Ignacio Zuasnabar tiene 44 años, desde hace más de 10 es director de Opinión Pública de la consultora Equipos y siempre pensó que no trabajaría “de lo mismo” durante mucho tiempo. Últimamente hasta rumiaba la idea de reenfocar su carrera de politólogo. Pero entonces Donald Trump ganó las elecciones en Estados Unidos, el Brexit triunfó en el Reino Unido y el “No” se impuso en Colombia, y ahora Zuasnabar no necesita cambiar de trabajo, porque su trabajo parece haber cambiado.
Son tiempos de “turbulencia” en la opinión pública, cuyos movimientos son más imprevisibles que antes. Y a Zuasnabar estudiar ese fenómeno lo entusiasma. Es que además de un “llamado de atención” para los analistas, esos episodios son indicios de transformaciones profundas en el sistema de valores, que van en sentido contrario a la agenda que predomina en el “mainstream”, dice el presidente del capítulo latinoamericano de la Asociación Mundial para la Investigación de Opinión Pública.
Todo eso se da en una era de “polarización”, en la que las “aguas se mueven rápido”, las personas quieren relaciones “horizontales” y resultados en el corto plazo. El cóctel, dice, es una “amenaza” para los partidos y también para el Estado. “Van a cambiar mucho las formas de la democracia liberal tal y como la conocemos”, agrega. “Por las buenas o por las malas”.
—En estos tiempos que vivimos de hipercomunicación, de las redes sociales, del dinamismo, en los que está circulando mucha más información y a niveles mucho más rápidos que en la era anterior, se está produciendo un fenómeno que algunos analistas denominan como las “sociedades desacopladas”. Hay una parte de la sociedad que asume e incorpora determinados procesos de transformación de valores en función de una agenda —que a su vez es un conjunto de la sociedad más integrado al mundo, más informado, más educado y militante—, mientras que hay otra parte de la sociedad en la cual el proceso de cambio es mucho más lento o incluso no se produce. La primera parte de la sociedad predomina fuertemente en la discusión pública: es mucho más activa en las redes, tiene más presencia en los medios, está más orientada a expresar su opinión. Mientras que la otra parte, en general personas de determinada edad hacia arriba, que no viven en zonas tan urbanizadas, con menor acceso a medios de comunicación, mantiene una estructura de opinión que no es visible por los mecanismos tradicionales como las encuestas, redes sociales, medios de comunicación. Se genera una especie de mainstream del que un sector se siente excluido. ¿Cuándo expresa su opinión? En el momento en que siente que puede expresarla de una manera no observada: en el cuarto secreto.
En los últimos tiempos ha habido a nivel global tres o cuatro casos muy grandes de decir: “Ojo que estamos acá”. En opinión pública hay una teoría desarrollada por la alemana Noelle Neumann en el siglo pasado que se llama la teoría del espiral de silencio. Dice que en algunas circunstancias, cuando los públicos sienten que su opinión es minoritaria tienden a ocultarla. A veces esa opinión oculta es mayoritaria, pero la persona no tiene cómo saberlo. Cuando el mainstream es tan aplastante, eso puede generar que alguna gente se sienta que es minoría y tienda a reforzar el ocultamiento, por eso se habla de un espiral. Esto que pasó es como una especie de llamado a la realidad: efectivamente estamos en un siglo XXI con cambios vertiginosos, con un flujo de información muy fuerte, pero que quizás esto represente a una parte, mientras a nivel social haya algo más profundo que se expresa de manera distinta.
—Igual parece llamativo que un candidato como Trump, que tenía un discurso tan extremo en algunos temas, gane las elecciones en Estados Unidos.
—Es que justamente dijo cosas más parecidas a las creencias y valores de ese americano profundo. Incluso en sociedades latinoamericanas y en Uruguay se ve esa dualidad. Se ha avanzado en la legislación de cierta agenda: matrimonio igualitario, despenalización del aborto, la legalización de la marihuana. En la estructura de la opinión pública hay un segmento más urbano, más educado, más joven, que está más bien a favor de esta agenda; pero las personas de mayor edad, menos urbanas y menos educadas, en general están en contra. Sin embargo, el mainstream en Uruguay es el que representa a los segmentos que están a favor. ¿Dónde están las vías de expresión de esa otra parte de la sociedad? Bueno, se expresa cuando puede. Eso también pasó en Estados Unidos. Sin ser un especialista en temas norteamericanos, ha habido un montón de políticas tendientes a proteger y estimular los derechos de las minorías, pero desde el punto de vista subjetivo, las no minorías —las mayorías— ¿cómo se sintieron? Se sintieron tocadas por ese tipo de situaciones y decidieron votar por un candidato que, de alguna manera, representa una agenda distinta, una agenda alternativa.
—La agenda reflejada en el mainstream que usted menciona traía consigo un cambio en los valores de la sociedad. ¿Se está registrando un movimiento en el sentido contrario?
—Hay cambio de valores en una parte de la sociedad, pero no es homogéneo. Estamos efectivamente en una sociedad que valora más la inclusión de las minorías, la tolerancia, la igualdad de género, la libertad del individuo en materia de sexualidad; ahora, si uno mira dentro de cada sociedad, hay una parte que no se mueve a la misma velocidad y que en algunos casos la reacción ante el mainstream es tan fuerte en términos silenciosos que termina generándose un movimiento de valores en el sentido contrario. Entonces, tenemos en buena parte del planeta en este momento —también en Uruguay— un incremento de la orientación hacia valores de autoridades, típicamente valores tradicionales. ¿Y esto qué es? En algún sentido es reflejo social de una parte de la sociedad que se mueve en sentido contrario. ¿Por qué hay cierto auge de los partidos radicales de derecha en Europa? Es una reacción de incomodidad respecto al cambio y a la velocidad del cambio, a veces también miedo a lo distinto. El fundador de Mori decía que mirar a la opinión pública es como mirar al océano: cuando uno contempla el océano solo ve la superficie, y hay cosas importantes que pasan en la superficie, pero lo más relevante de todo es lo que pasa en las profundidades, donde no podés ver. Es lo más relevante, porque cuando cambian las grandes mareas del fondo del océano, las consecuencias son tremendas, son cambios dramáticos. Creo que algo de eso está sucediendo.
—¿La elección de José Mujica en 2009 fue una expresión de esos movimientos profundos o hay que esperar una sorpresa en el 2019?
—Lo que está claro es que la sociedad uruguaya transformó sus valores previamente a que Mujica fuera presidente. Mujica nunca habría sido presidente del Uruguay en los años 80, porque la estructura de valores de entonces hubiera rechazado totalmente esa idea. Ese cambio de valores de fondo probablemente era un proceso hacia el progresismo en el sentido amplio y hacia cierta desacralización del poder y una horizontalidad mayor. Paralelamente a ese movimiento se da otro que es el aumento de los valores de la autoridad, que Mujica claramente no expresa. El punto es que no es nada sencillo predecir cuándo estas grandes corrientes submarinas van a emerger a la superficie y generar consecuencias de este tipo. Lo que sucedió últimamente creo que es un gran llamado de atención para todos, los analistas, para los políticos, para los empresarios: tenemos que mirar las cosas que pasan en el mundo y tener más cautela a la hora de analizar lo que pasa en Uruguay.
—¿Pero hay chance de una sorpresa como la de Trump en Uruguay?
—Hay datos que muestran una insatisfacción mayor de los uruguayos con el estado de las cosas y una ruptura mayor con los partidos y políticos en general. Uruguay es uno de los países en el mundo que siempre tuvo los mayores niveles de identificación partidista, pero en los últimos tiempos ha aumentado de manera significativa la proporción de gente que ya dice: “no soy de ningún partido”. Solía ser 70-30 y ahora es 50-50. Empieza a haber una molestia más genérica, mayor escepticismo (un núcleo empieza a decir que son todos iguales) y un menor interés en la política; no es un sector mayoritario, pero viene creciendo. La pregunta es: ¿el sistema de partidos uruguayo, sean los predominantes u otros nuevos, tendrá la capacidad de reinventarse y mantener todas estas corrientes de insatisfacción “ordenadas” dentro de la competencia formal del bipartidismo? No lo sabemos, por pensamiento optimista y haciendo caso a la rica historia, creo que sí.
En las últimas dos décadas la opinión pública uruguaya transcurrió sobre unos carriles que estaban marcados por tendencias muy claras de largo plazo. De acá en adelante cosas que parecían predecibles ya no lo son, se van a generar otras nuevas que no necesariamente sabemos cuáles son. Eso se acompaña con renovación de liderazgos, especialmente el triunvirato que lideró el Frente Amplio: Mujica, Vázquez, Astori, que fueron los políticos con mayor popularidad en las últimas décadas. El sistema de representación, por cuestiones de fondo como el cambio de valores, de mediano plazo como la situación económica, más cambios de liderazgos, genera una situación de mucho mayor turbulencia en materia de opinión pública. Las nuevas formas políticas de los próximos 20 años van a ser distintas a las de los últimos 20 años.
—A partir de este análisis, ¿cree que los partidos uruguayos están en riesgo?
—Totalmente. Creo que están amenazados los cimientos de los partidos políticos, su rol en las sociedades y por lo tanto está amenazado el tipo de democracia que conocemos. En la medida que los públicos prefieren relaciones más horizontales que verticales, buscan resultados más inmediatos que trabajo a largo plazo y que optan por involucrarse en causas únicas y no temáticas amplias, hay que preguntarse cómo hacen los partidos políticos para representarlos. Porque esas organizaciones tienden a trabajar en el largo plazo, con una cosmovisión ideológica amplia y sus estructuras son principalmente verticales (todas las instituciones del siglo XX tienen estas características). Hoy estamos en aguas que se mueven muy rápidamente y creo que para los partidos es una amenaza. Y es una amenaza para el Estado también. Los partidos uruguayos tienen la ventaja de que son concientes de esto y pueden repensarse. Creo que tienen mejor capacidad para replantearse estos temas que otros en la región.
—Usted decía que también es un riesgo para el Estado. ¿A qué se refiere?
—Más allá del rol de los partidos estrictamente, creo que en este tipo de sociedad que se está formando, van a tener que cambiar mucho las formas de la democracia liberal tal y como la conocemos. Va a cambiar por las buenas o por las malas. Las formas de la democracia liberal que estaban pensadas para cierto contexto histórico establecían que se le reconocía al público el derecho a elegir su gobernante por determinado período de tiempo y que después se los evaluaba y definía su continuidad. Hoy más o menos sigue funcionando, pero en paralelo los gobiernos están sometidos a evaluación constante, permanente. Vemos ahora malestares populares que terminan generando caída de gobiernos, parte de gobiernos o elecciones anticipadas. Y otros contextos en los cuales pasa al revés, la satisfacción de enormes contingentes de la población llevan a una continuidad de los gobiernos más allá de la formalidad establecida: la reelección, la re reelección, la re re reelección. Las cosas están cambiando. Esto tiene por un lado una cuestión más negativa, porque se supone que los gobiernos necesitan certeza y estabilidad en el tiempo para poder implementar sus políticas; pero por otro lado, con una mirada positiva podemos ver una rendición de cuentas del gobierno frente a la población. ¿No se supone que el mejor funcionamiento de la democracia implica empoderar a la gente para que esté involucrada y exija a sus gobernantes? Creo que no hay que caer en esta visión hiperromántica, pero tampoco en la visión hipercrítica, lo que hay que hacer es gestionar una nueva forma de vínculo entre el ciudadano y el Estado y los partidos. Hay que innovar. Hoy buena parte de la sociedad entre sí se comunica intermediada por herramientas tecnológicas, pero las oportunidades que tiene el ciudadano hoy de comunicarse con el Estado por estas vías es muy escasa. ¿Por qué la ciudadanía no puede votar el presupuesto participativo de nivel departamental o municipal a través de una herramienta tecnológica? Estoy seguro de que es un camino plagado de riesgos y vulnerabilidades, pero tampoco es que estemos en un momento en que las cosas funcionen demasiado. Habrá que gestionar esos riesgos.
—¿La uruguaya es una sociedad desacoplada?
—No, pero cuando le preguntás a la sociedad si está de acuerdo con la nueva agenda de derechos, que es la agenda insigne del progresismo y del Frente Amplio en los últimos años, una parte de la sociedad va a estar a favor y otra en contra. El 65% de los uruguayos está a favor del matrimonio igualitario, pero eso significa que el 35% está en contra; la despenalización del aborto anda casi en el 50 y 50, y en el caso de la marihuana hay una mayoría en contra, con solo un tercio a favor. ¿Cómo hacés para que esas sociedades convivan? Conviven sí, pero cuando determinada agenda avanza en un sentido, es razonable que genere la molestia de los otros. El explicitar y ser concientes de la existencia de estas sociedades duales nos saca de la polarización. Porque además esta era tiene otra característica, que es la tendencia de la polarización, la hiperpolarización en el debate. En el caso de Trump, el contraste entre el tono de campaña y el tono en el que asume es impresionante. Eso habla un poco del tipo de sociedad que están construyendo. Si alguien llega al poder con un discurso de campaña así y después no tuviera los contrapesos que lo moderen un poco, el mundo sería un poco más riesgoso.