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“Yulelé... toma uno”, anunció frente al micrófono una tarde de primavera. Carraspeó para aclarar su voz, pellizcó las cuerdas graves de su guitarra como un berimbao y cantó una tonada de aires africanos: Yu leeeeee iee... yuleleeeee ieie... cuidado que ahí viene gente que suave se mueve... corazón no puede más, si esto sigue seguirán, cuando lleguen morirán, pedirán más... Comienza Mateo solo bien se lame, la obra bisagra de la música popular uruguaya.
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Las puertas abiertas que ilustran la portada del disco introducen un viaje alucinante de 39 minutos. Un tren de sonoridades que sale veloz por el Nordeste brasileño, pasa por las llanuras de la India, bordea una esquina empedrada de Rio de Janeiro, baja manso al atardecer por Isla de Flores y Yaro y se detiene en un monte de eucaliptus a orillas de un arroyo cuando por el horizonte asoma la luna llena.
Los trece temas que siguen dan cuerpo al que para muchos es un punto de inflexión, un antes y después, un disco al que siempre se vuelve, un álbum fuera de tiempo y lugar, que hasta hoy suena novedoso y que aún reserva un detalle que nunca habíamos escuchado: el tremendo bajo del arreglo coral de Tras de ti, en el que nunca me había detenido hasta esta semana, y que cierra el círculo abierto por el agudísimo falsete con que Mateo sobrevuela la canción.
Cuando entró al estudio para grabar su primer disco solista, a sus 31 años, Mateo ya era un músico de referencia en Uruguay. Junto a Rubén Rada, en El Kinto, eran pioneros en la fusión de géneros locales con el rock and roll que enloquecía al planeta. Diane Denoir, su amiga y musa que ya había hecho famosas varias de sus canciones, hizo los contactos para conseguir sala en los estudios ION, catedral discográfica de la música argentina.
Grabado entre octubre y noviembre de 1971 por el técnico y productor sonoro argentino Carlos Píriz y su socio Jorge Abuchalja, y editado en vinilo a fines de 1972 en Argentina y Uruguay por su sello De la Planta, Mateo solo bien se lame es una desconcertante colección de ideas musicales, una condensación nunca oída hasta ese momento, aquí y en la mayor parte del mundo. Una síntesis de bossa nova, jazz, candombe, milonga, música hindú, influencias árabes, caribeñas y flamencas, una ineludible impronta clásica con fuertes rasgos de Bach, y concepciones armónicas africanas y orientales generadas con afinaciones alternativas de guitarra para provocar inesperadas disonancias que abren —literalmente— los acordes y melodías desde las seis cuerdas. Todo esto en un solo disco, en tiempos de difícil acceso a músicas exóticas ajenas al puente occidental conformado por Estados Unidos y el oeste de Europa, y por lo menos quince años antes de que se pusiera de moda la world music. Todo gracias al enorme talento de Mateo y a la astucia de Píriz, que conservó todas las cintas que el genio montevideano descartaba porque no quedaba conforme con lo que hacía.
Una mañana dijo “voy a comprar cigarros y vuelvo” y nunca más se le vio el pelo. Por eso Píriz es el verdadero responsable de la existencia de Mateo solo bien se lame. Procesó esas grabaciones, dejó los “voy”, los “un, dos, tres, cua”, los pedidos para volver a grabar —“Pa, no supe dónde entrar”, “Taquelop...”— y las indicaciones “Vo, Píriz, dejala ir”, todos adornos que reflejan la esencia de experimentación, improvisación, rareza y obsesión que perfuman las canciones. Píriz eligió los temas que quedaron, hizo las mezclas y encontró además la expresión contradictoriamente perfecta para bautizar el disco. Mateo lo grabó, Píriz lo hizo.
En ese tiempo, cuando ya había compuesto Esa tristeza, Mateo estaba en franco declive personal. Píriz y Abuchalja le habían pagado los pasajes y la estadía, pero él iba salteado al estudio y su comportamiento distaba mucho de los códigos de profesionalismo que hoy son indiscutibles para lograr un producto musical de calidad. A esa altura navegaba la vida con los vaivenes emocionales, psíquicos y económicos que lo acompañaron hasta el final. Según relata Guilherme de Alencar Pinto en el estupendo libro biográfico Razones locas, el paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya —fuente obligatoria para todo aquel que quiera conocer de primera mano su vida y obra— su novia Nancy Charquero lo había dejado hacía varios meses y se había marchado a Estados Unidos para superar el trance. “Realmente era triste verlo. Yo ya no veía al Mateo que había admirado. Ya era otra persona, otra cosa”, dice el amor de la vida de Eduardo Mateo.
Su capacidad para transformar amarguras en bellas canciones queda manifiesta en Uh, qué macana —tercer tema del disco—, que escribió cuando Nancy le contó que se iba: Uh, qué macana. Uh, que te vayas. Sabes bien que muero pensando en ti. Que mi vida es nada vida sin ti. Un ejemplo típico de la lírica mateística: breve, directa, simple y bella como una sonrisa, áspera como un ceño fruncido. Pero a su vez sugerente, reveladora y misteriosa.
El percusionista.
La reputación de Mateo como compositor, arreglador, hurgador musical en fuentes obvias como João Gilberto e impensadas como los Demonios da Garoa —ancestral conjunto de samba brasileño fundado en la década de los 40 y aún en actividad— ha cobrado dimensiones míticas. Lo comparan, salvando las distancias geográficas y culturales, con Bob Dylan o Syd Barrett. Es frecuente escuchar comentarios del tono de “Nunca oí nada igual” o “Este tipo es un genio” o “Inventó una manera nueva y única de tocar la guitarra”. Argentinos como Juana Molina, Kevin Johansen o Juan Quintero lo veneran como a un gurú. “A Mateo lo conozco desde que era chica, desde que era una nena que iba a la escuela. Mateo me llenó la vida de musicalidad”, escribió Juana en una columna para Pagina/12.
De hecho, Horacio Molina, padre de Juana, lo reverenció de tal modo que grabó una preciosa versión de “Príncipe azul”, colaboró en las grabaciones de Mateo solo bien se lame, cantó los coros de Tras de ti y sacó la foto de la contratapa, en la que Mateo está de pie con la guitarra al hombro, imagen que el paso del tiempo volvió un ícono.
No es tan frecuente, sin embargo, que se destaquen las virtudes de Mateo como percusionista. Fernando Cabrera es quien más ha insistido en ponderarlo como un singular tocador de parches y maderas. El extenso solo de guitarra y lonja en Uh, qué macana, las frases de tambor repetidas como un mantra en De mi pueblo, la serie exquisita de golpes sobre el cuero en el final de ¿Por qué?, canción que sublima la tristeza del amor no correspondido.
Allí suena el singular toco, sucesión binaria de golpes secos de la mano sobre el parche, que emula el golpeteo suave sobre una mesa. “De nosotros dos” es otro ejemplo de este sencillo y eficiente tum-pac.
En Niña Mateo castiga con vigor los timbales con un resultado expresivo grandilocuente. Además echa mano a la percusión vocal para imitar la pandereta, como en Jacinta, cuando canta “Apurate que se va el tren...” y reproduce el sonido del samba en el pandeiro, o lleva con swing la cadencia candombera al inicio de La mama vieja.
Reconocimiento.
Un disco homenaje llamado La penúltima musicasión (1991) y la aparición de Razones locas... (1994) comenzaron a revalorizar la figura de Mateo, primero entre los músicos y luego, gracias a la proliferación de versiones de su repertorio, entre el público. Sondor adquirió la licencia del disco en 1998 y lo editó en el marco de la colección “30 años de música uruguaya”, de revista Posdata. Poco después aparecieron los compilados Mateo clásico, colección dirigida por Jaime Roos. También contribuyó la edición de las compilaciones de rarezas La Máquina del Tiempo y El Tartamudo.
La fama de Mateo solo bien se lame ha trascendido fronteras y llegó en la pasada década a Estados Unidos. En 2006 el sello alternativo neoyorquino Lions Records adquirió los derechos para la edición del disco en el mercado norteamericano. Poco tiempo después, The New York Times recomendaba la escucha de Mateo como “el Bob Dylan de Uruguay”.
Por más de una razón, Mateo no se había afiliado a los movimientos estéticos ni ideológicos que predominaron en la música uruguaya durante los años 70 y 80. No fue candombero, ni cantopopu, ni rockero, ni cheto, ni marrón. Siempre fue otra cosa y en buena parte gracias a este disco —y otro tanto a Mateo y Trasante y Cuerpo y alma — es el único músico uruguayo que podría definirse como “un género en sí mismo”, un embudo por el que, por lo menos una vez, todos pasan.