elecciones nacionales las gana Mohamed Ben Abbes, integrante de la Hermandad Musulmana. Con el apoyo de socialistas y derechistas, el musulmán había logrado vencer a la gran perdedora: la mismísima dirigente de extrema derecha Marine Le Pen. En pocos días el nuevo presidente impone algunas medidas que, a pesar de ir contra el espíritu de la democracia francesa, comienzan a ser aceptadas como normales. Eso es en el 2022, pero toda la movida musulmana por llegar al poder comienza en 2017, cuando se viven “los últimos residuos de una socialdemocracia agonizante” y se empiezan a venir abajo los partidos más tradicionales.
Cínico, amargado y bastante detestable, Françoise tiene una visión malvada de la sociedad, pero también lúcida. A pesar de su poco interés por los asuntos políticos, “me sentía tan politizado como una toalla de baño”, dice en una de sus reflexiones. Pero de a poco, alternando sus lecturas de Huysmans con eventuales amantes, el protagonista se va dando cuenta de que algo está pasando en su entorno, que en sus clases hay muchachas con burka y cara tapada, y que la “alternancia democrática” entre centroizquierda y centroderecha se ha desgastado. “El avance de la extrema derecha, desde entonces, hizo que las cosas se pusieran un poco más interesantes al introducir en los debates el olvidado escalofrío del fascismo; no fue, empero, hasta 2017 cuando las cosas empezaron a moverse de verdad con la segunda vuelta de las presidenciales. La prensa internacional asistió anonadada al espectáculo vergonzoso (…) de la reelección de un presidente de izquierdas en un país cada vez más abiertamente de derechas”.
Y en ese caldo de cultivo surge la figura del moderado Mohammed Ben Abbes, quien “apoyaba la causa palestina comedidamente y mantenía unas cordiales relaciones con las autoridades religiosas judías”. Muy pronto el musulmán comienza a subir en las encuestas hasta que queda como segunda opción en la campaña electoral. De gran carisma y poder negociador, Ben Abbes busca el apoyo del Partido Socialista, y está dispuesto a tranzar en todo, menos en un tema: la educación. “El interés por la educación es una vieja tradición socialista (…) la cuestión es que en esta ocasión tienen ante sí a un interlocutor aún más motivado que ellos, y que no cederá bajo ningún pretexto”, le dice un viejo político al protagonista.
Cuando gana Ben Abbes, las escuelas y las universidades son las primeras en ser capturadas por la cultura musulmana: la Sorbona aparece decorada con versos del Corán, los docentes que no se convierten son jubilados, se alienta a los profesores a tener varias esposas y a las estudiantes a dejar los estudios y también su vestimenta occidental. Mientras, la discriminación contra los judíos se hace cada vez mayor, por lo que deben huir de Francia. Todo ocurre ante una sociedad atacada, según el protagonista, por una ceguera que le recuerda el ascenso del nazismo: “Esa ceguera no era en absoluto históricamente inédita: podía encontrarse entre los intelectuales, políticos y periodistas de los años treinta, unánimemente persuadidos de que Hitler ‘acabaría entrando en razón’”.
Como es habitual en su literatura, Houellebecq salpica la novela con escenas sexuales, en las que no escatima ni detalles ni fluidos, con buenas citas literarias y filosóficas y con mucha ironía. O con una ironía amarga, porque Sumisión es un grotesco de la sociedad francesa que se lee con un escalofrío. Houellebecq parece ser una especie de Casandra francesa que, como aquella sacerdotisa condenada a pronosticar males que nadie entiende ni quiere escuchar, está diciendo: nos queda poco tiempo.