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Por estos días empieza la discusión de la última ley de Presupuesto de este gobierno. Es un tema relevante porque hace a la asignación de medios y permite redefinir algunos roles del aparato estatal de cara al futuro. Si bien la discusión recién empieza, bien vale la pena un análisis de las políticas aplicadas al agro en estos años.
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No se puede ignorar lo que pasó: tuvimos una pandemia que puso al país en pausa por dos años, luego nos tocó sufrir los efectos de una guerra en Europa y sus consecuencias en los precios de productos e insumos. Tuvimos turbulencias macroeconómicas nada menores, que llevaron a movimientos sin precedentes de las tasas de interés como forma de combatir una inflación pertinaz y finalmente tocó lidiar con la peor sequía en 70 años, que duró mucho tiempo, más del que le haya tocado a otro gobierno en el pasado reciente.
¿Qué es de destacar de esta administración? Lo primero es que hace un enorme esfuerzo por escuchar a todos y estar en los lugares donde la producción lo requiere. Va incluso a encuentros que no le son fáciles, donde se le reclama por variables que no siempre están bajo su control y, aun así, intenta armar una estrategia para dejar a todo el mundo mejor de lo que estaba, cosa que no siempre es posible.
En términos de esfuerzos concretos, hay avances muy bien orientados a temas claves como los seguros o el combate a la bichera, y otros que cristalizan las dificultades de lidiar con una sociedad que no siempre entiende los problemas del futuro como, por ejemplo, el problema de los perros sueltos en el campo. En el manejo de la sequía se hizo cuanto se pudo —que no es mucho—, pero se trató de llegar a todos lados.
Donde sí tenemos un gran debe es en la inserción internacional y la capacidad de acceder a nuevos mercados. Hay también un debe en cómo se comunican internamente los cambios que los de afuera nos imponen para poder acceder a sus mercados. No son temas sencillos y en eso tal vez se peque de ir más lento y menos agresivamente de lo que sería deseable.
El balance del cuidado del medio ambiente y su vinculación con la producción es un tema tan sensible y de largo plazo que debería ser parte de la discusión de la sociedad uruguaya, de forma mucho más presente. Y eso abarca también el porqué se elige cierto camino a partir de la regulación, como surge de la última Rendición de Cuentas sobre el uso de agroquímicos y sus controles.
Solo cuando se logra aunar a una sociedad con base en un objetivo común es que podemos juntar las voluntades y transitar juntos el camino de la adaptación que se requiere para llegar todos, y no solo algunos, al futuro. Porque una autoridad que solo se enfoca en pedir, controlar, regular y no evaluar si sus acciones son correctas difícilmente pueda justificarse ante los interesados. Creo que ese es el eslabón que falta.
No tengo problemas en que se impongan nuevas regulaciones, me gustaría saber primero dónde calza ese pedido en la estrategia global. ¿Lo hago porque es el futuro? ¿Lo hago porque es una imposición? Y sobre todo al momento de imponer un cambio es bueno evaluar bien los impactos; y conforme pasa el tiempo evaluar si la medida es la que corresponde, si da los resultados que se esperan y ajustar lo necesario.
Deberíamos ir hacia un mundo de regulaciones ágiles, con un Estado que sea inteligente, que defina dónde intervenir, pero que también sea capaz de echar atrás las regulaciones que no dan los resultados esperados y que se mantienen simplemente por statu quo.
Bien se dice que la política es el arte de lo posible. Seguramente no sea nada fácil impulsar cambios radicales en un país partido en dos en términos ideológicos, porque en nuestro ADN los cambios en Uruguay siempre son graduales y deben tratar de durar en el tiempo.
Nos falta autocrítica de mirar para atrás y ver qué hicimos bien, qué hicimos mal y cómo mejoramos para que el futuro nos agarre mejor preparados. Cito un caso: el plan de manejo y uso de suelos, que es una herramienta muy buena, pero que merece una evaluación externa y sincera sobre si sus efectos son los deseados a todo nivel.
En el Uruguay, que quiere pararse mirando hacia un futuro más verde y que debe tomar nota de cuál es el camino de la diferenciación productiva que quiere tener cuando llega a los mercados, es clave que como sociedad seamos capaces de ver todos los ángulos y aprender de los errores.
De nada me sirve un futuro promisorio si me mata el tipo de cambio o si para hacer funcionar mi empresa tengo que tener un administrativo que conozca todos los estamentos del Estado para lidiar con la creciente carga burocrática que implica mi actividad productiva.
Nos enfocamos mucho en el Estado que regula y castiga y no tanto en aquel que promueve y premia. Son concepciones diferentes que un Estado liberal debería tener bien en cuenta.
Siempre pienso que aquellos que están en un puesto de poder, envestidos en ello por la sociedad civil, hacen cuanto pueden con lo que tienen a disposición. Y en la lista de prioridades de la sociedad uruguaya hay sin dudas muchas deudas que atender antes, pero no por ello se debe dejar de aportar sobre aquellas cosas que se pueden y se deben mejorar. Cada productor que se funde y se va del campo es muy difícil de recomponer.
El futuro del Uruguay es brillante por donde se lo mire. Nos falta velocidad y acción más firme. Siempre sueño con un Uruguay que pueda hacer lo mismo que hizo con la ley forestal: un acuerdo político que dure muchos años hacia adelante, que nos dé un rumbo. Una suerte de consejo de sabios que sea capaz de armar ese entramado tan necesario entre diagnóstico, ejecución y control de lo que necesitamos para llegar al éxito. La institucionalidad por sí misma no me dice nada si no se ata a objetivos concretos de desarrollo sectorial. Y sí... no va a conformar a todos, pero la política también se trata de eso.
Destaco la actitud de escuchar a todos de la actual administración. Es el primer paso porque si no se entiende bien el problema, mal pueden armarse soluciones. Luego viene el cómo estructurarlas y ponerlas en funciones.
La asignación de recursos de la sociedad (en este caso en la Rendición de Cuentas) es una señal en sí misma, por lo tanto debe explicitar claramente por qué se asigna así y no de otro modo. Esperemos que haya un debate reflexivo sobre el tema.