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Una joven está tirada en el piso, acostada boca arriba. Mira el techo y los innumerables detalles que adornan el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo. La escena es curiosa. El resto de los transeúntes la miran de costado. La joven está acostada sobre un cuero de vaca tomado de un banco, acompañado por una leyenda que propone tomar una de las alfombras que el artista desparramó por el recinto y elegir un lugar, ponerlo en el piso y “no hacer nada”. A esto se le llama “acción pública”. Nadie lo hace, salvo la joven. Se sabe que el uruguayo es temeroso y discreto. Lo que sí hace la gente es subir a una tarima y mirar por un viejo catalejo, como esos que hay en los miradores turísticos. Se ve una ciudad en miniatura, con sus calles y edificios, con el diagrama propio de una urbe actual, caótica y ordenada al mismo tiempo. Si uno la mira desde el catalejo, disfruta y descubre detalles y dibujos increíbles. Descubre la idea de ciudad y la contundente presencia como si se llegara desde un avión o uno la viera desde un cerro cercano. Pero objetivamente no hay ningún dato que indique que eso sea una ciudad o una maqueta gigante de ciudad. Está construida con desechos de computadoras, básicamente los chips y placas de memoria.
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El dato fundamental es que el artista las dejó en un tono de negros y grises, las pintó de un color oscuro, homogéneo, que les otorga una sugestiva y extraña condición. La ciudad está en el punto justo de la representación artística. Uno no ve ni gente, ni realmente edificios o algo que se le parezca. Solo se contempla una construcción que asemeja una ciudad, que propone una impactante metáfora de la vida actual. Esos pequeños restos de computadoras acomodados en perfecto rompecabezas guardan además infinitos contenidos, memorias de lazos y redes invisibles pero vitales. Es un mapa que vincula miles de historias, miles de vidas con sus contenidos apagados, con su aporte perdido en un envase que los deja en estado latente. Cuando se muere un disco duro una vida queda encerrada, pero no muerta del todo, guarda la posibilidad de recuperar algo o al menos, la energía dormida de una sociedad de individuos que depositó allí una parte de su papel en la historia, de su relación con el mundo.
Esa es la mirada de Gabriel Valansi (Argentina, 1959) que propone Circa, parte de otra muestra más amplia que realizó con desechos tecnológicos. Es un montaje perfecto que une la novedad con la fuerza de la presencia física desplegada en el piso donde se perdieron tantos pasos y ahora descansa esta III Bienal de Montevideo. El espejo enterrado, la primera en el “mundo que se hace en un Parlamento”, según dicen sus organizadores.
El espacio es fundamental, ese contexto tan poderoso en historia y calidad de realización, en belleza y cargado de identidad patriótica. Cerca de Circa y de la joven que mira el techo, otra metáfora de un país que reposa y mira sin hacer nada apoyado sobre los restos de una riqueza inexistente, se despliegan un poco superados por la fuerza de este espacio tan rico y cargado, un montón de baldes negros con una tapa blanca dentro. Son decenas, colocados estratégicamente en las puertas que conducen al mundo político oculto a la mirada del caminante. Son baldes con destellos permanentes de luces que iluminan desde el fondo hacia arriba a través de tapas blancas. Están conectados con cables que llegan a un centro de emisión. Cada destello es un paso perdido, es la traducción lumínica de un paso que en algún momento alguien transitó en ese recinto donde todo conduce a la construcción de una nación libre, democrática, justa y solidaria. Los pasos de todos, en definitiva; los pasos que encierran la memoria colectiva. La obra se llama Flashlight y se mueve entre la historia y la más coherente de las líneas artísticas actuales. El balde negro que se usa para lavar pisos o llevar desechos o el que uno echa mano rápidamente para poner bajo una gotera o ayudar a limpiar un enchastre. De la individualidad extrema y cotidiana a la presencia majestuosa de un cuerpo de individuos que buscan construir una comunidad posible. Del paso silencioso y ciudadano al representativo e imperioso acuerdo ciudadano. Es la base de una transformación sensible, una manera cautivante y sutil, simple, de atrapar el paso del tiempo, de jugar con el tiempo pero con un tiempo cargado de sentido.
La instalación genera cierto desencanto propio del objeto tan utilitario y desacralizado. Una sensación que pasa rápido frente al preciso trabajo de composición, a la armonía del despliegue de negros y blancos destellantes. Es de Diego Masi (Montevideo, 1965), uno de los más representativos y talentosos artistas nacionales que suele experimentar con la luz y ciertos caminos de la física y la tecnología contemporánea. Estas instalaciones rodean El entierro, de Fernando Foglino (Montevideo, 1976), una instalación totalmente blanca que genera gran impacto en el observador. Hay dos blandengues del Batallón Florida replicados en madera que custodian un pedestal vidriado, que semeja la vitrina donde se guarda la Constitución de 1830. En su lugar, varias pantallas de vigilancia que a su vez reproducen escenas filmadas por cámaras de video. Las cámaras están puestas en otro lugar y vigilan en tiempo real los contenidos de esas escenas que reproducen en maquetas impresas en 3 D fotos del día del golpe de Estado. Un señor que pasea con un perro, los militares que entran por el mismo salón que hoy alberga la muestra. Un trabajo laborioso, inquietante, de interesante y atractiva construcción. Juega otra vez con los caminos que conducen a la historia y a un lugar oculto donde residen estas escenas a las que en cualquier momento puede pasarles algo. Hay riesgo, dedicación, solvencia y poesía visual en toda la instalación. Impactante y sobrecogedora con las armas del formato contemporáneo.
Impacto positivo, porque hay otros que golpean sin ningún sentido. El himno de Luis y Gabo Camnitzer, que inauguró la Bienal, ahora permanece insistentemente amplificado en montones de parlantes de todo tipo y color puestos en la entrada. Es el ahora ya famoso himno (todo lo que toca Camnitzer se vuelve central en el mundillo del arte) que resultó de editar los de diferentes países del mundo. Otra talenteada frívola y superficial del arte conceptual. A su lado, conviven cinco pantallas de video que reproducen un trabajo interesante de Agustina Fernández Raggio sobre la figura de los cinco ex presidentes, y el actual. Parte de su ya legendario y detallista trabajo sobre la banda presidencial, pero se involucra en una investigación sobre la palabra y la imagen, sobre el proceso de reconstrucción de figuras tan expuestas y de tanta importancia para el colectivo nacional que se vaciaron de sentido, según la autora. Desde allí construye cinco retratos desde cinco entrevistas, a las que acompaña un escáner que digitaliza el cuerpo del entrevistado. Es divertido, curioso, extraño, sugerente y como en el caso de la instalación de Foglino, deja un sabor poético, reflexivo, placentero y cuestionador.
Lástima que esa sensación se pierda rápidamente gracias a un rancho de adobe y tejas que choca por lo inconducente y frágil de su presencia, totalmente ridícula, obvia, trivial. Curiosamente, pululan los ranchos y las construcciones indígenas o seudo en ferias y bienales contemporáneas, en especial en América Latina. Pero una cosa es hacerlo desde un proyecto complejo, profundo, que ofrezca múltiples caminos, que permita el misterio, que deje la puerta abierta a cierta reconstrucción del observador y otra en estos despliegues donde el barro es barro o invoca relaciones tan superficiales como simplistas. El resto son videos, un mar de videos, algunos interesantes que pululan lamentablemente uno al lado del otro, sin mucho sentido ni la mínima autonomía de percepción. Los pasos se chocan aquí con los rincones sonoros que se aturden o generan un ruido de imágenes innecesario. El resto, salvo la obra siempre notable de Margaret Whyte (Hydra), los pasos perdidos del arte contemporáneo, sin llegar a ningún lado, sin ofrecer más que una idea pobre y rápidamente digerible, con desechos y libros intervenidos y curiosas y criticables ausencias como la pintura o la fotografía. Ah, sí, y alguna falta de ortografía en el texto de bienvenida impreso en gran tamaño y firmado por Raúl Sendic. No se lo pierdan.
III Bienal de Montevideo. El espejo enterrado. En el Palacio Legislativo. De lunes a sábados de 10 a 20 horas. Domingos de 14 a 20. Hasta el 4 de diciembre.